La sagrada tierra colorada

La sagrada tierra colorada
La madrugada del aquel septiembre era más estrellada que nunca, apenas corría la brisa y un olor a romero inundaba las calles del pequeño pueblito de Taganana (Tenerife), el silencio de siempre, ancestral, el mismo de cuando los indígenas canarios recorrían con sus cabras los acantilados, aquella altitud repleta de magia y vegetación, viendo los roques inundados de la espuma del Atlántico inmortal, el azulado océano de donde vinieron los primeros pobladores desde el misterioso norte del continente africano.







El camión venía de Santa Cruz cargado de falangistas y varias cajas de vino de Tacoronte, botellas en mano, vestidos con correajes, borrachos, felices de un nuevo día de cacería de republicanos. Venían a buscar a Vicente Fumero y Aniceto Marichal, los dos pescadores de la Federación Obrera, militantes del PCE, integrados en el Frente Popular.

Lo primero que hizo la banda de fascistas fue preguntar en el bar de Dionisio Fajardo, subieron andando lo que quedaba de camino, para luego bajar al fondo del barranco, a la playa de callaos negros como el carbón. Allí estaban los dos jóvenes arreglando las redes, jamás imaginaron que los pudieran detener solo por participar en una manifestación en Santa Cruz meses antes del golpe, pero aquellos asesinos de azul los apresaron, los ataron de pies y manos y los metieron en la parte trasera del vehículo de la muerte, sintiendo el olor de un suelo impregnado de sangre seca, solo podían ver el cielo estrellado, percibir el aroma del salitre, recordar como un sueño remoto aquellos viejos besos bajo la luz de la luna en labios de muchachas invisibles.

La caravana de la muerte avanzó hacia los montes de Anaga, los dos muchachos identificaban el camino de tierra, el inmenso pinar, los restos de la majestuosa laurisilva, esa fragancia a humedad y tierra fértil que recorrieron desde niños acompañados de sus abuelas cuando iban a coger hierba para los animales. El camión se detuvo y les mandaron a golpes abrir una fosa en el suelo mojado, los dos sabían que era para enterrarlos, no podían negarse, les apuntaban con los máuser, cavaron durante tres horas, la tierra era colorada, tan acuosa que parecía imposible abrirla, violar aquella profundidad que sería su lecho de muerte para siempre.

Cuando menos lo esperaban se escuchó un estruendo, algo les atravesó la cabeza, el tiro en la nunca del requeté Manuel Hermoso, certero como siempre a Fumero le salió por el ojo derecho, a Marichal por la frente, ambos cayeron uno sobre el otro en la estrecha fosa, varios falangistas bajaron como rapiña a quitarles los zapatos, el reloj de pulsera de Vicente heredado de su padre, el anillo de plata de Aniceto, parecían bestias del averno sobre sus víctimas quitándoles cualquier objeto de valor.

–Ahora quien cierra la fosa estando todos borrachos, -dijo con sorna el capitán Zerolo con la botella de tinto en la mano derecha-

La tropa sanguinaria no dejaba de reírse, algunos caían al suelo o se meaban encima por las risas contagiosas. Se marcharon, dejaron el agujero abierto, partiendo hacia los camiones y coches embanderados con yugos y flechas. En Las Mercedes hablaron a punta de pistola con los jornaleros Pedro Machín y José Manuel Mendoza, indicándoles el lugar exacto del crimen, la necesidad de cubrir los cuerpos con la tierra mojada, que al día siguiente iría el teniente Clavijo a comprobar si habían hecho bien su trabajo, que si no lo hacían los siguientes en caer serían ellos.

Los dos pobres hombres se quedaron mirando anonadados, los ojos llorosos, viendo como partían entre alborozados gritos y olor a vino del norte los criminales fascistas, fueron a sus casas a buscar las herramientas para partir andando hasta el frondoso bosque, allí les esperaban los frágiles cuerpos de los muchachos asesinados.

Una frágil lluvia caía sobre los cuerpos ensangrentados, el joven Fumero todavía movía los dedos de los pies, estaba vivo o quizá casi muerto, agonizaba y temblaba de frio con los ojos cegados por el barro, la noche cerrada violaba cualquier esperanza, solo el paso lento de los dos enterradores, subiendo al monte sagrado a tapar para siempre aquellos retazos de dignidad.

Francisco González Tejera

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