Felipe González: el hombre de Washington (II)

Felipe y Bush
La operación Felipe para apoderarse de la dirección ejecutiva del PSOE era una condición necesaria para asegurar el camino a la transición porque con Felipe González como dirigente socialista la alternativa a la dictadura, tal y como había deseado Gil Robles, sólo podía ser, tanto desde la perspectiva de la izquierda como de la derecha y los intereses de Washington y del Vaticano, monarquía o monarquía. No quedaba sitio para una opción republicana. 





En el interior de España un sector reformista procedente del mismo franquismo y agrupado en torno al periódico “El País” apostó por Felipe, como la socialdemocracia europea, Washington y el Vaticano, en una de sus características maniobras por estar presente en la derecha reorganizada como democracia cristiana y discretamente en la izquierda en la que se integraron muchos católicos, algunos muy significados desde la Curia. En un editorial, 28 de septiembre de 1979, publicado en este periódico con motivo del Congreso extraordinario en el que la autoridad de Felipe estaba cuestionada, se escribió:

“La existencia de un partido socialista con verdadera implantación social, con capacidad y gestión honesta y eficaz en las comunidades autónomas y en la vida municipal, con una estrategia moderna y operativa y con un respaldo electoral que le permita aspirar en 1983 a formar un Gobierno es una condición indispensable para el buen funcionamiento de las instituciones democráticas en España. El Congreso extraordinario debería representar un gran salto hacia adelante en ese camino…

Parece lo más probable que Felipe González sea elegido por el Congreso secretario general. No sólo no existe alternativa seria a su candidatura, sino que además las posibilidades que tenga el PSOE de convertirse en una organización política a la altura que decimos dependen, en gran parte, de su elección. Felipe González, pese a los errores cometidos, es una de las notables personalidades políticas, quizá la más notable, animada por el proceso de tránsito a la democracia.”

Por su parte, Ignacio Sotelo, miembro de la dirección socialista, una vez terminado el Congreso extraordinario expuso con claridad cuál era la función del PSOE en la transición, en el mismo periódico, publicado el día 7 de octubre, escribió: “En una democracia fuerte, lo normal es que el partido de oposición utilice toda su fuerza en cargar contra el Gobierno; en una democracia débil, la oposición ha de crear alternativas en todos los sectores, con la esperanza de que la mitad sean aceptadas por el Gobierno. Jugar al cambio político no es fácil cuando la democracia no está consolidada…

Ante la debilidad del Gobierno, en una democracia fuerte sería lógico que la oposición tratara de sorprenderle; pero en una democracia débil, la tarea fundamental de la oposición debe encaminarse a consolidar el sistema, que es el objetivo esencial del PSOE en esta situación.” El caso es que la democracia nacida desde las entrañas del franquismo no era tan débil como nos han hecho creer porque estaba apoyada por los Estados Unidos y por los gobiernos europeos. Si no hubiera sido así los golpistas, residuos del franquismo guerracivilista hubieran triunfado contra los intereses de Washington. Cosa del todo imposible.

Eliminado el exilio de la dirección del PSOE se eliminaba de un plumazo toda la tradición ilustrada y progresista y toda la herencia republicana y anticlerical socialista. El comunismo, con otros protagonistas, ya había renunciado, gratis, a lo mismo en una puesta en escena entre patética y superficial del “eurocomunismo”, resucitando a un cadáver estalinista, Gramsci, como teórico legitimador del proceso de conversión del comunismo en un partido socialdemócrata. Llegando aún más lejos que los socialistas al pretender establecer lazos de “comunión” con la Iglesia católica. Y así les fue. Sólo que ni por esas eran de fiar ni para el Departamento de Estado ni para el Vaticano, que había excomulgado a quienes votaran a los comunistas.

Los franquistas se alarmaron por la revolución de abril en Portugal. Pero el franquismo ya empezaba a formar parte del pasado porque la voluntad de cambio la empezó a poner en marcha el monarca, a pesar de la resistencia franquista. El rey desmanteló, en menos de un año, las instituciones políticas del franquismo. ¿Habría seguido adelante el rey con el proceso sin contar con el apoyo socialista, que a su vez, contaba con el apoyo de la socialdemocracia? Porque el monarca, no estaba dispuesto, por su propia estabilidad institucional, a ser rey de una España franquista o de derechas. Necesitaba de este partido para construir sobre él uno de los pilares institucionales de la monarquía.

