13 Rosas vivas en la memoria

13 Rosas vivas en la memoria
Héctor Braojos Muñoz @hectorbraojos

En la terrible mañana del 5 agosto de 1939, volvió a emerger la cara más oscura y criminal del fascismo en España. Apenas unos tímidos rayos de sol alumbrarían el horror de la represión que sufrieron las conocidas “menores” (la mayoría de edad estaba fijada en los veintiún años) o “Trece Rosas” en la cárcel de mujeres de Ventas (Madrid).


Aquellos días en la prisión, después de la angustia, la soledad y la impotencia, el dolor se adueñaría de nuevo de los corazones del bando de los perdedores de la historia. Ser menor de edad no era ninguna excusa para escapar de la “justicia” del Generalísimo. Las listas con los nombres para ser juzgadas se gritaban en voz alta, retumbaban en las galerías y a menudo venían acompañadas de largos tiempos de silencio y llantos.

Habrían dado la vida por la libertad y la democracia 13 mujeres, horas después de que 43 hombres sufrieran el mismo triste destino, los llamados 43 Claveles. Murieron solos, de madrugada en la noche cerrada como solas morirían ellas, despuntando al tiempo los primeros colores del alba.

Concha Carretero, compañera de celda de las asesinadas a sangre fría declaró que “Muchas de las Trece Rosas iban con la esperanza de morir junto a sus novios, las pobres”. Aquel verano de 1939, derrotada la Segunda República Española por las armas, había un serio temor de las autoridades golpistas por la estabilidad de la larga dictadura que se avecinaba ante la organización clandestina de simpatizantes y militantes de estructuras políticas revolucionarias.

Las Trece Rosas fueron acusadas precisamente de colaborar en estos campos por “delitos contra la patria” con las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) y el PCE (Partido Comunista de España).

La mañana del 2 de agosto, la celadora las “llamó a jueces”, expresión debida por la presencia del juez instructor en la cárcel.

El magistrado de 30 años, Eduardo Pérez Griffo fue la dovela central que sujetaba todos los arcos de aquella catedral del desamparo que fue el juicio sin garantías ni defensa digna. El colaboracionista de la “justicia” las comunicó que estaban todas acusadas del delito de “rebelión militar”, para lo que el fiscal pedía la pena de muerte.

Junto a otros 43 muchachos, las inicialmente 15 acusadas, fueron señaladas de formar parte de las JSU, a las que el juez relacionaba con órdenes del extranjero contra el “Nuevo Orden Estatal”, la masonería y una red clandestina de apoyo a los presos con una especie de “socorro rojo”, luchando de este modo, como de hecho realmente se intentó, contra el fascismo de forma clandestina.

Los textos, pomposos y grandilocuentes, de un estilo patriótico decimonónico, evidenciaban la justificación de la pena capital para esos casos o cualquier otro por la ambigüedad y la falta de investigación seria, detallada y separada en cada individuo.

"El día de los juicios, entre las compañeras, se prestaban nerviosas los vestidos y se engalanaban de la mejor forma posible para dar buena impresión. El amor y la solidaridad entre las reas no podían ser vigilados a todas horas por los verdugos, de tal modo que cuando llegaba la cita judicial, entre abrazos y deseos de buena suerte, volaban aquí y allá los zapatos y las ropas más decentes que se podían encontrar en tal situación de reclusión".

La celebración del juicio también servía como ocasión para los familiares de aprovechar la red de presos que facilitaban la comunicación con notas secretas entregadas de forma discreta, una peligrosa oportunidad pendiente siempre de los ojos fisgones de los guardias. La juventud de las JSU sería juzgada por el Consejo de Guerra Permanente número 9.

A las 9 y media de la mañana del 3 de agosto, las “menores”, fueron llevadas en camión hasta el Palacio de Justicia, en la plaza Iglesia de Jesús. Allí estuvieron encerradas en los calabozos del sótano de las Salesas, hombres y mujeres separados, hasta ser llamados todos.

En las primeras filas se sentaban los acusados de esos juicios sumarios, a veces ocupaban varias bancadas debido al alto número de personas, vigilados en los bancos posteriores por agentes de la Benemérita, con el fusil descansando en las rodillas.

Los 58 acusados en total de aquel día, conocían a su abogado, pero jamás cruzaron una palabra con él; evidentemente el juicio fue una farsa demostrada, ningún tipo de garantía democrática y de justicia amparaba aquel teatro.

"El papel del abogado era pedir un grado menor ante cualquier acusación del fiscal de forma rutinaria, si él pedía la pena de muerte, el abogado pediría 30 años de reclusión y así paulatinamente; la defensa, cómplice de la dictadura, se basó en apenas un vistazo rápido sobre el informe, que juntaba todo tipo de delitos, incluso hubo acusados que habían sido encarcelados por motivos diferentes a los de aquella macabra ceremonia, demostrándose las contradicciones y los fallos judiciales".

