Azaña y Negrín, dos personalidades mutuamente distantes y esquivas.

Azaña y Negrín
“Palmam qui meruit ferat” (La gloria sea para quien se la merezca) 
Epitafio que presidía el catafalco de Horacio Nelson

“Mihi enim omnis pax cum civibus bello civil utilior videbatur” (Cualquier tipo de paz entre los ciudadanos es preferible a una guerra civil). Cicerón, Filípicas (II,XV)

Resulta, cuando menos, atrevido pretender adentrarme en aspectos poco estudiados de personajes que desbordan nuestra admiración y respeto. Tal es el caso de los dos más emblemáticos de la II República Española, sobre todo desde el 18 de Julio de 1936: Don Manuel Azaña Díaz y Don Juan Negrín López, el primero como presidente de la República hasta su más que cuestionada dimisión el 27 de febrero de 1.939 y el segundo, como Presidente del Consejo de Ministros, desde mayo de 1.937 hasta la derrota el 31 de marzo de 1.939, continuando como Presidente en el exilio hasta 1.945. Los dos fueron soportes del sentido más genuinamente republicano de la República por cuanto asumieron la doble carga de, por un lado, mantener la legalidad republicana y sus valores ante la rota España y el casi roto Mundo y, por otro, el gran peso de la guerra, del combate contra los rebeldes perjuros y sus valedores internacionales y de frenar los desmanes y, a veces, traiciones de quienes, empeñados en guerras particulares, socavaban la capacidad de resistencia de una República tan herida de muerte por daga traidora como por deslealtad de mediocres. Pocos personajes en la Historia de España han acumulado tanta incomprensión mutua como ajena. Formular, así, el antagonismo siempre latente entre ambos personajes se me antoja tarea sometida a un constante riesgo de adentrarse en el mundo de los tópicos o en el de las conclusiones etéreas. No va a ser más que un tenue esbozo pero valga, sin embargo, como sincero homenaje a su incuestionable y contrastada altura histórica.






Se ha escrito, mucho menos de lo deseable, sobre el supuesto carácter progresivamente tendente a la depresión y el derrumbamiento emocional de Don Manuel, conforme avanzaba el transcurrir de la contienda. También de los reproches cosechados por Negrín, tanto en tierra amiga como hostil, respecto a su estrategia global de guerra. Viene a mi memoria que, con motivo del I Ciclo de conferencias sobre la Guerra Civil, celebrado en La Granja (Segovia) en 2.007, tuve la ocasión de conocer a dos de los más célebres especialistas actuales: Santos Juliá en Manuel Azaña y Enrique Moradiellos en Juan Negrín, razón por la que, tras escucharles atentamente, empecé a hacerme preguntas sobre las muchas sombras en medio de alguna luz en las cotidianas relaciones entre, no lo olvidemos, un Jefe del Estado con su primer ministro y en situación, además, de guerra. En breve contacto verbal, al finalizar sus respectivas intervenciones, ambos me confirmaron que la inquietud que albergo, efectivamente, no está debidamente gestionada bibliográficamente.

El planteamiento generalmente presentado, si bien en su variante más agresiva; por la bibliografía de la segunda mitad del pasado siglo; para Don Manuel Azaña descansa, además de en el intuido carácter depresivo, en una supuesta actitud crecientemente claudicante ante el enemigo y derrotista ante los miles de combatientes que seguían, a duras penas, manteniendo erguida la dignidad de la República. Para Don Juan Negrín, el sambenito de abandonarse negligentemente en manos de Stalin y a la República bajo control del PCUS junto a la aún hoy polémica gestión de las reservas de oro del Banco de España, han sido constantes en su tratamiento biográfico. Significativo ha sido el injusto tratamiento que durante años, desde su expulsión ordenada por Indalecio Prieto en 1.946, se le ha dispensado al doctor Negrín en su partido, el PSOE. 

Por mi parte, habiendo bebido de buena parte de interpretaciones en torno a la II República y la Guerra Civil, unas más ajustadas al tratamiento comparativo de documentación y otras más parciales y tendenciosas, he de admitir ciertas penumbras en ambos personajes. A la vez y a pesar de las sombras y siendo cientos las figuras relevantes de la II República y de la Guerra Civil, puedo y quiero afirmar con rotundidad que, con sus limitaciones y errores, Don Manuel Azaña Díaz y Don Juan Negrín López son, con diferencia, los personajes de mayor envergadura humana y política en circunstancias, además, especialmente adversas y dramáticas. Su sentido de Estado, por distantes que entre ellos fueran y aparentaran ser, prevalece y debe prevalecer sobre cualquier otra consideración puesto que una España moderna y justa articulada en una República de Trabajadores fue el único afán que les animó en su función pública.