La pregunta nos la podemos formular en otros términos. ¿Habrían dado la monarquía, el Departamento de Estado, la Iglesia y el sector del Ejército, que apoyaba al monarca, un salto en el vacío, si no hubieran contado con el PSOE como uno de los pilares de la monarquía y de contención de la amenaza comunista? ¿Habría la Internacional Socialista, que en su Congreso de Frankfort de 1951 proclamó su alineamiento con Washington y su animadversión hacia el comunismo, apoyado al PSOE si no hubieran estado seguros de que Felipe González iba a seguir el ejemplo de la socialdemocracia alemana que, desde finales de la Primera Guerra Mundial, se había comprometido con la defensa del capitalismo y con la democracia burguesa como forma de gobierno? La respuesta a estos interrogantes la tenía Felipe González en su programa oculto. Ese que fue desvelando lenta, prudente y gradualmente para no inquietar al electorado de izquierdas y arrojarlo en manos de los comunistas.

Felipe, un hombre que nunca estuvo vinculado con el movimiento obrero, del que lo ignoraba todo, ni si quiera con los intelectuales antifranquistas, se hizo con el poder del PSOE, a pesar de la oscuridad de sus orígenes, en muy poco tiempo. Empezó su formación bajo la tutela clerical, algo inevitable para la generación nacida en el nacional-catolicismo. Colaboró con la HOAC una especie de sindicato católico y estuvo tutelado por el catedrático Manuel Jiménez Fernández, demócrata cristiano, con el que colaboró en actividades de esta corriente cristiana durante sus primeros años universitarios. Viajó a Lovaina invitado por la HOAC. Con anterioridad a este viaje, todavía en la Universidad, se vinculó a un grupo del PSOE andaluz, en el que se encontraba Alfonso Guerra. González ingresó en el Comité Provincial de Sevilla en 1965, en 1969 accedió al Comité Nacional y en 1970 fue elegido miembro de la Comisión Ejecutiva. Un hombre sin raíces en el movimiento obrero y sin formación intelectual progresista.

Y por eso, lo primero que llama la atención es que nunca se formó en los textos clásicos del pensamiento progresista e ilustrado. No había leído ni a Marx ni a Bakunin, carecía de formación en teorías del pensamiento político, desconocía los logros de las revoluciones inglesas, norteamericana y francesa y los valores de los pensadores ilustrados y desde luego, ignoraba el freudomarxismo y por tanto a Freud, Reich, Fromm, Marcuse. No se había formado ni como intelectual progresista ni como político progresista. Aún así, con que sólo hubiera leído los documentos, debates y artículos que se fueron publicando en “El Socialista” del exilio, enormemente rico en pensamiento político y actualizado por los debates referentes a la evolución de la “guerra fría” y su relación con el problema español, podría haber adquirido una sólida formación política e intelectual y, sobre todo, haber echado raíces en la tradición intelectual y política del socialismo. Todo esto lo ignoró. Lo que nos ayuda a entender que nunca escribiera o publicara nada sobre teoría política o sobre su propio proyecto político para España. Con el equipaje intelectual y moral de la democracia cristiana Felipe González no podía tener otro objetivo que integrar España y el movimiento obrero español en Europa como un país democrático más. Como Francia, como Alemania, como Italia…Esta será toda su ambición y los límites políticos e intelectuales de su ambición.

Junto con otros jóvenes socialistas, fue invitado por Llopis al Comité nacional, celebrado en Bayona en 1969, donde manifestó sus opiniones opuestas al dirigente socialista. De este enfrentamiento nació su alianza con Redondo y Múgica quienes le apoyaron. A partir de aquí sus contactos con los socialistas del exilio, disidentes con Llopis, y del interior empezaron a ser habituales. En el XI Congreso del exilio los jóvenes socialistas residentes en España impusieron al exilio su posición favorable a crear una ejecutiva compartida, de la que formaron parte Guerra, Múgica, Redondo y Castellanos. Pero las diferencias no eran de estrategia política para acabar con la Dictadura.

