La II República o la ética: el recuerdo que no cesa

La II República o la ética: el recuerdo que no cesa
Por Pedro Luis Angosto

Pese a la demoledora propaganda emitida durante cuarenta años por quienes asesinaron al régimen constitucional nacido el 14 de abril de 1931 sin que mediasen disparos, ni pronunciamientos, ni motines, en medio de una inmensa fiesta –la fiesta de la esperanza- que recorrió el país de punta a punta; pese a la represión extrema llevada a cabo por los despiadados golpistas que traicionaron sus juramentos para montar a sangre y fuego una dictadura nacional-católica al servicio de las oligarquías más rancias, ignorantes y egoístas del mundo; pese a los séudo-historiadores revisionistas que, jaleados por la prensa prehistórica, han continuado durante todos estos años con la misma empresa que iniciaron Joaquín Arrarás, Manuel Aznar, Mauricio Carlavilla o Eduardo Comín Colomer, la empresa de la mentira, la difamación, la calumnia y el escarnio, la Segunda República sigue estando viva, ilusionantemente viva en el imaginario colectivo de muchos de quienes habitamos este país expoliado y humillado por décadas de gobiernos contra el pueblo. En pocos países del mundo, tras haber pasado ochenta y cinco años de la instauración de un régimen político, se sigue rememorando, añorando, soñando con unos días remotos en los que un pueblo harto de política despótica decidió deshacerse de las herrumbres del pasado para tomar las riendas de su propio destino.






Un día de abril de hace unos años, mientras escribía la biografía de José Alonso Mallol, Director General de Seguridad en 1936, hice un pequeño descanso para oír la radio y fumar un ducados, maldito tabaco expendido en comercios legales por muy honrados comerciantes protegidos por el Estado. Un grupo de tertulianos hablaban de Azaña en la Cadena SER, tan vehementes como ignorantes. Como siempre, decían que hubo cosas buenas y cosas malas. De pronto uno de los invitados, con la mayor naturalidad y un tono de voz subido, dijo algo parecido a esto: Poco de bueno pudo tener un régimen cuyo Presidente ante los sucesos de Casas Viejas ordenó a quienes dirigían la fuerza pública que no dejasen prisioneros, que “tiros y a la barriga”. No pude evitarlo y llamé a la emisora indignado. Sólo hablé unos minutos para decirles que ese lenguaje barriobajero y cuartelero jamás habría salido de la boca ni el pensamiento de una persona como Azaña y que lo mejor que podían hacer antes de hablar y confundir a los oyentes era leer. Terminé mi breve intervención con aquella célebre frase del político complutense: “Si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar”. La realidad de aquella tragedia ocurrida en Casas Viejas fue que el Capitán Rojas se tomó la justicia por su mano y fusiló por su cuenta a los jornaleros anarquistas. Luego Rojas, sacado de la cárcel por los franquistas, sería uno de los directores de la salvaje represión que siguió a la conquista de Granada por los nacional-católicos. Lamentablemente, para muchos españoles –no olvidemos que más del 30% del electorado volverá a votar corrupción en los próximos comicios- sigue de plena actualidad aquella máxima de Fernando VII que decía: “Dios nos libre de la funesta manía de pensar”, de pensar, de leer, de luchar y de discernir.

Fueron, son tantas las mentiras arrojadas sobre la Segunda República por interesados, ignorantes y tontos útiles que hoy resulta difícil saber cómo ha perdurado en tantos el recuerdo mítico de aquellos días de esplendor que pudieron haber resuelto para siempre nuestros problemas seculares, colocándonos desde entonces entre los países más avanzados de Europa. Y es que, por mucho que se empeñen los mensajeros la España pre-democrática, la Segunda República elevó por primera vez al poder político a personas que sólo tenían como objetivo servir a los ciudadanos, a políticos no profesionales que anteponían el interés general al personal, a ciudadanos muy preparados dispuestos a que sus compatriotas dejasen de ser súbditos y pasasen a ser considerados sujetos de deberes y derechos inalienables. La Segunda República, que sólo duró dos años y medio, el periodo que va desde el 14 de Abril de 1931 al 3 de noviembre de 1933, supuso un cambio tan radical en los modos de hacer política, en la forma de encarar los problemas del pueblo, en la fidelidad a las promesas dadas y en la defensa de la independencia del país, que dejó una marca imborrable en quienes vivieron aquellos días y en quienes supieron de ellos: Nunca hasta entonces en la historia contemporánea de España, la ética había guiado a la acción política.

En poco más de dos años, personas salidas de las universidades, los ateneos, los tajos, las academias, los despachos y las fábricas para gobernar España con inmenso amor, crearon más de doce mil escuelas y enviaron misiones pedagógicas a los lugares más recónditos del país porque sabían que sin instrucción, sin educación, sin cultura no era posible la democracia; modernizaron un ejército hipertrofiado y anclado en el pasado, humillado en las guerras de Cuba y Filipinas y malformado en la de Marruecos, ofreciendo a los oficiales que así lo deseasen pasar a la reserva con todos los haberes, cosa que muchos de ellos aprovecharon para conspirar contra la Constitución; pusieron en marcha la separación entra la Iglesia y el Estado, prohibiendo a las órdenes religiosas dedicarse a la enseñanza porque ese era un ámbito público en el que no tenía cabida lo sobrenatural; dieron el voto a las mujeres pese a la desgraciada dependencia respecto al clero ultramontano que el analfabetismo programado les había “regalado”; establecieron relaciones preferenciales con los países más desarrollados de Europa, prohibieron la guerra como forma de solventar problemas con terceros países, abolieron la pena de muerte, reconocieron los idiomas de todos los territorios de España y los dotaron de autogobierno; emprendieron la reforma agraria y la construcción de presas y sistemas de regadío que el fascismo cortó de raíz por la guerra y retomó con los esclavos del franquismo tras destruirlo todo, redujeron la jornada laboral, abolieron los títulos nobiliarios, supeditaron toda la riqueza del país al interés general, crearon el impuesto sobre la renta, elaboraron la Ley de divorcio y, sobre todo, predicaron con el ejemplo, cortando de raíz esa costumbre de la Restauración, que el franquismo ha traído hasta nuestros días, de pasar del ministerio al consejo de administración de una gran empresa y de ésta de nuevo al ministerio, de considerar lo público como propiedad personal, de creer que la política es un negocio y una forma única para acumular riquezas y subir en la escala social, en pocas palabras, por primera vez en nuestra historia un grupo de personas aupadas por el pueblo a los poderes públicos, con sus errores, ejercieron el poder para servir al pueblo. Y eso no se olvida, mucho menos en un país podrido por la corrupción donde mucha gente sigue dispuesta a votar corrupción. La Segunda República española era la ética, quienes no sabían ni siquiera el significado de esa palabra la asesinaron para perpetuarse en el poder y en los privilegios ¡¡Viva la República!!

Pedro Luis Angosto | Nueva Tribuna
Twitter: @PLAngosto

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