Las heroínas olvidadas

Las heroínas olvidadas
Por fin he encontrado algo de información para dedicar un post sobre las mujeres republicanas durante y después de la Guerra Civil y espero no haberme precipitado. Estaba deseando reunir y organizar información para este post, pues a ellas les he dedicado la foto de cabecera del blog y no puedo disimular mi querencia y debilidad por esas mujeres innominadas. A esas prisioneras, familiares de Republicanos, sin nombre, en Oropesa de Toledo, y a lo largo y ancho de la geografía ibérica, quisiera humildemente darles voz. Pues supongo que muchos españoles procedemos de esos cuerpos abusados y maltratados, de esas “ni siquiera mujeres” olvidadas por todos.






Resulta muy complicado encontrar documentación, tanto gráfica como escrita, del papel femenino durante la contienda (salvo sobre milicianas y políticas, a las que les dedicaré algún post en su debido momento) y a lo largo de la dictadura franquista. Quiero incidir que, cuando hablo de la mujer a lo largo de todo el texto, lo hago con la mujer obrera en mente, la campesina, la mujer del pueblo llano que la historia ha olvidado por ser obrera y mujer. Los pocos datos que he podido encontrar son de fuentes históricas, cuya autoría es masculina principalmente. En ambos bandos ellos fueron los protagonistas. Se recuerda a generales, soldados caídos, los miles de fusilados que yacen en cunetas y fosas comunes, los campos de concentración, las torturas del régimen. También recordamos a los líderes de cada bando, a los exiliados, no nos olvidamos del apoyo de Hitler y Mussolini a Franco, recordamos a las Brigadas Internacionales luchando con la República… Pero, quién se acuerda de ellas, de esas heroínas sin nombre? Son los hombres los que hacen las guerras, la historia los encumbra o silencia, pero siempre queda documentado. Rojas por decisión propia o rojas por un padre, marido, novio o hermano. Sus vidas, las que las crónicas e historiadores mentan de puntillas, merecen ser rescatadas del olvido y creo que no exagero al decir que ellas fueron las victimas más castigadas tras la victoria de los Nacionales.

Para entender el papel femenino en el transcurso de la Guerra y el periodo posterior, hay que observar el contexto social-económico antes del golpe de Estado Franquista y, sobre todo, tener en cuenta el logro que supuso en los derechos de la mujer la Constitución de 1931, que fue un hito en la igualdad de género.

A principios de la década de los 30 España era un país con una economía de base agrícola, pobremente mecanizada, dependiente de jornaleros y tracción animal, agricultura latifundista en manos de unos pocos, sobre todo en las regiones del sur. Poco menos de la mitad de la población eran campesinos, muchos de ellos jornaleros sin tierras en propiedad subsistiendo en condiciones miserables. Hubo una mejora con la Ley de Reforma Agraria de la Segunda República, pero no alcanzó los objetivos ansiados por los campesinos. El vasto territorio estaba escasamente poblado, la esperanza de vida de no más de 50 años y la tasa de analfabetismo femenino se elevaba a casi un 40% Algunas privilegiadas, pertenecientes a acaudaladas familias burguesas, tuvieron acceso a estudios superiores, aunque el fin principal fuera asegurar un buen pretendiente con una carrera universitaria y de familia acomodada, que la confinara en el ámbito domestico.

Con la llegada de la Segunda República se dieron los primeros pasos en la igualdad de género: en un breve espacio de tiempo, el nuevo gobierno liderado por Manuel Azaña, quiso igualarse a las avanzadas democracias europeas. Es el momento en el que la mujer deja de ser un ente pasivo y hogareño e irrumpe en la vida pública. Consigue derecho a voto, divorcio, derecho a reclamar la patria potestad. Ademas de una gran conquista para la mujer como fue la legalización del aborto. Estaba permitido dentro de las 12 primeras semanas de embarazo, tras firmar Josep Tarradellas, presidente de la Generalidad de Cataluña, el decreto de la nueva ley en diciembre de 1936. Hasta mayo del año siguiente no se haría efectiva la Ley del Aborto en el resto de la República, siendo Federica Montseny la ministra de Sanidad. Duró poco, pues fue derogada por los Nacionales en el 37.

