O monarquía o nada

O monarquía o nada
Que sí, que ahora no toca. Nunca toca. Ocurre como con el cambio de los nombres franquistas de las calles y plazas de este país, que nunca es buen momento. En realidad, el buen momento pasó hace muchísimos años, pero ya entonces también se agarraban a lo mismo. Empezamos la casa por el tejado y así no hay forma de arrancar de cero nunca. Hablemos, pues, del tejado de España, administrativamente. 





Cuando se habla de la más alta representación del Estado, es tradicional la distinción entre quienes prefieren la República y quienes se inclinan por la monarquía. Suelen alegar los defensores de esta última que sale más barata. Vamos, lo típico que se dice cuando no se quiere cambiar nada. Y pregunto: ¿por qué hay que decantarse por una o por otra? ¿Por qué no hacer como en el menú de un restaurante venido a menos que sale en la novela de Eduardo Mendoza (El enredo de la bolsa y la vida)? ¿Por qué no elegir entre zanahoria, un plátano (mínimo dos personas) o nada? Esta última sí que es una opción económica. En EE.UU., faro del mundo para lo bueno y para lo malo, en según qué cosas, no existe jefatura de Estado, fuera de la que ostenta la persona elegida por los ciudadanos. ¿Quién hay por encima de Obama? 

En estos tiempos de recortes asfixiantes para el pueblo llano, quizás deberíamos pensar en ir suprimiendo aquellas instituciones que podrían dejar de existir sin mayor problema y no hablo del Senado. Altas instancias del Estado que no deberían defenderse ni permanecer por el solo hecho de que la alternativa resultaría más gravosa, cuando la verdad, la verdad de la buena, es que la alternativa fetén es la supresión sin reposición. Un poco como hacen con los interinos en servicios básicos. Mantenemos emporios dinásticos en muchos países que, en puridad, ni reinan nada ni gobiernan a nadie. Aquí manda quien sale elegido por el voto popular. Ahora que se habla tanto de evitar duplicidades en la Administración y de optimizar recursos recortando los puestos innecesarios, bien podría empezarse por la cúspide de sangre azul. Y no se trata de un ataque a la monarquía ni de un canto a la República, se trata, simplemente, de plantear por qué esta función no puede ser ejercida por nuestro representante legítimo. Dudo mucho que la muchedumbre saltara en masa para sostener a Felipe VI, al que desde aquí mando un saludo, y que se pusieran a gritar algo así como "o Rey, o nada". Me temo que nuestro joven monarca se quedaría solo, como ya le pasó a su ascendiente, Alfonso XIII, que de un día para otro, como bien cuenta Josep Pla en El advenimiento de la República, tuvo que cruzar ligero con un reducido séquito su Rubicón particular, en su caso, Mediterráneo.

Gonzalo de Miguel Renedo | infoLibre

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