Épica y utopía de las Brigadas Internacionales

Épica y utopía de las Brigadas Internacionales
En el siglo XX hubo escritores alemanes de una calidad y valía extraordinarias que en España nunca tuvieron fortuna, a pesar de ser clásicos en su país y haber dedicado gran parte de su obra, a veces le deben la fama, a la descripción y fascinación de aspectos del nuestro. 





Ahora que la magnífica Fórcola Ediciones acaba de publicar La guerra civil española, de Ludwig Renn, un clásico de las memorias alemanas del siglo, recuerdo la edición hace años que Anagrama realizó de La isla del segundo rostro, de Albert Vigoleis Thelen, un escritor de tendencias anarquistas que salió huyendo de su país tras la Gran Guerra, como Robert Gravesy tantos otros, para encontrarse en Portugal con Teixeira de Pascoaes. Quería ser su secretario, pero acabó recalando un montón de años en Palma de Mallorca y nos narró cómo era esa sociedad desde el lado de los desposeídos, nada que ver con las decadencias de las narraciones de Llorenç Vilallonga, y, de paso, nos ilustra sobre el modo de hacer negocio en aquellos años, léase la fortuna de Juan March, que, se decía, leyenda mítica en la isla, había comprado un submarino alemán de la guerra para hacer negocio de contrabando de tabaco.


Digo: Fórcola acaba de editar el gran libro que trata de las Brigadas Internacionales, La guerra civil española, de Ludwig Renn, en traducción de Natalia Pérez Galdós, y un estupendo prólogo de Fernando Castillo que nos introduce de manera idónea y documentada en los entresijos de este libro, de su autor y de lo que fueron las Brigadas Internacionales, ese extraño fenómeno que consistió en que una mínima parte de la juventud europea y norteamericana antifascista viniera a combatir en España con riesgo de su vida y que consiguió otorgar un aire de modernidad y racional de combate en unidades que recordaban un poco a las guerrillas antinapoleónicas, por su espontaneidad y su falta de efectividad.

El libro es importante, hasta el punto de ser fundamental para entender el papel que jugaron estas Brigadas, pero el autor también se lleva lo suyo: descendiente de una familia aristocrática sajona, Arnold Vieth von Golssenau, que luego adoptó el pseudónimo de Ludwig Renn en honor del personaje de una de sus novelas, se pulió en el frente occidental en la guerra y , luego, en los años veinte, fue jefe de policía en Dresde. En los disturbios del golpe de estado de Kapp se negó a disparar a la multitud de trabajadores revolucionarios y abandonó el servicio. 

De 1920 a 1928 estudió y viajó por Europa y llegó a tener un negocio de arte en Dresde, hasta que publicó Guerra, su primer libro, que aquí editó Fórcola, un alegato antibelicista mejor que Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, y muy similar a Adiós a todo eso, de Robert Graves, que fue libro que le dio fama y que se colocó en la órbita opuesta de otro libro de guerra famoso en la época, Tempestades de acero , de Ernst Jünger. Renn entró en el Partido Comunista Alemán en los años treinta y tuvo un papel muy activo en la creación de escritores revolucionarios. Los nazis le acusaron de estar implicado en el incendio del Reichstag, justo cuando sus libros, Posguerra y Viajes a Rusia, un clásico viaje obligado de la época, le catapultaron como el escritor alemán más famoso de aquellos años, se entiende que de su generación, pues por allí andaban autores como Thomas y Heinrich Mann, por poner un ejemplo rotundo, que eran incontestables.

Desde los inicios de nuestra guerra, en julio del 36, tenemos a Renn, que ya había renunciado a utilizar su verdadero nombre, en las Brigadas, en la columnaThalmann, y partir de noviembre, dirigiendo la XI Brigada Internacional, donde tuvo un papel destacado en la batalla de Guadalajara, donde estuvo hasta que se disolvió. Tras la guerra civil se exilió a México, donde promocionó el esperanto, hasta que volvió en 1947 a la RDA, residiendo en Berlín y Dresde y dando clases en la Universidad Humbolt de Berlín y convirtiéndose en un destacado miembro del PC de su país. Renn, al contrario que otros, como Bertolt Brecht, no fue personaje incómodo para las autoridades de su país y murió en 1979 después de que en el barrio de Marzahn de Berlín se le dedicara una calle y adquiriera fama como autor de libros de literatura infantil. Vivir para ver.

Hay una foto preciosa en esta edición de Fórcola de La guerra civil española, donde se ve a Ernest Hemingway junto a Joris Ivens y Ludwig Renn en el frente de guerra. Es el lado épico del libro, el lado bello, casi arcádico de las Brigadas Internacionales, el lado del periodismo de altos vuelos, de las intrigas internacionales, de las juergas en el Hotel Florida. Luego, el frente de batalla, el otro lado del conflicto, la sordidez, la crueldad, el desastre de la guerra, como la batalla de Guadalajara, magníficamente narrada…

La guerra civil española es un libro épico, como lo es Tempestades de acero: es un libro donde la vida transcurre en plena unión entre lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Es un libro comunista, de aquellos años de furor utópico, donde se glorifica a la URSS y donde se mira a otro lado en aras de la construcción de la sociedad futura. Tal y como lo vemos ahora, es un libro que nos sumerge en una profunda melancolía sabiendo lo que sabemos y las cenizas dejadas por tantos años de afán guerrero y transformador.

El libro clave de un escritor épico, que Carlos Fuentes sacó como personaje en su novela Los años de Laura Díaz. Magnífica iniciativa la de esta publicación.

Juan Ángel Juristo | Cuarto Poder

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