En el siguiente Congreso, el XII, 1972, celebrado en un clima de enfrentamiento entre las posiciones manifestadas por Guerra contra la dirección de Llopis, entró Felipe González a formar parte de la ejecutiva compartida. Seguía sin haber diferencias estratégicas. Un año después, la Internacional Socialista, con el respaldo de Mitterrand, W. Brandt y Craxi, los mejores representantes del revisionismo reformado, apoya la disidencia del interior. La ruptura entre el exilio y el interior es un hecho. Confirmado en el XIII Congreso de Suresnes en el que Felipe fue elegido primer secretario general de una ejecutiva integrada casi absolutamente por cuadros residentes en España. Entre ellos se encontraban Guerra, Redondo, Castellanos y Múgica.

En el 27 Congreso, diciembre de 1976, inmediatamente después de aprobada la Ley de Reforma política por las Cortes franquistas, se aprobaba que “la ruptura democrática como único proceso racional y pacífico culminará con la devolución al pueblo de la soberanía”. Este acuerdo echaba por tierra la posición política que el socialismo había mantenido durante todo el exilio y bajo el objetivo, que ya había sido enunciado por el monarca y el propio Suárez mucho antes de que Felipe apareciera en escena, de “devolver la soberanía al pueblo español” camuflaba que se renunciaba no sólo a restaurar la República sino ni tan si quiera a plantear un referéndum en el que se decidiera la forma de gobierno. Este Congreso estuvo apadrinado por la presencia física de los líderes de la Internacional Socialista en pleno.

La renuncia resulta aún más escandalosa porque en el mismo Congreso de Suresnes, 1974, en el que Felipe fue elegido primer secretario se aprobó la resolución que en el punto 3. El PSOE se pronunciaba por la “constitución de una República Federal de las Nacionalidades que integran el Estado Español”. En los dos años pasados entre su elección como secretario y el 27 Congreso de 1976 Felipe tomó todo el mando dando un giro de 360 grados a la política socialista. Llegando más lejos que las propuestas que Gil Robles le hizo a Prieto al reconocer, de hecho, la restauración de la monarquía nacida del franquismo.

La “operación Felipe” tenía un objetivo necesario para los intereses del Capitalismo, la Iglesia y los Estados Unidos, aliados necesarios de la monarquía. En el agónico posfranquismo no fue Franco el principal obstáculo para poner en marcha la transición. Ese obstáculo no fue otro, desde 1949, que la negativa de los socialistas a renunciar a la celebración de un referéndum sobre la forma monárquica o republicana de gobierno. Felipe González llegaba a la dirección socialista con la firme vocación de derribar ese obstáculo, por eso, una vez que se ha hecho con la dirección, primer movimiento, rompe con el exilio, segundo movimiento.

De esta manera, el Rey, que dirigido por su padre, no estaba dispuesto a poner en marcha la transición sin el apoyo socialista, dio la señal de salida. Paradójicamente los tiempos de la agonía y muerte del Dictador y el dominio ideológico y político de Felipe sobre un PSOE en reconstrucción orgánica se correspondieron como si estuvieran coordinados.

El otro gran valedor ideológico y moral del franquismo, el Estado Vaticano y sus intereses en España, nunca fue ni tan si quiera mencionado por Felipe. Hubiera parecido que la Iglesia católica, principal beneficiaria del franquismo y preparada, ya para cambiar de forma de gobierno, nunca hubiera existido. A pesar de que la Dictadura hubiera sido inviable, como el peronismo, sin el apoyo que los católicos, no sólo de España sino de todo el mundo, incluidos los Estados Unidos. El catolicismo permaneció intocable conservando, como cuando la derrota del fascismo en Italia, todos sus privilegios confirmados en el Concordato de 1953. En virtud del cual, y a pesar de ser inconstitucional, aún no se han separado la Iglesia y el Estado.