Sobre esto fue lo único que se manifestó el “abogado”, tratando de que se diferenciaran entre los que cometieron “delito” y los que fueron solo cómplices.

El presidente, teniente coronel Isidro Cerdeño Gurich, declaró constituido el consejo en sesión secreta para deliberar sobre todas estas cuestiones, anunciándose el fallo el mismo día. La sentencia fue redactada de la manera habitual en estas sesiones, llenas de lemas de la reacción del Movimiento Nacional, huyendo cualquier construcción racional de delito real.

Solo Julia Vellisca eludió la muerte al apreciar el tribunal que no hubo adhesión a la rebelión sino auxilio a la misma, burlando las balas para sustituirlas por doce años y un día de prisión.

Los asesinatos masivos se llevarían a cabo el 5 de agosto, cuando todavía la noche cubría el cielo del Madrid tomado preso por las tropas de Franco apenas 4 meses atrás.

María Pilar Parra contaba a Carlos Fonseca (autor de Trece Rosas Rojas): “Yo estaba asomada a la ventana de la celda y las vi salir. Pasaban repartidores de leche con sus carros y la Guardia Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos y tres guardias escoltaban a cada pareja. Desde donde yo estaba no se las podía ver con claridad, pero parecían tranquilas.”

La madre de Virtudes González era el único miembro de las familias que se encontraba a la puerta de la prisión, viendo como montaron a su hija en el camión con las demás, la última vez que la vería con vida. Con el corazón desgarrado los gritó “¡Canallas! ¡Asesinos! ¡Dejad a mi hija!”, corriendo detrás del camión donde estaban retenidas hasta derrumbarse y ser acallada por las funcionarias de prisión.

El camino corto que separaba el penal del cementerio del Este se recorrió de forma rápida. Llegaron a la tapia donde la tierra era más oscura por la sangre vertida allí mismo en jornadas anteriores, que no podía ser limpiada del todo por las fuerzas militares. Allí no estaban los hombres, ni Virtudes ni Blanca tuvieron ocasión de despedirse de sus parejas con un tierno beso y un abrazo final (Carlos Fonseca, Trece Rosas Rojas, Barcelona: RBA), hasta tal punto llegó la crueldad de los verdugos, ni un dulce adiós para las Rosas por parte de sus amores, amistades y familiares.

Colocadas en línea, hombro con hombro, mientras se hacía de día, con un atronador ruido de los fusiles disparando, acabaron con sus jóvenes vidas. Pasando una por una por un posterior tiro de gracia en la cabeza.

La funcionaria María Teresa Igual se presentó en la sala de las presas y las comunicó que habían muerto serenas, y que Anita, no murió en la primera descarga y les gritó “¿Es que a mí no me matan?”. Con esto se cerró un breve capítulo de la represión franquista en España, uno de tantos, ya que los asesinatos continuaron hasta 1975. Concretamente el cementerio del Este seguiría sirviendo para este cruel propósito de liquidación de opositores hasta 1944.

Las familias se enteraron el 5 de agosto del asesinato masivo cuando algunas (a pesar de los folios enviados al tribunal que suplicaban el indulto) estaban de camino a Burgos para pedir el perdón y la clemencia del Caudillo.

El proceso ni siquiera cumplió con el habitual protocolo que dejaba en suspensión las sentencias de muerte hasta que se recibía el “enterado” de Franco, que se cumpliría el 13 de agosto de 1939, 8 días después de las ejecuciones que sirvieron como castigo ejemplar, para mantener el miedo a cualquier atisbo de rebelión y como venganza sobre los vencidos en la guerra civil.

Una de las Rosas, Julia Conesa pidió en la última carta que envió a su familia “Que mi nombre no se borre en la historia”, pero ni el suyo ni el de las demás víctimas del franquismo se perderá jamás en el olvido mientras siga viva la llama de la memoria. El sanguinario e inhumano fusilamiento sería el paradigma del terror del fascismo en España bajo una cruel dictadura con delirios paternalistas de una justicia ausente.

Que no se borren jamás sus nombres de la historia. Carmen Barrero Aguado (20 años), Martina Barroso García (24 años), Blanca Brisac Vázquez (29 años), Pilar Bueno Ibáñez (27 años), Julia Conesa Conesa (19 años), Adelina García Casillas (19 años), Elena Gil Olaya (20 años), Virtudes González García (18 años), Ana López Gallego (21 años), Joaquina López Laffite (23 años), Dionisia Manzanero Salas (20 años), Victoria Muñoz García (18 años) y Luisa Rodríguez de la Fuente (18 años).

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