Felipe González: el hombre de Washington (I)

Felipe González: el hombre de Washington (I)
La monarquía era la garantía de conservación de la Iglesia católica, del capitalismo y de los intereses estratégicos del imperialismo norteamericano en España. Para que todo cambiara, la Dictadura, era necesario que nada cambiara, la Monarquía. Y esto fue la transición: la sustitución de una forma en la lógica de dominación del capital, de la Iglesia y del imperialismo, por otra. Cambio que contó con el imprescindible apoyo del socialismo español y europeo y con el innecesario del PCE de Carrillo. 





El PSOE había sido desorganizado y decapitado en España por la represión franquista, pero era un partido con enorme potencial electoralista, gracias al apoyo absoluto de la socialdemocracia europea. Todo lo contrario de lo que ocurría con el PCE. Muy bien organizado pero con muy mala imagen popular. Las elecciones confirmarán esta realidad. En esa situación de debilidad organizativa, con pocos y viejos militantes supervivientes de la Guerra civil y sin dirección política estable en la organización española se plantó y desarrolló la simiente llamada Felipe González.

¿Quién era y de dónde venía? ¿Qué vínculos tenía con el movimiento obrero? ¿Qué vínculos ideológicos y políticos tenía con el socialismo republicano que residía en el exilio? ¿Cuál había sido su formación ideológica y política? Su ideología y su pensamiento político sólo lo podremos conocer en la práctica de su mandato, favorable a la restauración de la monarquía y del capitalismo, porque nunca antes, como ocurre con la clase política socialista, habían expuesto sus ideas o al menos ideas que tuvieran algo que ver con lo que hicieron cuando llegaron al Poder. Carecían, y siguen careciendo, de curriculum político que no es lo mismo que el organizativo.

Porque su proyecto político y su identidad ideológica, en consonancia con aquél, será el programa oculto de Felipe que irá aplicando, entre tinieblas, teatralizando su estrategia entre un radicalismo bananero, personificado por su fiel y útil Guerra, y una práctica derechista aplicada sin contemplaciones, con arrogancia y contundencia por el mismo Felipe. Muy sólidos tenían que ser sus apoyos internacionales para que actuara desbordado por su aparatosa confianza en sí mismo y su autosuficiencia. Viniendo de una persona desconocida, intelectual y políticamente, hasta los preámbulos de la transición.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, en la Europa continental liberada existía un vacío de Poder que los comunistas estaban preparados para ocupar. Los angloamericanos tenían un problema. Y lo resolvieron, en algunos casos con la colaboración del Estado Vaticano, reorganizando la derecha en partidos democristianos y la izquierda en partidos socialdemócratas. La socialdemocracia renacía de sus cenizas amenazada por la oleada comunista. Su identificación con los intereses ideológicos y estratégicos norteamericanos fue su salvación.

Alguien dijo que los mitos tienen los pies de barro. Yo, sin embargo, pienso que los mitos fueron creados en la edad oscura de la irracionalidad para ser desmitificados, derribados, en la edad de las Luces. En ésta, parece ser, ya empezamos a estar posicionados. Superficiales son los orígenes de las raíces políticas, ideológicas y orgánicas del tándem formado por Felipe González, alumno avanzado de los doctores de la Iglesia, y de Alfonso Guerra, el guerrillero de alcoba y pandereta e intelectual iluminado por las Luces de la Enciclopedia Álvarez. Un tándem creado ad hoc para garantizar, por la izquierda, la restauración de la monarquía parlamentaria , siguiendo el guión escrito por el propio Régimen franquista en la Ley de Referéndum de 1945 y la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947.

Este tándem la única dialéctica que conoció fue la del reparto de funciones y en función de ese reparto crearon su propia imagen para entusiasmar, el Guerra, a la izquierda sandinista y, Felipe, al Departamento de Estado norteamericano por la vía de la socialdemocracia alemana de W. Brandt. El mejor amigo americano, junto con Paul Henry Spaak, que Washington pudo encontrar en Europa.

Ante el desconcierto de Carrillo y la sorpresa de la oposición antifranquista, un día, no sé si era de esos que relucen más que el Sol, jueves santo o día de la asunción, el tándem, dispuesto a representar el papel del bueno y el malo, el feo no cabía entre tanto ego, hizo su puesta en escena, arropado, en el fondo del espejismo teatral, por toda la Internacional Socialista, fiel protectora de los intereses estratégicos del Departamento de Estado y del Capitalismo, en la versión reformista de Estado de bienestar, producto del miedo al comunismo.

