Recordando a Don Manuel Azaña en el ochenta aniversario de la guerra civil española

Don Manuel Azaña
‎Luis Arias Argüelles-Meres

En el ochenta aniversario del inicio de la guerra civil española, conviene detenerse en estas palabras de Don Manuel Azaña:

“Un Parlamento de derechas deshizo cuanto pudo de la obra de la República. Derogó la Reforma Agraria, amnistió y repuso en sus mandos a los militares sublevados el 10 de agosto de 1932, restableció en los campos los jornales de hambre, persiguió a todo lo que significaba republicanismo. Réplica: insurrección proletaria en Asturias, e insurrección del Gobierno catalán. El Gobierno no se contentó con sofocar las insurrecciones. Realizada una represión atroz, suprimió la Autonomía de Cataluña y metió en la cárcel a treinta mil personas. Era el prólogo de la Guerra Civil. Los dislates cometidos desde 1934 daban ahora sus frutos. Extremas derechas y extremas izquierdas se hacían ya la Guerra. Cayeron asesinadas algunas personas conocidas por su republicanismo y otras de los partidos de derechas. Lo que esperaban golpe rápido, que en cuarenta y ocho horas les diese el dominio del país, se convirtió en guerra civil, en la que inmediatamente se insertó la intervención extranjera". Manuel Azaña

Por una vez, sacudamos de nuestras mentes, la mugre de los tópicos. Por una vez, afrontemos con la mirada limpia, sin anteojeras ni apriorismos facilones, ese acontecimiento histórico que tanto se manipuló, que tanto se ocultó, que tanto asustó y que, a día de hoy, ochenta años después de haber horrorizado y, al mismo tiempo, asombrado al mundo, sigue siendo algo por donde se transita como sobre ascuas.

La mugre de los tópicos, digo: pueblo cainita, tan dado a matarse entre hermanos, cuando, en realidad, lo que ocurrió fue muy distinta cosa: el país que había dado la espalda a la ciencia y al pensamiento durante siglos, el país que, según Ortega, había incurrido desde su decadencia en lo que el filósofo llamó “la tibetanización de España”, se convirtió, de repente, en un escenario de anticipación de lo que terminaría por ocurrir en Europa y en el mundo pocos años después.

Tremenda paradoja: España se adelantaba, dramática y trágicamente a su tiempo tras haber sido el furgón de cola del mundo occidental durante siglos.

Segunda cuestión a tener en cuenta: aquellos militares, principalmente africanistas, que quisieron dar un golpe más al decimonónico modo, se encontraron con que una gran parte de la sociedad española no aceptaba quedarse bajo su yugo, y se encontraron, además, con que en aquel momento el mundo entero miraba a España como el teatro de operaciones donde se libraba la primera batalla contra el fascismo internacional.

Tremenda paradoja: los militares sublevados, desde sus mentes decimonónicas, no podían percatarse de que se estaba librando una guerra muy siglo XX.

Así las cosas, el rechazo a aquel golpe generó una guerra muy siglo XX.

Sigamos con los tópicos, el principal de ellos muy polémico a día de hoy, acerca de si fue evitable o no la guerra civil. Hubo, en los últimos años determinados personajes que se empecinaron en rescribir la historia, aduciendo, entre otros argumentos peregrinos, que la guerra civil empezó en el 34, con la insurrección asturiana y con la rebelión del Gobierno catalán. Se olvidan de “la sanjurjada” del 32. Se olvidan de que la República fue víctima de conspiraciones desde su misma proclamación. Y describen como un golpe contra la República determinadas rebeliones que se oponían a que se eliminasen las reformas de los dos años anteriores. Y se olvidan también del contexto europeo de aquellos años. Incurren, además, en otra contradicción de bulto: cierto es que tras los sucesos del 34, la violencia de desató en el país, pero a aquel ambiente contribuyó no poco la represión con que los gobiernos de entonces despacharon los susodichos acontecimientos. ¿Hace falta recordar, por ejemplo, que detuvieron a Azaña en Barcelona?

Pero, antes que nada, lo que toca afrontar es si aquella guerra, que trajo como consecuencia, entre otras cosas, una de las dictaduras más cruentas y duraderas del siglo XX en Europa, fue o no evitable.

Las cosas estaban, sí, difíciles. Azaña había anotado en sus “Diarios” tras la victoria del Frente Popular en el 36, que, una vez más, “tocaba segar el trigo en verde”.

Pero, en todo caso, conviene dejar claro que, con el fatalismo, no se hace historia, académicamente hablando, sino que, antes al contrario, se deja a un lado la razón, se insulta a la inteligencia y se eleva la falacia a la categoría de topicazo.

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura.

Fuente: El Comercio

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