Azaña y las gentes de su tiempo

Azaña y Valle Inclán
Escrito por Vicente Alberto Serrano

El libro Gentes de mi tiempo, (editorial Reino de Cordelia) , es una selección de textos de Manuel Azaña, en edición y prólogo a cargo de José Esteban quien, se embarcó en un ambicioso proyecto. Al inicio de sus notas preliminares se lamenta como aquel ‘desconocido’ al que pretendió retratar Cipriano Rivas Cherif, permanece aún entre las brumas de un generalizado desconocimiento; cuando no cubierto todavía por el polvo de los tópicos que generaron todas las calumnias con las que fue combatido en su tiempo. Nos recuerda que las Obras Completas tuvieron que publicarse, por primera vez, fuera de España. El autor de esta edición conoce bien las dificultades que hubo de atravesar Juan Marichal para poder reunir –en cuatro tomos de la editorial Oasis de México– la mayor parte de la obra azañista recuperada hasta aquellos momentos (1966-1968). Hace pocos años Santos Juliá se empeñó en completar la labor con el material inédito aparecido desde entonces en los lugares más insólitos. El resultado quedó plasmado en siete impecables volúmenes editados por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

Siguiendo el ejemplo de Aurora de Albornoz

Sin embargo la contundencia y el peso de estas dos ediciones citadas, paradójicamente alejan al lector medio. Temeroso, cree sentirse incapaz de saber escarbar ante la magnitud de la obra azañista de la que, hasta el momento, apenas si conoce dos títulos esenciales: El jardín de los frailes y La velada en Benicarló, últimamente publicadas con asiduidad en ediciones mucho más asequibles. Ante tal desconocimiento, José Esteban ha querido seguir el ejemplo de Aurora de Albornoz que en el inicio de los años setenta acometió la labor de darnos a conocer buena parte de la desconocida y menospreciada obra en prosa del gran poeta Antonio Machado, hasta entonces censurada en nuestro país. A través de cuatro volúmenes editados por Cuadernos para el Diálogo en su colección de bolsillo, nos mostró la enormidad de un hombre en el buen sentido de la palabra bueno y comprometido con sus circunstancias; al tiempo que nos descubría a través de sentencias, donaires, apuntes y recuerdos, la figura de un profesor apócrifo: Juan de Mairena. También en cuatro volúmenes se pretende ahora articular esta antología azañista, cuyo primer tomo acaba de aparecer con el sugerente título de Gentes de mi tiempo; el segundo será, Entre escritores y artistas; el tercero Tierras de España y el cuarto, A la altura de las circunstancias. Un ambicioso corpus con el cual intuimos que ese lector medio podrá acometer por fin el total conocimiento de la enriquecedora obra literaria de don Manuel Azaña, con sus luces y sus sombras, pero afortunadamente alejado de aquella otra negativa sombra que quiso proyectar –a modo de exorcismo– el régimen victorioso, que no satisfecho con arrebatarle su nombre a un pueblo de la Sagra toledana y maldecir hasta la extenuación al último Presidente de una República democráticamente constituida, encargó a Joaquín Arrarás –en 1939– que anotase con el mayor ensañamiento posible parte de los diarios robados. Aparecieron con el título de Memorias íntimas de Azaña y durante mucho tiempo se convirtieron en dogma de fe para poder denigrar su figura con la saña que caracteriza a todo aquel que como muy bien definía Machado: “Desprecia cuanto ignora”.

