Los juguetes de los sueños

Los juguetes de los sueños
Los chiquillos tenían loco a Carmelo desde semanas antes de los Reyes, este año lo querían todo de Star Wars, habían ido con su "Tata" a ver la película que les maravilló, no dejaban de hablar de ella, de jugar a ser personajes de esa batalla épica. El joven padre no sabía qué hacer para que pudieran tener regalos, llevaba en paro cuatro años, ya no le quedaba prestación en la oficina de empleo, solo una tarjeta de crédito de El Corte Inglés. En los juguetes del banco de alimentos todo era viejo y usado, ya el año anterior los niños los rechazaron.





Carmelo se fue de mañana al Hipercor de 7 Palmas, eligió dos artículos para cada niño, los más baratos de la guerra estelar, una espada azul, varios muñequitos y fue directo a la caja, una cola inmensa de gente, música navideña por megafonía. Cuando la dependienta pasó la tarjeta vino rechazada, por varias veces fue devuelta, no había fondos, estaba bloqueada. El hombre salió sin rumbo a la calle, el mundo se le vino encima, una tristeza añeja, ancestral, enfilando como un zombi hacia los puentes del Guiniguada.

Sacó su cartera del bolsillo de atrás, solo algunos céntimos sueltos, las Visas del Citi Bank, Cofidis, Cetelem, todas sin crédito, anuladas hacía meses, bajo el agobio de las llamadas acosadoras de estas entidades usureras protegidas por el régimen español, siempre a cambio de mojarle el beso a políticos y jueces corruptos, la inmensa mayoría de lo que algunos siguen llamando pomposamente "marca España".

Bajo el abismo de Lomo Blanco se veía el inmenso precipicio, los coches pasaban a toda velocidad, nadie se percataba de la presencia del hombre asomado en la barandilla, mirando el fondo, la inmensa altura que lo liberaría del dolor, de las caras desconsoladas de sus hijos cuando volviera a casa, el acoso constante de la usura, del terrorismo de estado que la sustenta y estimula. Carmelo miraba, por momentos estuvo a puntos de lanzarse al vacío, se veía a sí mismo cayendo, el viento en su pelo, el impacto y la oscuridad definitiva, el final de los problemas, dejar de existir para siempre.

No supo bien lo que sucedió en aquellos minutos, quizá horas, sin noción, de repente se vio sentado en un bordillo de la Universidad, cerca de Tafira, junto a la carretera del centro de Gran Canaria. El inmenso amor por los chiquillos le hizo desistir de quitarse la vida ¿Qué sería de ellos? –pensó- ¿Qué sucedería si de repente todo el tiempo volviera atrás como una moviola de la vida?

Caminando lento se encaminó hacia el centro comercial, llenó el carro de la compra de comida y juguetes, atravesó el pasillo de la caja, avanzó ante la miradas atónitas de la gente, los guardias de seguridad lo detuvieron, lo agarraron y lo redujeron en el suelo, los clientes y trabajadoras miraban, nadie se acercaba, murmuraban ante la novedad de aquel pecluliar "ladrón", el no se resistía. –Es para mis niños, no soy un delincuente, solo quiero mis niños tengan juguetes y comida caliente este día de Reyes, -repetía hasta que llegó la policía y se lo llevó de tenido-

En la comisaría le tomaron declaración, lo dejaron salir con cargos, robar juguetes y alimentos para sus hijos, para que la sonrisa de unos niños brillara por unos instantes en la oscuridad de un pueblo destruido.

Francisco González Tejera

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