Pablo Iglesias, ¿es un caudillo populista?

Pablo Iglesias, ¿es un caudillo populista?
Resulta poco menos que esperpéntico que la derecha clerical y tardofranquista, el Partido Popular, trate de desprestigiar a Podemos y aliados comuneros/municipales, calificándolos de “populistas”. A ellos, sus propagandistas académicos universitarios, periodistas y políticos, habría que preguntarles ¿qué es el populismo? Y nos ayudarían a entender de qué están hablando.





Tal vez por eliminación pudiéramos aproximarnos a averiguar de qué hablan. ¿Es populista una Iglesia que, ignorando a Jesucristo, eleva a los altares, diviniza, como en Roma se hacía con los emperadores, a los papas y potencia el culto a la personalidad, como en la Alemania de Hitler o en la Rusia stalinista, mediante periódicas convocatorias de masas ante su jefe teocrático, el papa? ¿Qué ha hecho esta institución, referente ideológico, moral e intelectual, de la derecha española, por acabar con la miseria, potenciar el pensamiento crítico contra los dogmas neoliberales y defender el Estado de bienestar?

Durante siglos. No olvidemos que lleva gobernando junto a las monarquías y dictaduras desde el siglo V hasta el presente. Durante siglos lo único que ha hecho es bendecir la miseria. Bienaventurados son los miserables porque de quienes lo sigan siendo, será, una vez muertos, el reino de los cielos. Todo para ellos. Al mismo tiempo que ofrece este premio mortal, ha exigido a esos miserables, no que pongan fin a la miseria luchando contra sus causantes, la aristocracia y el capital, sino que, por mandato imperativo, les exige que obedezcan al Poder monárquico, dictatorial y teocrático y para asegurarles la vida eterna les ha exigido resignación, sacrificio, castidad y mortificación. Gracias a la Iglesia la vida encuentra sentido en la muerte. Alucinante.

En la encíclica “Rerum novarum” de León XIII, se puede leer esta exaltación de la miseria y la condena que hace este papa de socialistas, comunistas y anarquistas porque engañan al pueblo, a los miserables, prometiéndoles en la vida, no en la muerte, el bienestar que no tienen gracias a la existencia de la propiedad privada de los medios de producción. Durante siglos ha defendido la propiedad privada de los medios de producción. En una encíclica de Juan Pablo II, la “Centessimus annus”, se puede leer la defensa de la propiedad privada, del neoliberalismo, de la globalización y del libre comercio, hoy tratado de libre comercio, TTIP, que tratan de imponernos las multinacionales para destruir el Estado de bienestar. Odiado por los papas porque amenaza sus intereses multinacionales.

El populismo está indivisiblemente asociado al término “caudillo”. Y el caudillaje se fundamenta en el poder militar y, a falta de sufragio o de libertades y garantías políticas, trata de legitimarse invocando al pueblo llano, a los fieles creyentes o a la nación, como conjunto de todos los ciudadanos. Si los hay. En cuyo nombre gobierna, idealmente, para beneficio del pueblo. El caudillaje de las teocracias tiene un fundamento moral, basado en un Orden Moral Universal, que se impone al orden social y político, y que, sin embargo, sólo puede sostenerse aliado a las fuerzas políticas y militares. 

En ambos casos se justifican en sí mismos por su función salvadora, imponiendo la obediencia, la sumisión y la pasividad al pueblo, creyentes o colectivo nacional. Porque el Caudillo es una especie de salvador iluminado y guía que surge en un momento de crisis o caos social. Este iluminado tiene mucho que ver, en sus orígenes bíblicos y divinos, con la derecha clerical y totalitaria y nada que ver con Podemos y Pablo Iglesias. A pesar de su debilidad o imprecisión ideológica.

Caudillos fueron Mussolini, Hitler y Franco- y muchos más-, casualmente, todos ellos católicos. Todos ellos bendecidos por el clero y todos ellos calificados de hombres providenciales – providencial quiere decir elegidos por dios para dirigir a su pueblo, sometido a la voluntad del salvador- porque salvaron la civilización capitalista y cristiana de la furia de las masas, empobrecidas por la explotación capitalista. De Franco aún podemos leer en sus monedas que fue “Caudillo por la Gracia de Dios”. 

¿No era Franco populista? ¿No liquidó la democracia y gobernó para el pueblo, en su nombre, pero sin el pueblo? ¿No empezó a construir algunos de los pilares del bienestar social con la finalidad de impedir una revolución popular? ¿Acaso el mismo Hitler no construyó organizaciones populistas para que los trabajadores, arios y rubios, disfrutaran de vacaciones? ¿No fue Perón, otro católico apoyado por el clero, populista? ¿No fue Pinochet, tan católico que gracias a él hoy en Chile los jesuitas son los dueños de casi todo el sistema educativo? ¿Por qué la Iglesia está siempre al lado de los dictadores populistas?

¿No son todos estos dictadores, defensores del orden capitalista y auxiliados por la Iglesia católica, los inspiradores intelectuales del pensamiento político de Esperanza Aguirre?¿No son los papas populistas cuando convocan a las masas para que sean humildes, resignadas, sufridoras y obedientes al poder, mientras el poder se enriquece causando la miseria de los bienaventurados?

Por qué la Iglesia, fomenta el populismo, y siempre ha condenado a los partidos de izquierda? Fomentar la ignorancia, una característica del populismo, el culto al papa, e ilusionar a las masas con la esperanza en la muerte es algo más que una patología populista, es una farsa. De la que la derecha populista católica necesita para gobernar. Delirante.

Javier Fisac Seco


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