Otro día, un ilustre comunista que hoy pace en las esqueléticas bancadas socialistas de una institución tan inútil y pesebrera como el Santo Senado, santo porque ahí deben ir a depositar los cuerpos momificados de las antiguas glorias de la patria, un día ilustrado, decía, Enrique Curiel publicó un artículo, que no sé si querrá que se lo recuerde, en el Independiente, 5 de septiembre de 1987, donde, como quien da el último suspiro antes de perder la lucidez, bajo el titular: “Los problemas de la izquierda”, escribió:

“Había que responder, asimismo, a la exigencia social de una auténtica “reforma del Estado”; de una rigurosa y eficaz protección de las libertades públicas y de una política de paz y distensión abierta hacia la cooperación internacional y a la desvinculación de España de la política de bloques… Por último, el proyecto del PSOE se presentó como una propuesta de reforma moral e intelectual de los hábitos y modos de hacer política a la vista de la penosa experiencia inmediatamente anterior. Se pretendía gobernar de otra manera, es decir, hacer realidad la afirmación de Norberto Bobbio cuando reitera la necesidad de “gobernar en público”, como uno de los grandes ideales de la democracia, frente al creciente y preocupante fenómeno de “poder oculto”, de “poder invisible” en el seno de las democracias…

Sin embargo, poco a poco las promesas de cambio fueron sustituidas por el baremo de una pretendida modernización, la cual, lejos de romper con la inercia del pasado ha consentido una verdadera “ocupación del Estado”, así, el “impulso renovador”, la perspectiva reformadora, fue reemplazada por la adecuación a lo existente, hecha en nombre del realismo….En estas circunstancias, el deterioro del PSOE de Felipe González podía tardar en llegar, pero era inevitable.

Y no podía ser de otra manera, porque, en definitiva, la política gubernamental ha seguido una línea de entendimiento, en lo sustancial, con los grupos poderosos del “establishment” y de confrontación con las fuerzas sociales y políticas más avanzadas. Tras cinco años conocemos los límites graves y profundos de una política que ha quedado atrapada en un modelo económico conservador y que ha hecho retroceder la redistribución de la renta y destruido importantes conquistas sociales.

Se ha erosionado el sistema de libertades, han reforzado el alineamiento de España en política exterior y defensa, se ha consentido el uso partidista de todo tipo de medios e instituciones, se han tolerado niveles preocupantes de corrupción, se ha intentado consolidar un modelo político de “neo-restauración”, frente al pluralismo político ideológico, se ha abandonado la gran tarea de promover una reforma y democratización del Estado, cuestión pendiente en nuestro país desde la Constitución gaditana de 1812. Han conseguido desmoralizar a los sectores más dinámicos y progresistas de la izquierda española…

¿Por qué actúa así Felipe González? ¿Acaso se ha convertido en la expresión orgánica de los intereses de lo que genéricamente podemos llamar “derecha”?”

Semanas después, otro maldito de la revolución socialista, arrojado a los Infiernos, extramuros del PSOE, Pablo Castellanos, respondía en una entrevista realizada por el mismo semanario, lo siguiente:

“¿Cómo ve su aportación al PSOE Pablo, el apóstol de los gentiles de IS? -Fuimos los primeros en hablar del cesarismo y de la oligarquización en el PSOE. Hoy esto se reconoce por parte de otras corrientes. Fuimos los primeros en llamar la atención sobre la corrupción. A algunos ya les asusta esta situación de proliferación de comisionistas…

¿Cómo juzga, personalmente a Felipe? - Como a alguien que actúa como un emperador. Cuenta, además, con su guardia pretoriana.

¿El secretario es omnipotente? -La política económica, el concepto de partido, las relaciones internas, las responsabilidades, se deciden personalmente por don Felipe González.

¿No hay disidencia? -Todo el que se ha opuesto al poder personal del núcleo dirigente desde perspectivas de ingenuidad autonómica ha sido barrido.”

¿Cómo pudo llegarse hasta aquí? Me pregunto yo. Hasta la restauración de una forma de dominación capitalista, en forma de gobierno de monarquía parlamentaria, de la mano firme, arrogante y prepotente de Felipe González, estimulado por los gritos de guerra, ¡qué viene la derecha!, vociferados por un teatralmente descamisado Guerra. Cuando la derecha, en cualquier país democrático restaurado, hubieran sido ellos. Como intuía Curiel.

Curiel no conocía las manos que movían los guiñoles que entraban en danza en el contexto de la transición. El gobierno en la sombra que vigilaba la situación española desde los periscopios del Vaticano y el Departamento de Estado. Para intentar reconocerlo, antes de que sus plumíferos escriban su propia hagiografía, anunciando, inconscientemente, la muerte de sus mitos, tal vez debamos retroceder, unos años, al exilio socialista. Allí donde empezaban a desconfiar de las intromisiones que se estaban produciendo en el socialismo del “interior”, según publicó el propio Llopis en “El Socialista” del exilio, cerrado, poco después, por De Gaulle para satisfacer a Franco. El “interior” era la expresión que utilizaba el exilio cuando se refería a la ejecutiva residente en España.