Decía lo que quería decir exactamente

Tal vez nos sorprenderá y a veces nos perturbe esta primera entrega de la antología preparada por José Esteban. En ella nos encontraremos con un Azaña que en palabras de Francisco Ayala: “...decía lo que quería decir exactamente”. Arranca con fragmentos de El problema español, la conferencia pronunciada en Alcalá en 1911; iniciáticas frases que lamentablemente siguen vigentes cien años después: “Nos horroriza el pasado, nos avergüenza el presente; no queremos ni podemos perder la esperanza en el porvenir...”. Más adelante lleva a cabo un exhaustivo y a veces cáustico repaso a las gentes de su tiempo: Azorín, Galdós, Pérez de Ayala, Maeztu, Unamuno, Valle, Ortega... son cribados a través de su rígido y exigente cedazo de valores. De Ortega llega a afirmar que: “Su originalidad consiste en haber tomado la metafísica por trampolín de su arribismo y de sus ambiciones de señorito”. La figura de Valle-Inclán parece sobrepasarle, tal vez por eso trata de combatir los celos que le produce en definiciones como: “...es muy pueril y muy fantástico, tiene en política, en literatura y en otra porción de asuntos opiniones que no casan con las mías [...] De Valle-Inclán, como no lo fundan de nuevo, nunca podrá hacerse un hombre respetable”. Su ego de autor dramático fracasado le traiciona, como queda reflejado –a su pesar– en los comentarios al estreno de La Corona en Barcelona donde culpa a los actores de no hablar un buen castellano y que la obra hubiese sido un rotundo éxito con actores franceses que dan su valor a cada vocablo. Del estreno en Madrid ataca a la primera actriz: “La Xirgu no tiene bastante resuello para su papel, y lo rebaja de tono, tirando a lo lacrimoso”. La misoginia de toda su generación también queda patente en sus personales análisis sobre Clara Campoamor, Margarita Nelken o Victoria Kent de la que se ufana, en una de las entradas de su Diario, de haber conseguido destituirla, por fin, como directora general de Prisiones. Estas podrían ser algunas de las sombras en los fragmentos recogidos en el primer volumen de una prometedora antología. Contrapuestas a ellas, por supuesto que nos encontramos con las luces de su magnífico estilo literario y de la sinceridad, generosidad y admiración con la que trata a otros personajes como Giner, Fernando de los Ríos, los frailes de El Escorial... o instituciones como el Ateneo, el Museo de Prado... Aparte de las lúcidas páginas de reflexión y análisis entresacadas de sus Diarios.

Los huesos de Cervantes

Reseñar finalmente que en este volumen se contiene un artículo de plena actualidad. A pesar de estar escrito en marzo de 1922, recogido de la revista La Pluma. Azaña criticaba allí la infausta remoción de los huesos del poeta M. J. Quintana. Destacamos uno de sus párrafos más significativos: “Avisamos a toda persona notoria que procure morirse a hurtadillas y enterrarse con nombre supuesto si quiere reposar en paz; de otro modo, irán a cribarle las cenizas cuando menos se lo espere. Nadie está libre. Quien hasta ahora no se ha dejado desenterrar, como Cervantes, incurre en falta. ¡Ah, si el esqueleto del Manco apareciese! ¡Qué embriaguez! ¡Cuántas procesiones y carrozas, qué profusión de reliquias, cómo nos revolcaríamos en la fosa abierta, poseídos de furia patriótica sepulcral!”.

Recuperemos su figura y su obra, pero no su polvo

Lamentablemente hoy están removiendo los supuestos huesos de Cervantes y parte del personal ya se creen poseídos de esa furia patriótica sepulcral, aunque en su vida hayan pasado del primer capítulo de El Quijote. De nuevo han regresado a las páginas de los periódicos la pasión necrófila y algunos lectores reclaman por enésima vez el regreso de los restos de Azaña y Machado. Hace veinticinco años, en un Congreso Internacional celebrado en Montauban, Manuel Martínez Azaña cerraba las Jornadas recordando en su intervención las palabras de su tío abuelo don Manuel: “Mi cuerpo pertenecerá a la tierra donde cayera muerto”. Unos meses más tarde, con motivo de la publicación de aquellas ponencias, Francisco Tomás y Valiente publicaría un extenso artículo en la revista Sistema y en el que, al analizar la intervención de Martínez Azaña, escribía: “Si allí murió [Azaña], allí deben permanecer sus restos y su tumba, no sólo –que ya sería bastante– porque él así lo quiso al decir que su cuerpo perteneciera a la tierra donde cayera muerto, sino también porque para la memoria colectiva de nosotros los españoles es bueno que se sepa siempre dónde y por qué están enterrados Azaña y Machado o los miles de prisioneros políticos anónimos que fueron a dar con sus huesos en Mauthausen. Recuperemos su figura y su obra, pero no su polvo”.

Publicado en Diario de Alcalá el 6 de abril de 2015
Azaña y las gentes de su tiempo
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