En este edénico escenario de progreso para la mujer, cuando dejo de ser contemplada como poco menos que una criatura inmadura e incapaz, los Nacionales lo aniquilaron de un plumazo. Era hora para la mujer española de volver a casa, a su familia, dedicarse a sus labores como devota madre y pilar de estado español, se acabó el jugar a la igualdad.

Con la llegada de la Guerra, los hombres del bando Republicano marcharon al frente, a defender su país y el futuro de sus hijos del Fascismo. Muchas mujeres quedaron solas, como cabezas de familia, con hijos a los que alimentar y cuidar. Cuando el pueblo o ciudad en el que vivían era ocupado por las tropas Franquistas era cuando empezaba el verdadero calvario. Si había algo peor que ser Rojo esto era ser mujer y Roja. Algunas pudieron huir y exiliarse, pero las que no tenían contactos se enfrentaban a un futuro muy incierto, no tenían escapatoria. Las mujeres de los Rojos eran capturadas y recibían un trato de estremecedora violencia. En caso de tener hijos, les eran arrebatados y enviados al Auxilio Social para, de este modo facilitar el adoctrinamiento, conversión, al Franquismo con el muy recurrente justificación de tratarse de una obra de caridad. Con poco disimulo, también eran cedidos en adopción a familias de cuño Franquista-Católico.

Generalmente, la humillación era sexuada: el cuerpo femenino era un campo de batalla en el que los Nacionales también querían, podian y debían arrasar. Para despojarlas de cualquier atisbo de feminidad o rasgo que incitara empatía, se les rapaba la cabeza al cero, un procedimiento que sería repetido en Francia contra sospechosas de vinculación con el régimen de Hitler. Este procedimiento generalizado, junto con la administración de cantidades ingentes de aceite de ricino, que les causaban agonizante dolor, era muy habitual. Pero no terminaba en eso, no; con las cabezas rapadas, la incontenible diarrea provocada por el aceite de ricino, la mutilación de un pezón o un tatuaje que les marcara de por vida con la palabra “Pasionaria” para mayor escarnio y dar ejemplo de lo que les ocurría a los contrarios al Regimen, las sacaban en desfile por el pueblo, acompañadas por una charanga tocando música festiva, portando crucifijos para mayor mofa de su ideología atea, y con una cinta roja colgando de alguna parte del cuerpo. El fin último era marcarlas, dejar una señal indeleble, que persistiera en sus pueblos. Aparte de las torturas, violaciones y demás, el abuso psicológico era ejercido por los propios vecinos , apuntando directamente a la autoestima personal del vencido, el cuerpo de esas mujeres era la nada más absoluta, ni para dar vida les servían. Era venir a demostrar su superioridad poseyendo y marcando a las mujeres del bando vencido. Han estado tan avergonzadas de su “pecado”, tan temerosas de ulteriores represalias que callaron, se perdieron en el silencio. El legado de las rapadas se ha hundido en el anonimato salvo contadas excepciones.

Abajo puedes ver el vídeo, con la fantástica María Galiana, que cuenta a grandes rasgos lo que ocurría con las mujeres de los Rojos

Ellas también merecen recuperar su voz, hablar y liberarse del peso de la memoria que han soportado como una losa sobre sus espaldas. Son merecedoras de ser escuchadas y nosotros, los descendientes, tenemos derecho a saber sobre los infortunios de nuestras abuelas o bisabuelas. No todo se limita a abrir fosas comunes y devolver a los fallecidos a sus familias, también hay o había muchos muertos en vida que merecen una disculpa de la sociedad que las olvidó.




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