Navidades de ceniza

Julio Anguita
En febrero de este año y bajo el título de El día (D+1) escribí en Mundo Obrero lo que sigue: Y nosotros, la izquierda y demás organizaciones surgidas al aire de luchas para conseguir que los DDHH sean aplicados consecuentemente. Me temo que los objetivos, las metas y los esfuerzos se están priorizando casi exclusivamente en el día D, en las elecciones y sus resultados. ¿Y después qué?





El día (D+1) debiera ser el centro de todas las planificaciones, cálculos y proyectos de las fuerzas políticas, sociales y culturales con vocación de construir la Alternativa y además con vocación de saber para esa causa a la mayoría de la población. Se trata de ir concitando la forja de un contrapoder que sepa ejercer la presión que el poder ejerce desde sus centros de decisión e influencia.

Aquél artículo estaba escrito desde la esperanza puesta en que el sentido común de las organizaciones políticas, sociales, culturales y plataformas de lucha por conseguir un Cambio Concreto, posibilitase un entendimiento programático, político y de lucha organizada para conseguirlo una vez pasado el trámite electoral. No se trataba de pedir algo que por entonces ya aparecía como imposible, la unidad previa en todas sus manifestaciones con la vista puesta en el citado día (D+1) sino un apunte, una esperanza fundada, una predisposición, un atisbo coincidencia en tres cuestiones claves: señalar el enemigo, prepararse para combatirlo y preparar la base programática de una nueva situación. Ya se había aceptado con resignación que la dinámica electoral cegaba la visión del futuro.

Han pasado ocho meses y sigo pensando lo mismo pero con una diferencia abisal en cuanto a lo dicho en febrero: ahora se trata de organizar la supervivencia y desde allí preparar el Cambio en una difícil travesía llena de dificultades. Una tarea de titanes. Una tarea que implica cuestionamientos políticos, organizativos, metodológicos y de la concepción del lenguaje, los mensajes y las movilizaciones.

El bipartito mantenedor del orden político, económico y social de la UE, el euro y la deuda se perfila como superviviente si bien con la aparición de un nuevo elemento que le dará imagen de pluralidad pero que en el fondo vendrá a reafirmar el proyecto de cambio constitucional previsto ya en la abdicación de Juan Carlos I: Ciudadanos ¿Y la izquierda? Bien gracias, ¿Y los sindicatos llamados de clase? Mejor aún, gracias ¿Y el tejido social proclive a sustentar una mayoría para el contrapoder? Disperso, desmovilizado y abducido. Solamente militantes y activistas incombustibles e inasequibles al desaliento, mantienen una antorcha testimonial.

Sabemos desde hace tiempo (aunque nos resistimos a reconocerlo) que hemos sido derrotados en toda la línea. Y si a alguien le parece excesiva o exagerada esa afirmación no tiene más que comparar la situación presente con la de hace apenas veinte años. ¿Se veía posible o probable lo que ha ocurrido con las reformas laborales, los convenios colectivos, la precariedad o el inmenso cinismo del que hace gala la cleptocracia dirigente?

Hemos sido derrotados, y lo que es peor, nos negamos a verlo. Tal vez porque reconocerlo nos obligaría a sacudirnos la modorra, la inercia y la apatía en la que nos hemos asentado con la fútil esperanza de que la Historia fluye a nuestro favor.

Pero cuando hablo de nosotros, los derrotados, no me estoy refiriendo exclusivamente a nosotros los militantes de unas siglas específicas y concretas: me refiero a quienes personal o colectivamente siguen haciendo de la palabra izquierda un símil de linaje inconmovible, reiterativo y de perfil esteticista. Me refiero a quienes herederos de las Internacionales o del Progresismo decimonónico no han calibrado todavía la entidad específica del enemigo que nos ha derrotado y que muchas veces alienta entre nosotros al aire de “nuevos tiempos”, hallazgos de modernidad, espacios electorales, corrección política e institucional y “buen rollito” con los medios de comunicación.

Creo que nosotros debemos empezar a preparar ya la respuesta al escenario tras el 20 D. Y debemos hacerlo desde la consciencia de que estamos ante la necesidad de plantear, organizar y desarrollar el gran cuestionamiento político, organizativo y de concepciones de la movilización. Y todo ello con la vista puesta en la lucha de carácter ideológico que tendremos delante. El replanteamiento que debemos hacer no dejará nada indemne ni tampoco a nadie. Desde mi punto de vista solamente una sola cosa no puede ser cuestionada: la apuesta política, social, cultural e ideológica de transformación radical por la que miles de hombres y mujeres dieron la vida. Todo lo demás, en esta hora, es cuestionable y reemplazable.

Creo que dilatar, aplazar o posponer la respuesta a lo que va a suponer el 20 D irá en contra nuestra pero sobre todo contra los trabajadores, los jóvenes, la cultura y los DDHH.

Julio Anguita

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