La quiebra de la esperanza

Alcalá Zamora y Azaña
Agustín Moreno | Cuarto Poder

Hay quienes miran el pasado y quiénes lo evitan. Quien lo hace con ánimo revisionista para justificar los hechos, como esa pseudoliteratura neofranquista que se vende en los grandes almacenes y que construye mitos para justificar la sublevación militar de 1936 y la dictadura de Franco. O quienes lo hacen para saber la verdad de lo que pasó, para intentar comprender. Pero para romper el círculo vicioso tradicional y que la historia no se repita hacen falta ciudadanos no manipulables y ello exige ser conscientes del pasado de su sociedad.


La Segunda República llegó el 14 de abril de 1931 sin que se derramase ni una sola gota de sangre, entre la alegría popular y las esperanzas de cambio, justicia y modernización del país. La hizo posible el agotamiento del régimen de la Restauración borbónica que venía haciendo aguas por todas partes. El turnismo entre los liberales y los conservadores, dejaba cada vez a más fuerzas políticas y sociales fuera del terreno de juego: republicanos, socialistas, regionalistas, anarquistas… La crisis de la monarquía se acentuó a partir de 1917 con la crisis militar, la política y, especialmente, la social que se manifestó con la huelga general de agosto y que acabó con el encarcelamiento de sus dirigentes.

La conflictividad y la violencia social que se produjo al acabar la Primera Guerra Mundial, con asesinatos a tiros en las calles de Barcelona y la aplicación de la ley de fugas dejaron cientos de muertos, especialmente obreros y dirigentes anarquistas como Salvador Seguí o Layret. Las crisis marroquíes estuvieron presentes desde principio de siglo y fueron el telón de fondo tanto de la Semana Trágica de 1909, como del golpe militar y la dictadura de Primo de Rivera tras el desastre de Annual.

Tras el fracaso político de Primo de Rivera y su dimisión, los gobiernos de Berenguer y Aznar fueron un pequeño interregno que desembocaría en la República. Para ello fue necesaria la unidad de las fuerzas antimonárquicas en el Pacto de San Sebastián y el triunfo de sus candidaturas en las grandes ciudades en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931. Unos meses antes unos jóvenes capitanes (Galán y García Hernández) habían sublevado a la guarnición de Jaca y su fracaso dio dos mártires a las ideas republicanas.

Tras la salida del rey del país, el gobierno provisional convocó elecciones a Cortes constituyentes. La República intentó transformar el país, encontrándose desde el principio con muchas dificultades y resistencias. La mayoría republicana y socialista afrontó los principales problemas. Así, en el bienio reformista (1931-33), se aprobó la avanzada Constitución de 1931 que proclamaba a España como una “República de trabajadores” y establecía el sufragio femenino. Se abordó un “inmenso programa de reformas que consistiría en, aparte de destruir las influencias reaccionarias, crear relaciones laborales más equitativas, acabar con los poderes casi feudales de los latifundistas y satisfacer las demanda autonómicas de los regionalistas vascos y catalanes”. Entre estas reformas estaba la cuestión militar (pasando al retiro con la paga íntegra, a los jefes que no quisieran jurar fidelidad a la República); la cuestión religiosa (apostando por un Estado laico –divorcio, cementerios civiles- y quitando privilegios patrimoniales y educativos a la iglesia católica); desarrollando la educación pública y laica (con un ambicioso programa más escuelas, más maestros y mejor retribuidos). Se aprobó el Estatuto de Cataluña, votado casi unánimemente allí, para resolver el problema regional. En la cuestión social se emprendió la reforma agraria pero de manera tan lenta e insuficiente que estuvo muy por debajo de las expectativas de la masa campesina. Por último, se aplicaron mejoras obreras en materia de salarios, jornada y negociación colectiva.

