14 de abril: Una democracia sin memoria

 14 de abril: Una democracia sin memoria
Abril es un auténtico hervidero de celebraciones que tienen a la II República como protagonista

Esta semana tenemos el 14 de abril. Si saliéramos con el micrófono a la calle y preguntásemos a la gente qué se celebra ese día, ¿qué nos contestaría? A saber. Durante cuarenta años la II República no existió. En ninguna parte. Y menos en las escuelas. Un borrón y la cuenta nueva de la dictadura franquista.



Así hasta que llegó la transición y se produjo un hecho extraño. El historiador Francisco Espinosa, en uno de sus magníficos textos, toma prestada la voz de Agustín Gómez Arcos para explicar brevemente esa extrañeza: “La dictadura franquista imponía el silencio, la democracia impide la memoria”.Pues sí y así andamos a estas horas de monarquía compi yogui y frases insultantes como la de Rajoy cuando afirma que poco sabe de muertos mal enterrados. Aunque lo que sí conoce de primera mano -y así lo dijo en el programa Salvados, de Jordi Évole- es la nula ayuda de su gobierno para que esos muertos tengan un entierro digno y puedan sus familiares celebrar el duelo como consideren oportuno.

El 14 de abril de 1931 las calles y las plazas hervían de esperanza en un tiempo nuevo. La monarquía cogió el montante y se esfumó en el extranjero. La llegada de la República era un grito de la mayoría y la mirada bizca de quienes se veían venir la pérdida de privilegios hasta entonces intocables. La alegría duró poco y esa mirada bizca reunió a las derechas políticas, al poderío económico, a ese falangismo fanfarrón de correajes y pistolas, a una parte del ejército y a la iglesia y armó la de dios es cristo en un golpe de Estado que al embarrancarse en Madrid daría paso a la guerra que como en un cuento de hadas se han empeñado en llamar “fratricida”, un eufemismo que intenta despojar al golpe de Estado y a la guerra misma de cualquier contenido político e ideológico.Después de la victoria franquista, se acabó el sueño republicano y lo que vino enseguida fue una orgía de cárceles y fusilamientos. Y de silencios. Y de puertas cerradas al progreso y a lo que pudiera existir al otro lado de todas las fronteras. Con los años el franquismo se iba a convertir en el centinela de occidente y el comunismo sería la bestia parda a batir con los medios que hicieran falta. La guerra fría calentó las hechuras de la dictadura y aquí empezó a no quedar de la memoria republicana ni los restos. Y así hasta hoy.

Seguro que abril es un auténtico hervidero de celebraciones que tienen a la II República como protagonista. En realidad se celebra el recuerdo mitificado, lo que pudo ser y no fue, la nostalgia de un tiempo de cambios que no ha tenido continuación. La monarquía sigue en su sitio, por más que haga agua por todas partes y su catadura moral ande por los suelos. No pasa nada. Como tampoco pasa nada si nos pasamos por el forro lo poco que la Ley de Memoria de 2007, ideada por el gobierno de Rodríguez Zapatero, nos dejó para que el franquismo estuviera menos presente en nuestras vidas. Hablo de los símbolos franquistas. Bien claro que lo dice esa ley tan insuficiente: ni un solo símbolo fascista en ningún lugar público. Y menos aún en los sitios oficiales. Pues ni caso. Las águilas de la España Una, Grande y Libre, los títulos honoríficos a Franco y sus camaradas de entonces, la gallardía con que ministros y militantes del PP vociferan su condición de amantes de la dictadura… todo está ahí sin que ninguna ley les baje los humos. El otro día, un joven estudiante me preguntaba en un Instituto francés cómo era posible que aún existiera el Valle de los Caídos. ¿Ustedes saben por qué sigue ahí el Valle de los Caídos? Pues claro que lo saben. Y yo también lo sé. Y todos lo sabemos. Aquí el franquismo no se ha muerto. Así de simple. ¿O no?

Pero bueno, en este contexto bastante desolador para la memoria republicana hay una buena noticia que acabo de leer en este diario: la concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Valencia ordena la retirada de símbolos franquistas que aún estaban bien a la vista en algunos lugares de la ciudad. Incluso en algunos colegios. ¿Cómo es posible? ¿Han pasado cuarenta años de la muerte de Franco y esa huella del horror sigue a las puertas de los colegios? Lo que me pregunto es si el alumnado que entra cada día a sus aulas sabe lo que significan esos símbolos. Ojalá, al menos, sirvieran para que el profesorado los mostrara en sus clases como lo que son: la huella de una infamia que una buena democracia no se merece.

Así pues, dispongámonos a celebrar durante unos días el recuerdo de aquel sueño republicano que duró lo que duró porque los sueños tienen difícil encaje en una realidad que hostiga cualquier intento de cambio o de ruptura. Lo estamos viendo ahora mismo con la presión de los medios de comunicación casi al completo y esa pesadez de pactos inconclusos que renuncian a la más mínima novedad, ya no digo de izquierdas, sino mínimamente progresista.cNo sé si la III República será posible algún día. Pero lo que sé es que somos una anomalía histórica que da risa: somos los fervorosos súbditos de una monarquía que celebran con entusiasmo cada 14 de abril su vocación republicana. ¡Qué cosa más rara, ¿no?!
Alfons Cervera | eldiario.es

Fuente: eldiario.es
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