Durante la “era de Franco” las ejecutivas del exilio, que solían reconocer una cierta autoridad organizativa a las que se fueron sucediendo en España, detención tras detención por las fuerzas de seguridad de la Dictadura, mantuvo la posición de “restaurar” la Segunda República, hasta el III Congreso, 1948, donde aprobaron la posición de Prieto “instaurar una nueva república”, vía plebiscitaria, si se llegaba a un acuerdo con los monárquicos, que en el mismo referéndum propondrían la restauración de la monarquía parlamentaria. En los comienzos de 1950, la ejecutiva socialista residente en España, integrante del Comité Interior de Coordinación, del que formaban parte monárquicos y anarquistas, se adhirió a las tesis monárquica favorable a que un gobierno provisional monárquico se encargara de preparar la celebración del referéndum. Tesis que fue rechazada por Prieto y el exilio. Y que la ejecutiva del interior se vio obligada a acatar abandonando el C.I.C. Esta diferencia hizo imposible el acuerdo de celebrar el referéndum entre monárquicos y socialistas al que Prieto había dedicado los años de 1947 a 1950. 

Junto con Prieto, el muñidor de esta alternativa fue Gil Robles. Durante la Segunda República Gil Robles fue el hombre que sirvió con fidelidad la estrategia del Estado Vaticano en España para derrocar la República e instaurar un Estado corporativo, tal y como se había creado en el católico Portugal y se pretendió crear en la católica Austria, siguiendo al dictado la encíclica “Rerum novarum” de León XIII, reivindicada en los años treinta por el papa Pío XI en la “Quadragessimo anno”. La revolución de octubre de 1934 tuvo como objetivo impedirlo. 

Gil Robles, en los tiempos republicanos, nunca reivindicó la restauración de la monarquía sino la instauración de un Estado corporativo y clerical, como el fascismo italiano. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial terminó con la derrota del fascismo y los modelos de Estados corporativos. El comunismo en el Este y la democracia en el Oeste se establecieron como modelos de las formas de gobierno a aplicar. El corporativismo era impracticable porque los ganadores habían jurado en la Carta del Atlántico “eliminar el totalitarismo hasta sus raíces”. 

La Iglesia católica siempre ha puesto sus huevos en diferentes nidos, si bien, dando preferencia en cada momento al nido que le resultaba más rentable. La Dictadura franquista junto con la salazarista eran los nidos en los que habían colocado casi todos, pero no todos, sus huevos. La Dictadura, de hecho hasta 1951 después de ser visitado Franco por el almirante Sherman, siempre estuvo en una situación incómoda porque no gozaba de total estabilidad internacional. Franco, si no echado, sí, al menos, hubiera podido ser sustituido, según el mismo Gil Robles propuso a Prieto. 

Llama la atención que Gil Robles, representante de los intereses del Estado Vaticano en el exilio español, aparezca, milagrosamente, nunca dicho con más propiedad, como favorable a la restauración monárquica y portavoz de las fuerzas monárquicas agrupadas en la Confederación Española de Fuerzas Monárquicas, CEFM, creada, en febrero de 1947, meses después de la Resolución de la ONU de diciembre de 1946, condenatoria del Régimen franquista, por Gil Robles, de Acción Popular, Sáinz Rodríguez, de Renovación Española, y Rodezno, de Comunión Tradicionalista. Organización que, con el consentimiento de D. Juan, intentó mantener contactos con la ANFD, Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas. 

La Iglesia católica era consciente de la posibilidad de sustituir, a su pesar, el Régimen franquista y ya había puesto el huevo en el exilio para estar presente en todas las maniobras de sustitución del Régimen apoyando la única salida que podía seguir beneficiandola: la restauración de la monarquía. Todavía caliente el cadáver de Franco, en diciembre de 1975, fue el cardenal Tarancón quien dio la señal de salida del franquismo hacia la monarquía en la XXIII Asamblea Plenaria del episcopado, donde declaró: 

“Una figura auténticamente excepcional (Franco) ha llenado casi plenamente una etapa larga – de casi cuarenta años – en nuestra Patria. Etapa iniciada y condicionada por un hecho histórico trascendental – la guerra o cruzada de 1936 – y por una toma de postura clara y explícita de la jerarquía eclesiástica española con documentos de diverso rango, entre los que sobresale la Carta Colectiva del año 1937. Yo era sacerdote cuando se implantó la República en España. Y había recorrido casi todas las diócesis españolas como propagandista de Acción Católica... Y quiero decir ahora que, prescindiendo del estilo personal de aquella Carta Colectiva, que descubría fácilmente a su autor (se refiere al cardenal Gomá), el contenido de la misma no podía ser otro en aquellas circunstancias históricas. La jerarquía eclesiástica española no puso artificialmente el nombre de Cruzada a la llamada guerra de liberación: fue el pueblo católico de entonces, que ya desde los primeros días de la República se había enfrentado con el Gobierno, el que precisamente por razones religiosas unió Fe y Patria en aquellos momentos decisivos. España no podía dejar de ser católica sin dejar de ser España. 

Pero esta consigna que tuvo aires de grito guerrero y sirvió indudablemente para defender valores sustanciales y permanentes de España y del pueblo católico, no sirve para expresar hoy las nuevas relaciones entre la Iglesia y el mundo, entre la religión y la Patria, ni entre la fe y la política.”

Continuará...

Javier Fisac Seco


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