No es mi propósito descubrir al Manuel Azaña anterior a la sublevación militar del 18 de Julio, un Manuel Azaña elocuente, perspicaz, inteligente y visionario, de discurso denso y brillante y prolija producción literaria. Son virtudes y cualidades puestas al servicio del progreso y consolidación de la República. El que me preocupa ahora es el Manuel Azaña que se va desmoronando anímicamente desde el primer momento de la sublevación militar. Se diría que sus dotes oratorias, su sentido de Estado y su inteligencia van siendo cada vez más instrumentos para el logro a cualquier precio de una salida negociada al conflicto. Son muchas las intentonas de dimisión ante los inevitables contratiempos que, en tal sentido, soporta a diario, bien en forma de parte de guerra, bien en forma de ver debilitados sus postulados a favor de la paz debido a desprecio desde el bando rebelde y a desavenencia con, fundamentalmente, su primer ministro, Negrín. Invariablemente, durante la guerra, su preocupación, su obsesión manifestada de manera más o menos contundente es la consecución de la paz.

Como pequeña muestra de lo hasta ahora comentado transcribo algunos fragmentos de discursos o escritos, tanto de Azaña como de Negrín, desde Julio del 36, así como valoraciones de terceros, con el ánimo de incentivar el conocimiento de las figuras políticas más sobresalientes de la España del siglo XX aunque sea, en esta ocasión, descendiendo a su auténtica dimensión humana.


*A propósito del desmoronamiento emocional y el derrotismo en Azaña

El 23 de julio, tan solo cinco días después de la sublevación, Azaña se dirigió por radio a los españoles en su calidad de Presidente de la República. Se trata de un discurso en clave triunfalista en el que apela a un pueblo español “fuerte en su corazón” y a la confianza que le merecen los cuerpos y las unidades armadas que se han mantenido fieles al régimen. El hilo de su intervención es que se ha producido una agresión contra el poder legítimo de la República. Pero con especial énfasis que mantendrá a lo largo de su presidencia, reprocha a los rebeldes “el horrendo delito de haber desgarrado el corazón de la patria”. Efectivamente, constituye una constante en los discursos de Azaña la cita de ese horrendo delito que expresará, eso sí, de distinta forma conforme los estados de ánimo vayan variando.

El 17 de enero de 1.937 Azaña se dirige de nuevo a los españoles desde el Ayuntamiento de Valencia. En esta ocasión asoma ya sin disimulo, hablando de la paz y del triunfo, su perspectiva reconciliatoria: “….porque cuando se tiene el dolor de español que yo tengo en el alma, no se triunfa personalmente contra compatriotas…”, reforzando su línea argumental denunciando la intervención extranjera “de cuyo triunfo resultaría la opresión absoluta de la independencia española….”. 

A finales de abril de 1.938, en su “Cuaderno de Pedralbes” Azaña, en discusión abierta con Negrín, afirma: “No aconsejo la rendición, pura y simplemente; la resistencia ha de valer para aprovecharla preparando la solución urgente”. Evidentemente Negrín no podía comprender cómo se podía en abril de 1.938, en plena efervescencia bélica, hablar de rendición desde la mismísima jefatura del Estado. Esa “solución urgente” va a pesar como una losa en el ánimo ya tocado del presidente. El cese de hostilidades, la paz negociada, la hermandad, serán quimeras perseguidas sin importar qué precio pagar por ello. 

El 18 de Julio de 1.938, en Barcelona, Azaña alberga ya muy pocas esperanzas y aún menos entusiasmo para transmitir: “El ataque armado contra la República parte del error de creer que nuestro país estaba en vísperas de sufrir una insurrección….”. Sin poder disimularlo, pero con mucho pesar y demasiada angustia desvía la mirada hacia los días previos a la sublevación como queriendo pasar por alto los malos tragos sufridos desde entonces. Sin embargo éstos pesan demasiado y el presidente se derrumba acudiendo al único recurso que le queda, elevar al español, a todo español, al que ha estado en uno o en otro lado del frente, a la categoría de depositarios del “mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón”.