Ni que decir tiene que este acelerado programa de reformas modernizadoras encontró la oposición de múltiples sectores: ejército, iglesia católica, terratenientes y patronos, además de las fuerzas conservadoras que incluían desde monárquicos a fascistas. En el verano de 1932 se produjo en Sevilla la ‘Sanjurjada’, un golpe militar fallido que ya indicaba la determinación de la derecha y del ejército de no dar la menor oportunidad a la República. Por si fuera poco, se produjo la desafección de sectores campesinos y obreros tras la veintena de muertos en Casas Viejas (y otros episodios sangrientos de represión en Castilblanco y Arnedo), la hostilidad de anarquistas y comunistas, y el alejamiento de los socialistas. La conjunción de todas las oposiciones, y la abstención de los anarquistas, dieron al traste con el gobierno Azaña y en las elecciones de noviembre de 1933 venció la derecha agrupada en la CEDA y el Partido Radical de Lerroux. Como dice Pierre Vilar: “Así murió la república reformista y jacobina, por haberse creído capaz de reformar España sin dar inmediata satisfacción a las masas agrarias, y de luchar abiertamente contra el sector obrero más fuerte”.

En el “bienio negro” (1934-36) se produjo el desmontaje de las reformas emprendidas y se agravaron tres problemas. El político, ya que la derecha no se había adherido a la República, por ello gobernó Lerroux aunque tuvo cincuenta diputados menos que la CEDA. La conflictividad social por la situación miserable de los campesinos y por la anulación de las ocupaciones de tierras, las expropiaciones a los grandes de España y las leyes de arrendamientos y salarios. Hubo huelgas, muertos, fracasos y amargura. El problema regional siguió latente y en Cataluña se intentó defender las reformas del bienio anterior; el País Vasco se empezó a agitar. Tras el gobierno Samper, volvió Lerroux y colocó en el gobierno a tres ministros de la CEDA. Azaña llamó a defender a la República por todos los medios. Pero solo en dos zonas del país se produjeron auténticas revoluciones, especialmente en Asturias al grito de “Antes Viena que Berlín”, indicando que preferían oponerse al fascismo luchando que tener una actitud más pasiva, como pasó en la Alemania nazi. La huelga general y la proclamación del Estat catalá dentro de la República federal” fue reprimido por el ejército. En Asturias duró quince días la sublevación minera y obrera unitaria y fue seguida de una terrible represión.

Pero la derecha no pudo consolidarse en el poder. Un escándalo de corrupción, el del estraperlo, salpicó al gobierno Lerroux. La represión y el estado de excepción posterior a octubre del 34 permitió despidos, reducción de salarios, recuperación de privilegios de la oligarquía, y ello hizo que las masas campesinas y obreras acabasen apoyando al Frente Popular. Sacar a los 30.000 obreros presos de las cárceles se convirtió en un objetivo. Azaña recuperó prestigio y negoció con otras fuerzas políticas y sindicatos un programa de 14 puntos. El 16 de febrero de 1936, también las predicciones electorales fracasaron estrepitosamente y el Frente Popular venció con una amplia mayoría y un programa más moderado que el de 1931.

Se reanudó el programa de reformas. Hubo disturbios esporádicos, quema de iglesias, matonismo fascista, choques entre juventudes de ideologías opuestas y mucho pretorianismo militar. Se reanudó espontáneamente la reforma agraria y en Badajoz y Toledo se repartió más tierra en tres meses que en decenios. Las formaciones fascistas adoptaron la estrategia de la tensión: el vicepresidente socialista del Congreso fue agredido y el juez que condenó a los agresores fue asesinado. Azaña sustituyó a Alcalá Zamora como presidente. El acoso armado de las derechas a la democracia republicana fue permanente. Eduardo González Calleja documenta varias conspiraciones en la primera mitad del 1936. En febrero, tras las elecciones, intentando que se declarara el estado de guerra, y otro en abril que acabó con la detención de Varela. Se diseñaron todo tipo de golpes: de mano, centrífugo, centrípeto. Participaban en ellas la UME, la Junta de Generales, la trama civil. Cuando los comunistas pidieron detener a los generales del complot, el gobierno no se atrevió y destinó a Franco a Canarias y a Godet a Baleares, donde siguieron conspirando. En el complot militar estuvieron implicados muchos generales, su jefe fue Sanjurjo, exiliado por el golpe de 1932, que estaba coordinado con Calvo Sotelo y con contactos en el extranjero (Alemania, Italia). La programaron para finales de julio, pero todo se precipitó tras el atentado a Calvo Sotelo por los compañeros del teniente Castillo, de la Guardia de Asalto, en venganza por su asesinato.

