Memoria del Holocausto

Memoria del Holocausto


EL 27 de enero de 1945 las tropas soviéticas liberan el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau y se descubre el horror nazi en su completa y brutal intensidad. Hasta la rendición definitiva de Alemania, a principios de mayo, poco a poco irían cayendo los demás planetas del “universo concentracionario”, de Dachau a Bergen Belsen, de Mauthausen a Buchenwald. La orgía de muerte que fue la Segunda Guerra Mundial tuvo como escenario más desalmado esta compleja red de mataderos humanos, un diseño perfecto para eliminar a millones de personas con eficacia y precisión industriales.




Y es precisamente esta característica, el diseño consciente de un sistema destinado al exterminio de seres humanos -sobre todo judíos, pero también presos políticos, gitanos y homosexuales- lo que convierte a la Alemania nazi en uno de los regímenes políticos más aborrecibles de la Historia de la Humanidad, y lo que confiere al Holocausto esa singularidad, única por terrible y despiadada. Nunca antes el mundo se había topado con una maldad semejante.

Desde el año 2005 la Asamblea General de la ONU conmemora cada 27 de enero el Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto. Una efeméride siempre inclusiva y que recuerda a todas las víctimas. Este año el tema de las actividades desarrolladas tiene que ver con El Holocausto y la dignidad humana. Los testimonios de víctimas y verdugos coinciden en señalar la completa pérdida de humanidad de quienes soportaron los campos, sometidos a insoportables condiciones de vida y supervivencia. También quienes daban órdenes y quienes las recibían vivieron al margen de cualquier atisbo de piedad o compasión. La condición humana desapareció en el agujero negro del horror.

El Holocausto es así un tema universal que trasciende fronteras, ideologías y convicciones. La inmensa mayoría de las víctimas fueron judías, pero esa tempestad de odio y muerte alcanzó a la humanidad en su conjunto. Cada año se publican nuevas investigaciones, se editan libros con testimonios o novelas de ficción que intentan desentrañar el misterio del alma humana convertida en hoguera volcánica de odio ilimitado. Es imposible llegar hasta el final: no hay posibilidad ninguna de penetrar en la mente de los asesinos para saber qué extraña metamorfosis les llevó a tan macabro y cruel comportamiento. “¡Nunca más!”, gritó Simone Weil cuando se descubrió que efectivamente los nazis habían conseguido construir la filial del infierno en la tierra (como dijo Joseph Roth). La banalidad del mal fue llevada a sus más extremas y dolorosas consecuencias.

La actualidad y vigencia del Holocausto preocupan. Porque a pesar de los avances, de la pretendida mejora del mundo y de sus habitantes, la tentación existe. Este año 2016 expiran los derechos de Mi lucha, la mediocre y única obra de Adolf Hitler. Y en Alemania se plantean enseñarla en las escuelas, como vacuna probable, justo cuando Europa se tambalea por la crisis de los refugiados, la crisis económica, el desempleo masivo y la ausencia de un claro liderazgo humanista y prospectivo. ¡Cuidado! El huevo de la serpiente puede albergar embriones insospechados, como el cine se ha encargado de advertirnos. La tentación totalitaria sobrevive al mal. La pedagogía debe ser severa y certera.

España no es un país ajeno al sufrimiento europeo. Miles de españoles malvivieron y murieron en los campos nazis. El mismo gobierno que con una mano permitía discretos episodios de piedad con los judíos, como el de la Embajada en Budapest, solicitó expresamente a Hitler el confinamiento y la muerte de cuantos republicanos pudieran ser capturados en Europa. Más de 6.000 españoles murieron sólo en Mauthausen, de los que se ha acreditado que casi mil eran de procedencia andaluza, con la provincia de Córdoba a la triste cabeza en cuanto a víctimas se refiere. Buchenwald fue liberada y surgió de la nada una pancarta que daba la bienvenida a las tropas liberadoras en nombre de los españoles antifascistas. Centenares de mujeres fueron confinadas en Ravensbruck para morir de hambre, de miseria, de maldad. Todos esos nombres forman parte de nuestra memoria histórica, común a la de miles de familias de todo el mundo, víctimas como nosotros.

Con el Holocausto no sólo triunfó la banalidad del mal, el ciego compromiso con la muerte. Lo ocurrido nos demuestra la posibilidad real de utilizar todas las armas y recursos del Estado contra el propio ser humano, despreciable por su raza, sus ideas o su orientación sexual. Una amenaza que sigue latente. Cada año debemos recordar que el mal existe, y que habita entre nosotros. Sólo conociendo la Historia quizás se pueda evitar que se repita.

Enrique Benitez Palma

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