*A propósito de la deslealtad

El 6 de septiembre de 1.936 Andreu Nin, en un discurso pronunciado en Barcelona decía que “….Si dejándonos deslumbrar por las bellas frases demagógicas de los señores republicanos de izquierda creyésemos que corresponde hoy a nuestros intereses defender la República democrática, con esto no haríamos otra cosa que preparar la victoria del fascismo….” (A. Nin, “Los problemas de la revolución española”). Son miles las citas que podrían recordarse pronunciadas por anarquistas, nacionalistas, troskistas o estalinistas en las que se evidencia un subyacente desprecio a la República anteponiendo, unos, la gestión de sus colectivizaciones o la estrategia revolucionaria en la que la República representaba la opresión burguesa y, otros, su prioritaria lealtad a los dictados y los dogmas recibidos desde la URSS o su exclusiva dedicación a la construcción de realidades nacionales para las que la República representaba tan solo el Estado centralista opresor. Sin pretender ejercer de juez de actitudes que tan poco contribuían a la victoria militar sobre el fascismo, sin embargo sí que me resulta hoy chocante y hasta divertido ver a sus herederos o valedores presumir de haberlo dado todo por la República. Ocultan sin pestañear, todos, haber luchado por sus intereses aunque tales menesteres supusieran abandonar a la República en el combate. Presumen, también todos, de haber luchado exclusivamente por la libertad y la democracia. 

El 31 de Mayo de 1.937 Azaña efectuó esta precisa anotación a propósito de la presumible inminente caída de Bilbao en manos de los franquistas: “Los nacionalistas no se baten por la causa de la República ni por la causa de España, a la que aborrecen, sino por su autonomía y semiindependencia.” Efectivamente, la sospecha de Azaña se materializó en traición a finales de agosto con el “Pacto de Santoña” por el que los combatientes vascos se entregarían a las tropas italianas. El Pacto no cuajó pero sí que puso en evidencia los verdaderos motivos por los que luchaban los peneuvistas, por la libertad de Euskadi y no por defender a la República. - Memorias de Guerra.

El 18 de Junio de 1.937 a propósito de la atomización de las fuerzas supuestamente pro República: “…. En unas partes, revolución; en otras, nacionalismo; disputas menos que provinciales, de cabeza de partido….”. Azaña evidencia con esta repetida lamentación el fracaso de la República a la hora de imponer su autoridad, tanto legal como moral. M. Azaña.- Anotación en Memorias de Guerra.

El 26 de Agosto de 1.937 anotó: “De nada sirve que el Presidente de la República hable de democracia y liberalismo, si al propio tiempo las películas que nuestra propaganda hace exhibir en los cines, acaban siempre con los retratos de Lenin y Stalin.”. M. Azaña.- Memorias de Guerra.

El 19 de Septiembre de 1.937 hizo la siguiente anotación ”En todas partes, los partidos obreros y los sindicatos acosan a los republicanos, prescinden de ellos cuanto pueden, los atacan. (….) Los republicanos se aguantan, protestan o se defienden como pueden. No pasan de ahí”. M. Azaña.- Memorias de Guerra.

El 9 de Febrero de 1.939, en tarea de control y supervisión de la evacuación por la frontera con Francia, Negrín, refiriéndose a Azaña, le manifestó a J. Zugazagoitia “Lo que no le perdono ni a él ni a nadie, es su indiferencia por la suerte de España”. Citado por Juan Llarch en “Negrin”, pag. 106. Se equivocaba Negrín pues no era indiferencia lo que sentía Azaña sino abatimiento. 

En 1.939 una vez consumada la derrota, Don Manuel se lamentaba amargamente: “Reducir aquellas masas a la disciplina, hacerlas entrar en una organización militar del Estado, con mandos dependientes del gobierno, para sostener la guerra conforme a los planes de un Estado Mayor, ha constituido el problema capital de la República”. M. Azaña.- El Nuevo Ejército de la República.

El 5 de Septiembre de 1.952 Negrín escribió una carta al periodista Herbert Matthews relatándole las frecuentes conversaciones que mantuvo con George Orwell en su etapa de exilio en Londres, desde 1.940 hasta 1.945 “…..Inquiría también por las causas de nuestra derrota, que yo sostuve y sostengo más se debió a nuestra inconmensurable incompetencia, a nuestra falta de moral, a las intrigas, celos y divisiones que corrompían la retaguardia, y por último a nuestra inmensa cobardía que a la carencia de armas. Cuando digo <>, no me refiero naturalmente a los héroes que lucharon hasta la muerte, o sobrevivieron toda suerte de pruebas, ni a la pobre población civil, siempre hambrienta y al borde de la inanición. Me refiero a <>, a los dirigentes irresponsables, quienes incapaces de prevenir una guerra, que no era inevitable, nos rendimos vergonzosamente, cuando aún era posible luchar y vencer……” Citado por E. Moradiellos.- “1936 Los mitos de la guerra civil”. 