El 17 de julio de 1936 estalló el pronunciamiento militar del ejército africanista en Marruecos. El 18 la sublevación se extendió a todo el Estado: se pronunciaron todas las guarniciones, salieron a la calle y proclamaron el Estado de guerra. La sublevación fue técnicamente impecable y triunfó en medio país, pero fracasó políticamente en zonas claves de España. Dejó al gobierno casi sin jefes militares, pero no se dio por vencido y la población resistió y desarmó a los militares en espacios claves, como Madrid y Barcelona. La sublevación no pudo imponerse contra las masas. Los militantes de partidos, sindicatos y juventudes salieron a la calle, pidieron armas y fueron los cuadros de la milicia cuando el gobierno decidió apoyarse en ellos. Los soldados se pasaron al lado del pueblo en muchos lugares, especialmente la gran mayoría de la marinería permaneció fiel a la República. Catalanes y vascos se opusieron al golpe. Capas sociales medias apoyaron la legalidad contra la “España negra” antiliberal de generales y curas. Mola movilizó al viejo carlismo, la iglesia católica llamó a una “cruzada”, las juventudes de la derecha decepcionados con Gil Robles se pasaron directamente al fascismo. Un golpe militar que podía haberse decidido en pocos días pasó a convertirse en una revolución y una guerra civil que duró tres años y que, gracias al fascismo internacional, acabaría con la República y las esperanza de transformación democrática de España.

La República cometió errores e imprudencias, al tiempo que tuvo la valentía de afrontar profundas reformas para superar el atraso, la ignorancia y los privilegios. Pero no es cierto que el funcionamiento del sistema republicano condujera necesariamente a la guerra. Como tampoco lo es que hubiera un espontáneo y masivo “alzamiento” del pueblo español contra ella, como si del 2 de mayo de 1808 se tratara. El ejército y las derechas nunca dejaron de conspirar contra la República democrática y, especialmente, desde el triunfo del Frente Popular no hubo más objetivo que derribarla por la fuerza.

Si hay que maldecir todas las guerras, más aún una civil como la nuestra que no fue una “lucha contra los rojos”, sino el “parteaguas de nuestra Historia contemporánea” como dice Ángel Viñas. El golpe buscaba defender los intereses de la oligarquía española y de la iglesia católica, frenando la modernización del país. Y vaya si lo logró. Por eso es falaz e interesada la asociación que hace el revisionismo neofranquista y bastantes manuales escolares estableciendo como períodos de unidad histórica República-Guerra civil (lo que empieza bien acaba mal) y de Franquismo-Democracia (lo que empieza mal acaba bien), cuando realmente el binomio de unidad histórica correcto es Guerra civil-Franquismo (lo que empieza mal sigue mal).

Las consecuencias de la guerra fueron terribles en el plano demográfico, político, económico y moral. Tras la guerra no vino la paz sino la victoria, la gran catástrofe del franquismo. Fue la quiebra de la esperanza. Una terrible represión, un retroceso en las condiciones de vida y de trabajo de la población y un alineamiento del país con las potencias fascistas. La guerra y el franquismo evitaron todo cambio profundo y las castas dirigentes mantuvieron su poder intacto. Por desgracia, no hemos sido capaces todos de analizar objetiva y desapasionadamente nuestra historia. Así se demuestra en situaciones como la producida hace unos días en Madrid, cuando el PP se negó a condenar el golpe de Estado del 18 de julio. Hay quienes todavía tienen que aprender a ser simplemente un partido de derechas en un país democrático. Pasar la página exige condenar la sublevación militar contra la legalidad republicana, tomar conciencia de que todas las guerras son deplorables, y respetar la memoria histórica de las víctimas y su derecho a la Verdad, la Justicia y la Reparación.

En la imagen superior, los dos presidentes de la II República, Niceto Alcalá-Zamora (1931-1936) y Manuel Azaña (1936-1939), posan juntos en una imagen sin fecha. / Biblioteque Nationale de France (Wikipedia)


Fuente: Cuarto Poder
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