Felipe, como antes que él la Iglesia, el Departamento de Estado y la monarquía, patrocinada por esas dos instituciones, deseaban lo mismo: Cambiar todo, la Dictadura, para que no cambiara nada, los intereses del Capitalismo, del Departamento de Estado y de la Iglesia católica. Y eso fue la transición, legitimada con el acto teatralizado de aprobar, todas las fuerzas políticas, la Constitución. Ya sólo quedaba la caída del telón tras el último acto del golpe de Estado del 81 para que el Ejército se autodepurase, eliminando, en un patético gesto de impotencia, abandonados a su propia suerte por el Departamento de Estado, a sus residuos más franquistas.

Felipe, sin que la izquierda ni la tradición socialista se lo pidieran, renunció, en un gesto patético para la Historia, a la República, a la neutralidad y a la separación entre la Iglesia y el Estado, rompiendo con toda la tradición ideológica y política del socialismo. “Delenda est Republica”, podía haber gritado golpeándose el pecho en un gesto de auto-satisfacción. El sólo consiguió lo que Franco no pudo. Pero esto no le debió parecer suficiente. En su proyecto político no hizo ninguna propuesta que tuviera que ver no sólo con la tradición ideológica del socialismo sino ni tan si quiera con el de la socialdemocracia en asuntos como: economía dirigida y planificada, socialización de la gran industria, nacionalización de la banca, de las compañías de seguros y de la electricidad y, desde luego, la separación entre la Iglesia y el Estado. Antes bien, y precisamente porque rechazó las señas de identidad socialistas, hizo todo lo contrario: fortalecer los intereses de la banca, beneficiar a las industrias europeas en perjuicio de las españolas, debilitar el poder sindical, favorecer los intereses estratégicos norteamericanos, garantizar la unidad Estado-Iglesia y alimentar con calderas de hirviente oro la insaciable codicia de la Iglesia católica.

Y como la Iglesia y el Departamento de Estado, Felipe debió sentirse incompatible con el marxismo porque en 1979, durante el XXVIII Congreso dimitió, en otro gesto teatral, arrogante, estudiado y calculado, de su cargo. Una vez más sin que nadie desde la izquierda se lo pidiera, quería borrar del PSOE el término “marxista”, que él mismo había aprobado en el Congreso anterior de 1976. El debate ideológico puso a prueba el pobre nivel intelectual y los orígenes ideológicos de la avalancha de nuevos socialistas o desertores de otros partidos marxistas y maoístas que empezaron a reagruparse en este nuevo PSOE. El debate estuvo bien delimitado por la tendencia antimarxista, representada por el demócrata cristiano, Peces Barba, quien calificó el “Manifiesto comunista” de “panfleto político”, y la marxista, brillantemente representada por Gómez Llorente, Francisco Fernández Santos, a los que se pueden añadir otras personas como Pablo Castellanos y la corriente catalana-vasca y andaluza sobre socialismo autogestionario. En cualquier caso, como admitieron ellos y el propio Tierno Galván, lo de menos fue el debate ideológico. El problema de fondo era una lucha por el Poder.

La propuesta de Felipe, el rechazo del marxismo, dejaba despejado el camino para el reformismo, en virtud del cual la ideología del PSOE pasaría a ser interclasista, renunciando a la lucha de clases y aceptando la democracia capitalista como el marco ideológico y moral en el que debía integrarse al proletariado. Cualquier posibilidad de enfrentamiento, ni tan si quiera ideológica, con los intereses del Capital quedaba eliminada. La protección de los intereses del Capital, en el marco que éste había aceptado por presión de la “guerra fría”, el Estado de bienestar, pasaría a ser el nuevo fundamento ideológico del nuevo socialismo. Nuevo en España ya que su modelo ideológico se encontraba en la socialdemocracia alemana que en 1919 había optado por la defensa del Capital en el marco de la República de Weimar y en 1959 sancionó esta ideología en el programa de Bad Godesberg.

