La pedagogía de la sangre

La pedagogía de la sangre
La luminosidad de la tarde era aquel día más brillante, parecía que las arcillosas tierras de los tomateros tomaban tonalidades nuevas, nunca vistas en Castillo del Romeral, las tierras del Conde de la Vega estaban más llenas de espacios vacíos, gran parte de los trabajadores de la aparcería, sus dirigentes sindicales, trabajadores conscientes habían sido desaparecidos, asesinados por las fuerzas del fascismo español, organizado por Falange, Acción Ciudadana, la Iglesia Católica, la putrefacta oligarquía, los “grandes de España”, como les llamaban, los Bravo, los De Lara, el criminal y violador tabaquero Fuentes y otros asesinos, los que habían comenzado el exterminio programado, justo la misma noche del sábado 18 de julio de 1936.







Juan Pedro Sosa, el maestro de Cercados de Araña, estaba siendo arrastrado la tarde de aquel sábado de septiembre por una camioneta por las calles de San Bartolomé de Tirajana, su sangre impregnaba el suelo, su delito, ser un maestro republicano, aplicar las pedagogías más avanzadas, iniciadas en el pasado siglo por las geniales mentes privilegiadas del continente europeo.

La derecha canaria no podía concebir que los niños y niñas isleños pudieran formarse, estudiar, cultivarse, llegar a las universidades gratuitas de la República, la esperanza de un pueblo formado como alternativa a la incultura, el terror de la religión y el genocidio programado.

El maestro ya estaba muerto cuando los falangistas pararon el vehículo junto a la tienda de Mariquita en Fataga para tomarse unos rones de caña, en el mostrador de la tienda de aceite y vinagre había una palangana de berros frescos, recolectados de madrugada en el riachuelo del barranco, Esteban Araña, Ignacio Santiago, Antonio Benítez de Lugo y López Santana, “El mermellado”, mayordomo del conde, bromeaban sobre como había ido “la cacería” durante la noche, los hombres que habían detenido y tirado a la Sima de Jinámar. La tendera escuchaba asombrada, en el suelo su niño Julián enfermo de polio dentro de un viejo cajón de madera. La mujer conocía a casi todos los asesinados, la brigada nunca pagaba, le decía que le apuntara la cuenta en la libreta de los “fiados”, pero jamás saldaban la alta cifra de copas y juergas, tapas de queso, pescado asado, papas rebosadas o carne de cochino frita.

Afuera la gente del pueblo se asomaba por las rendijas de las puertas y ventanas para ver el cuerpo de Juan Pedro, el muchacho de apenas 25 años, con la ropa destrozada, envuelto en sangre, con las vísceras fuera, solo se le apreciaba la cara de niño, su pelo rubio, las manos finas con las que enseñaba con infinita paciencia aquella educación desconocida hasta aquellos años en las islas, absolutamente alejada de la pedagogía del miedo y la culpabilidad que imponían los curas y docentes del terror y el maltrato físico.

Al grupo de fascistas no le importaba que la gente del pago vieran el cuerpo del maestro, ya los niveles de crímenes eran muy altos, incluso llegaban a disparar en la nuca a los reos en público, la degradación ya era terrible siguiendo las ordenes del genocida general Dolla, encargado por Franco para exterminar, eliminar, desaparecer a cualquier persona que estuviera relacionada con cualquier partido, con los sindicatos vinculados con la destruida democracia republicana.

Las violaciones de las mujeres, esposas, novias o hijas, hasta niñas de menos de diez años, que tuvieran cualquier relación familiar con republicanos eran sistemáticas, las sacaban de sus casas y las llevaban a varios centros de detención, normalmente ubicados en las fincas de los terratenientes, incluso en una casa que pertenecía al obispado, una pequeña mansión cerca de Arguineguín, que el cura de Mogán cedía para que cometieran aquellas atrocidades.

Después de salir medio borrachos de la tienda de Mariquita, los fascistas metieron entre burlas al joven Juan a la parte trasera del vehículo, dirigiéndose directos a los acantilados de Tiritaña, donde lo arrojaron dentro de un saco con varias piedras en el fondo.

La educación liberadora se transformó en pocos meses en las escuelas del terror y la violencia, “la letra con sangre entra” era el lema, donde la religión marcaba la dinámica pedagógica. Clases de formación del espíritu nacional, catecismo, rezos diarios, cantos patrióticos como el “Cara al sol” o el himno a La Legión, cada mañana, donde los hijos y las hijas de los obreros estaban condenados al fracaso escolar, una especie de fabrica de esclavos para trabajar en las haciendas de los poderosos, en la industria de tabaco donde Eufemiano ejercía el derecho de pernada laboral, en los tomateros de los Betancores, las tierras de la marquesa, la de los potentados ingleses y otros cómplices del golpe de estado y la brutal devastación de la vida y la esperanza.

Francisco González Tejera

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