¡Qué no nos engañen!

¡Qué no nos engañen!
¡Qué curioso resulta, además de políticamente relevante, el análisis de los métodos de neutralización social propios de las élites gubernamentales! Y es que, aunque pueda pasar desapercibido, en el pasado 2015 hemos vivido en España dos momentos clave, exponentes de la culminación de estrategias premeditadas. Su revisión no solo es interesante: también nos da algunas pistas sobre los pilares de legitimidad del modelo presente: 




El primero de ellos, lo hemos visto en torno a la figura del rey. A bote pronto, una figura de escasa (por no decir nula) legitimidad democrática y fundamentada en una herencia estructural del franquismo. 

Hasta que de pronto, inesperadamente, en pleno discurso de Nochebuena, mostrando su desvinculación de la realidad social, Felipe de Borbón pronuncia: “La libertad, la igualdad y la fraternidad son incuestionables”...¡Vaya! ¡Quién le hubiera dicho a Luís XVI cuando caminaba hacia la guillotina en 1793 que, unos dos siglos más tarde, un descendiente suyo reinaría en la vecina España a partir de los valores políticos que estaban a punto de costarle el cuello! ¡O mejor aún: quién le diría a Robespierre que, después de todo, un Borbón en calidad de rey sería uno de sus mejores aliados ideológicos en un futuro no muy lejano! 

Es evidente que Felipe VI practica la demagogia a partir de unos principios incompatibles con su propia naturaleza monárquica. Resulta, pues, irónico que un jefe de Estado vitalicio y hereditario mencione la igualdad de oportunidades ante la ley o que se refiera al funcionamiento igualitario de la justicia, aún manteniendo un carácter inviolable ante cualquier tribunal legítimo. 

¡Pero vean lo poco irónico de la ironía que, pese a todo, a nadie sorprende las continuas aventuras paradójicas de los titulares de la Corona española! Estamos ante un fenómeno de neutralización social: los ejes paradigmáticos de un pensamiento contrario a la potestad monárquica han sido dialécticamente asumidos por la propia monarquía, habiendo readaptado sus preceptos éticos pero manteniendo el cuerpo estético. Ahora, las críticas republicanas hacia la monarquía carecen de credibilidad social, pues ha sido el monarca quien ha asumido la estética de los preceptos del republicanismo y los ha disuelto en una gestión desvinculada de su potestad política. 

Y es que podrá sonar contradictorio pero, en la España de hoy, Felipe de Borbón es más poderoso cuanto menos hace uso de su poder. Es decir, la clave de la legitimidad monárquica es una renuncia constante de la autoridad gubernamental para consolidar su figura desde una óptica meramente constitucional. Véanlo si no desde la siguiente perspectiva: si mañana el rey decidiese tomar cartas en los asuntos de gobierno, ejerciendo así un poder de facto, España amanecería republicana en cuestión de meses. Pero al renunciar a su autoridad, al enrocarse en su rol de mero símbolo mediador y responsable de la integridad nacional, queda blindado ante cualquier forma de reivindicación contraria al rumbo del gobierno. Felipe nunca será responsable ante la opinión pública de los problemas de España, pues ha renunciado previamente a toda responsabilidad. Al menos de un modo aparente, estético. 

Es, realmente, un método de neutralización a partir de la aceptación de contrarios. Un refuerzo de poder mediante la renuncia de autoridad; un blindaje ante el republicanismo mediante la aceptación estética del paradigma republicano. Pero piénselo fríamente: ¿Un rey hablando de “libertad, igualdad y fraternidad”? ¡Sería algo así como esperar del neofascismo una defensa de la multiculturalidad y la globalización! 

El segundo caso lo encontramos a finales de año, concretamente en la boda gay del vicesecretario nacional del PP, Javier Maroto ¡Vaya, si esta vez no hace falta volver a la Revolución Francesa para sorprenderse ante el apoyo de toda la directiva popular! Es más, si pensamos en 2005, en aquellas épocas en las que Mariano Rajoy y los Aznar se manifestaban en Colón junto a la cúpula episcopal para la derogación del matrimonio igualitario, nos damos cuenta de que algo no cuadra. Y no piensen en eso de que “el tiempo cambia a las personas”, pues entre las Nuevas Generaciones se suceden las acusaciones homofobas y favorables a la incitación al odio entre parejas del mismo sexo. 

Pensemos, más bien, en otra estrategia de neutralización social: hasta bien entrada la década del 2000, la defensa de los derechos LGTBI estuvo estrechamente vinculada a los procesos de reivindicación social y, si se me permite la expresión, a la lucha de clases. Ahora, desde la apropiación por parte del PP, la diversidad es una pura cuestión estética, no importa el pasado. ¡Ya no importan las protestas contrarias al matrimonio igualitario, los rosarios y las banderas rezando aquello de “la familia es cosa de un hombre y una mujer”! Ahora, parece que en Chueca molan más los desplantes de Esperanza Aguirre que las propuestas de igualdad de Manuela Carmena; mola más el pseudoprogresismo de la Cifuentes que la imagen “zarrapastrosa” del Coletas. No, ya no importa lo de ayer: el PP se ha vuelto “progre” y todo lo demás es remover innecesariamente el pasado. 

Es, al fin y al cabo, una estrategia para neutralizar las reivindicaciones LGTBI y legitimarse a partir de la apropiación de conquistas progresistas. Otra táctica de aceptación de contrarios para fortalecer posturas éticamente incompatibles. 

Pero aún con todo, pese a parecer una estrategia perfecta propio de un sistema perfecto en lo estructural, la neutralización social tiene dos puntos débiles: el primero, la irrupción de información alternativa dentro del aparato mediático convencional; el segundo, la memoria. Pues tal vez, sea hora de pensar seriamente en aquello que decía Pablo Iglesias de “no olviden”: y esta vez, no olviden la legitimidad de la institución monárquica y sus connotaciones históricas, no olviden los escándalos de la Casa Real; ni tampoco olviden las manifestaciones del PP junto a los obispos más tradicionalistas en 2005, ni su plena negativa en cámara parlamentaria, ni la condición de enfermos dada hacia los homosexuales por parte de la militancia popular. ¡Usemos la razón y deslumbraremos las máscaras!

Javier González Sabín
Secretario General de Alternativa Republicana-Madrid


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