La Revolución Rusa en 1905

La Revolución Rusa en 1905
La Revolución Rusa de 1905 estalló por una combinación de factores. En primer lugar, fue determinante la crisis económica de 1902-1903 que generó una oleada de protestas: huelgas obreras, sublevaciones campesinas y actos terroristas. Pero el detonante fue la derrota rusa ante Japón en 1904, una verdadera conmoción que demostró la debilidad de un gigante frente a una emergente potencia que se había transformado profundamente. El conflicto produjo escasez y subida de precios y mayor presión fiscal. 





Estos factores incidieron sobre un sistema político y social que no había evolucionado sustancialmente durante el siglo XIX, a pesar de la emancipación de los siervos de 1861 y de algunas medidas liberalizadoras, pero muy pronto anuladas por la renovada autocracia zarista de Alejandro III.

En el mes de enero de 1905 una manifestación pacífica de obreros encabezada por el pope Gapón se encaminó hacia el palacio imperial en San Petersburgo para pedir al zar protección y justicia, la mejora de las condiciones labores –jornada de ocho horas y salario mínimo de un rublo diario- y una propuesta para que todos fuesen “iguales y libres”, con la convocatoria de una asamblea constituyente elegida democráticamente. La manifestación partía de la tradición rusa de protestas, es decir, de apelar al zar, considerado como “padrecito” del pueblo y supuestamente desconocedor de las desdichas de su pueblo.

La manifestación avanzó pacíficamente pero Nicolás II no se encontraba en el palacio; había huido. Las tropas dispararon contra los manifestantes provocando centenares de muertos y heridos, en lo que se conoce como el Domingo Sangriento. Este hecho desencadenó huelgas y sublevaciones por toda Rusia, creándose los primeros soviets de representantes de obreros, unos consejos que serían determinantes en el triunfo posterior en las revoluciones de 1917. En estos soviets se destacaron mencheviques y bolcheviques, que habían salido de la clandestinidad. A principios del verano se amotinó la marinería del acorazado Potemkin. En el campo se desató una suerte de terror con ocupaciones de tierras, asesinatos de propietarios y quema de palacios. La oposición liberal del zarismo, los kadetes del Partido Constitucional Democrático, quería aprovechar las protestas para forzar la creación de un sistema de representación parlamentaria a semejanza de los occidentales.

El gobierno ruso se vio impotente para frenar la oleada de protestas, por lo que el zar Nicolás II decidió ceder en algunas cuestiones introduciendo una serie de reformas, contenidas en el conocido como Manifiesto de Octubre. Aceptó conceder algunas libertades políticas, una ley electoral, que se crease una asamblea más o menos representativa, la Duma, aunque con poderes legislativos muy limitados, ya que el zar podía vetar sus leyes, y una serie de medidas laborales y sociales como el reconocimiento de los derechos sindicales o la jornada laboral de diez horas. También aceleró la paz con Japón. Pero eran medidas muy tímidas en relación con la situación explosiva que se comenzaba a vivir en Rusia. Los soviets siguieron actuando, destacando el de San Petersburgo. Los soviets propiciaron en noviembre la sublevación de los marineros de la base naval de Kronstadt. También el campo siguió revuelto.

El zar declaró la ley marcial y puso en marcha el aparato del estado para reprimir a la oposición. En el campo se destacaron en esta tarea las denominadas Centurias Negras. Se encarceló a los miembros del soviet de San Petersburgo. Muchos líderes de la oposición fueron deportados a Siberia, mientras que otros huyeron a Europa occidental.

En 1906 se aprobó la nueva ley electoral que demostró que los prometidos derechos políticos eran muy limitados porque establecía un sufragio que favorecía a los propietarios. Se eligieron varias Dumas muy poco representativas, muy limitadas en sus atribuciones y boicoteadas sistemáticamente por el zar, que nunca abandonó la concepción absolutista de la monarquía. Podía disolverlas, como de hecho hizo alguna vez cuando los resultados electorales no fueron de su agrado.

Eduardo Montagut


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