Entre el 28 Congreso y el Congreso extraordinario se produjo, bajo la férrea mano de Guerra, una reorganización del PSOE basada en que el grueso de los militantes elegidos para el Congreso no procederían de los cientos de organizaciones socialistas sino de los cargos públicos creados durante la transición, esto es: por parlamentarios, alcaldes, concejales y dirigentes de las organizaciones regionales. Con esta reorganización, que bien podría ser calificada de depuración, se creaba un nuevo PSOE vinculado a los cargos públicos y desvinculados de las bases sociales e incluso de los sindicatos. La consolidación de esta dinámica transformará al PSOE en un partido electoralista sin raíces sociales. Un modelo de partido que se alimenta así mismo de sus militantes que nacen, se desarrollan y mueren en el partido sin relación alguna con los votantes, que votan un líder y unas siglas, sin vínculo social alguno con quienes votan. Esta ruptura entre un partido burocrático y la base social acabará alejando al PSOE de los movimientos sociales que irán surgiendo. A pesar de fomentar el clientelismo y la estética populista.

La segunda novedad del Congreso extraordinario fue la reducción de los 1.000 delegados a 400 y el ejercicio del derecho de voto por solamente 60 jefes de delegación. Estos fueron los que decidieron el resultado del Congreso. A partir de ese momento Felipe González podría haber proclamado con satisfacción: “El PSOE no es mío, pero el PSOE soy yo”. Este Congreso se celebró en septiembre de 1979, tenía dos retos por delante, según manifestaron sus militantes y corrientes de opinión, especialmente la representada por la corriente crítica, eliminada de la nueva ejecutiva. Eran la cuestión ideológica y la conocida como “operación limpieza” del partido. A esta ya me he referido. En la ponencia ideológica se planteó el problema de si el PSOE debería seguir siendo marxista o no. Paradójicamente para los críticos el Congreso aprobó una resolución de izquierda aunque eligió una ejecutiva de derechas. Lo cierto es que el “programa mínimo” fundacional del PSOE, absolutamente marxista, se conservó en los estatutos como referente ideológico junto con otras ideologías, no especificadas. Y de hecho la ponencia aprobó que: “El PSOE sume el marxismo como un instrumento teórico, crítico y no dogmático, para el análisis y transformación de la realidad social, recogiendo las distintas aportaciones, marxistas y no marxistas, que han contribuido a hacer del socialismo la gran alternativa emancipadora de nuestro pueblo y respetando plenamente las creencias personales.” Este enunciado podría estar literalmente sacado del programa de la socialdemocracia alemana de Bad Godesberg. Pero la ponencia política añadía: que “el PSOE es un partido de clase y de masas”. En terminología socialdemócrata significaba un partido popular que no rechazaba las ideologías religiosas. De hecho Felipe González declaró que se sentía identificado con estas definiciones.

Con la perspectiva que tenemos hoy, y si analizamos con detalle las palabras, observamos que el marxismo ha sido eliminado como “ideología” del PSOE, al ser reducido a un “instrumento teórico”, entre otros muchos, pero “no ideológico” del socialismo. De manera que cualquier ideología puede servir dentro del PSOE. Es una manera de mostrar su carácter interclasista que luego se ratifica con la ponencia política al definirse no sólo como partido de clase, sino de clase y popular. Quitando los eufemismos y las ambigüedades lingüísticas el PSOE se había transformado en socialdemócrata. Felipe, eliminando el marxismo del pensamiento socialista, salió aclamado y vitoreado, según “El País”. “Delenda est Marx”, podría haber gritado de nuevo. Felipe reptaba sobre sus cadáveres de victoria en victoria hasta la derrota final.

Aún le quedaba mucho más por hacer. La oportunidad se le ofreció cuando llegó a la Presidencia del Gobierno. ¿En beneficio de quien iba a gobernar, de las clases populares o del capitalismo? El, desde luego, lo tenía claro. Si a alguien aún le llega a sus oídos el eco de los gestos histéricos de su ministro de economía, Solchaga, gritando triunfalmente en 1988, como ya hizo el representante del Capital francés, Guizot, en 1831, : ¡¡¡Enriqueceos!!! , se podrá hacer una idea de para quién gobernó Felipe. No es necesario recordar que creó (¿), al mismo tiempo que gritaba ¡Enriqueceros!, 2.000.000 de parados. Claro que para que alguien se enriquezca la primera condición necesaria que debe darse, como demostró Adams Smith en “La riqueza de las naciones”, es que muchos produzcan la riqueza que luego unos pocos acapararán. ¡Qué vergüenza debieron de sentir los socialistas del exilio! Sus descendientes aún los lloran.

continuará...


Javier Fisac Seco

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