Nótese la enorme diferencia que existe entre las lamentaciones de Manuel Azaña a las reales y profundas acusaciones de Negrín. Azaña señala el problema e identifica globalmente a los desleales, de manera abstracta. Negrín exculpa a esa generalidad que soporta las quejas de Azaña y arremete contra los dirigentes, sin distinción, sin excluir a nadie, ni a si mismo. El reproche, además, es de amplio espectro, centrándose en dos de los focos principales. En primer lugar, los dirigentes de la República no han sido capaces de evitar la evitable guerra. Ello implica incompetencia e irresponsabilidad en adopción de medidas políticas y de control claves para garantizar la seguridad y la autoridad de la República. En segundo lugar, el reproche más dramático y osado se ceba en esos mismos dirigentes que sin abandonar negligencia e irresponsabilidad, se precipitan en la ignominia y algunos hasta en la traición para abandonar la lucha no estando todo perdido (1). En esta segunda faceta del reproche de Negrín es preciso leer entre líneas que él sí se exculpa, que si se introduce en el mismo saco es por decencia e higiene política. Está pensando realmente que la derrota de la República pesa sobre la espalda del coronel Casado, de Miaja….. en último extremo pero piensa también en la mediocre talla que para él tiene Prieto o Besteiro. Y…. piensa también en Don Manuel por su declive emocional y su para él incomprensible abandono del barco cuando más necesaria era una muestra de arrojo y coraje desde la mismísima presidencia. Siguiendo este hilo, Negrín no perdonó a Azaña su abandono real de funciones en los últimos meses por cuanto supuso de desmoralización entre los cada vez más diezmados combatientes. Tampoco le perdonó que dimitiera formalmente como presidente de la República el 27 de febrero del 39 ante el presidente de las Cortes, Martínez Barrio, más aún cuando esperó a que Francia y Gran Bretaña reconocieran el régimen de Franco. 

(1).-No olvidemos que Negrín se quedó casi solo profesando fe ciega en la victoria de la República. Su estrategia descansaba en la visión de conjunto del escenario europeo que auguraba un pronto estallido de hostilidades entre, por un lado, las potencias del Eje, Alemania e Italia (junto a Japón fuera del teatro europeo) y, por otro, las llamadas “democracias europeas”. Su obsesión, razonable vista desde nuestra actualidad, era resistir hasta que la guerra en Europa hubiera colocado a la República Española en el lado de las potencias aliadas contra el fascismo. De esa manera, inevitablemente, Franco hubiera también entrado en guerra junto a Alemania e Italia compartiendo con ellas también la derrota. Es muy posible que si, al margen de la carestía de armamento, los dirigentes de la República, todos, hubieran estado a la altura, se habría logrado el propósito de Juan Negrín. Quienes hoy justifican miedos, titubeos, fragilidad, dejadez y hasta derrotismo en muchos de los dirigentes republicanos ponen en su favor la hipótesis de que con la prolongación bélica el derramamiento de sangre hubiera sido mayor. Personalmente discrepo de tal planteamiento por cuanto se hubiera tratado tan solo de mantener un solo frente de combate, uno pero sólidamente, con moral de combate, con garra. Además, no se habría producido la represión franquista de postguerra. No obstante, dando por seguro que Negrín no tenía ningún apego al PCE y mucho menos a Stalin y su PCUS se admite como bastante aceptado que la cercanía se debía a que la única ayuda que recibía la República provenía de la URSS. Por otra parte, el PCE imponía estructura, disciplina y organización muy útil a Negrín para depositar en el PCE buena parte de la estrategia defensiva. No obstante, hay versiones que, alabando la firmeza estratégica de resistencia de Negrín, le cuelgan un grave error. Conforme manifiesta Santiago Garcés Arroyo (recogido por Joan Llarch en “Negrin”) la Batalla del Ebro estaba diseñada desde la URSS no como una ofensiva republicana que retomara posiciones y marcara nuevas líneas de frente sino que se pretendía desgastar definitivamente a los cuerpos de ejército leales una vez la URSS había decidido abandonar a la República a su exclusiva suerte. Esta versión encaja con la práctica supresión de envió de material militar a partir de la Conferencia de Munich. El error de Negrín, según esta declaración, habría consistido en no intuir lo que se cocía en Europa de cara a Munich. De haberlo percibido, lo correcto hubiera sido plantear la campaña del Ebro como guerra defensiva, de desgaste para las tropas rebeldes. Ese planteamiento hubiera evitado mucha pérdida de combatientes y de material que habría sido vital para consumar con éxito la estrategia de Negrín de enlazar con la Guerra Europea.

“De esto procede que todos los profetas armados vencen, y los desarmados pierden.”. Nicolás Maquiavelo. “El Príncipe”

José Mª Lafora

Manuel Azaña


Azaña y Negrín, dos personalidades mutuamente distantes y esquivas.
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  • Date : 4.11.15
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