El misterioso concierto de Julio Iglesias en una cárcel de Pinochet

El misterioso concierto de Julio Iglesias en una cárcel de Pinochet
En febrero de 1975, Julio Iglesias actuó (¿o no?) en la cárcel de Valparaíso (Chile). Las incógnitas sobre lo que sucedió siguen sin despejarse. Los presos políticos aseguran que el cantante les insultó. Iglesias a veces lo recuerda, otras no.

Katia Chornik, directora del archivo Cantos Cautivos | Diagonal 

“Ésta, aquella, yo, ésta, yo… si tuviera 30 años, si tuviera 30 años, ay, ay, ay, no puedo ni cantar”, se lamentó Julio Iglesias en un concierto reciente, tras sucumbir al hechizo de las curvilíneas caderas de una de sus bailarinas. Se persignó y reiteró gritando: “¡No puedo ni cantar!”.

Debido a razones muy distintas, Julio Iglesias tampoco fue capaz de cantar en un peculiar evento ocurrido en la cárcel de la ciudad chilena de Valparaíso, que salió a la luz a raíz de mi investigación sobre música en recintos de detención política y tortura durante la dictadura de Augusto Pinochet, de cuyo inicio se conmemoran 43 años este 11 de septiembre.

El suceso tuvo lugar en febrero de 1975, cuando Iglesias se encontraba en la aledaña ciudad de Viña del Mar con motivo del Festival Internacional de la Canción. El evento tuvo un desafortunado desenlace debido a las palabras que el artista pronunció ante su público, que estaba compuesto en su mayor parte por reos.

Según Álvaro Vidal y Mauricio Redolés, dos ex-presos, el artista señaló: “Aparentemente soy un hombre libre pero en realidad soy un prisionero de mis compromisos, de cantar aquí y allá, de los hoteles, los aviones. Las fans no me dejan en paz. Os entiendo muy bien”.

Vidal y Redolés estaban internados por motivos políticos. Junto a otros cientos de presos políticos se hallaban en la tercera galería de la cárcel, donde eransometidos a torturas sistemáticas por parte de los agentes del Estado. La cárcel también albergaba a reos acusados de crímenes financieros y de delitos comunes.

Los presos políticos se sintieron especialmente ofendidos por las palabras de Iglesias. “Él se estaba riendo de nosotros. Comenzamos a gritarle epítetos espontáneos al unísono: ‘¡Buena, concha de tu madre! ¡hijo de puta!’, y de ahí para adelante. Iglesias tenía cara de sorpresa, miraba para todos lados, estaba desconcertado”, recuerda Vidal.

Redolés añade: “Iglesias preguntó: ‘Y vosotros allá arriba, ¿por qué estáis tan enojados?’. Alguien le explicó que había presos políticos. El mánager anunció que Iglesias se iría. Y se marchó sin haber cantado ni una sola canción”. Para Vidal, el episodio fue “el acontecimiento más absurdo que he visto en mi vida. Iglesias fue muy caradura, se fue sin decir nada”.

En 2014, al enterarme de que Iglesias daría dos conciertos en Londres (donde resido), me propuse escribir un artículo periodístico con los detalles del episodio en Valparaíso, el cual, hasta ese entonces, era prácticamente desconocido fuera del círculo de los testigos.

Acto seguido, intenté conseguir una entrevista con Iglesias para contraponer su visión a la de los ex-presos. Mi petición nunca fue concedida, a pesar de varias tentativas. Sin embargo, su representante me envió un correo explicando que había conversado con el artista, y que éste “verdaderamente no recuerda aquel episodio”.

Desde que el artículo fue publicado en Reino Unido por The Guardian y por El Mostrador en Chile, se han destapado nuevas aristas de la historia. A continuación, las más reveladoras.

Iglesias tenía una guitarra

Gracias a un lector de El Mostrador logré localizar a Mario Herrera, el presentador del evento en la prisión. “La historia no es simple”, anunció al comienzo de la entrevista.

Herrera era un conocido locutor de radio en Valparaíso y tenía contacto con los presos comunes a través de un amigo que trabajaba en la televisión: “Con él, muchas veces yo animaba eventos artísticos en la cárcel. Llevaban mujeres de cabaret y magos”.

Herrera se define como “amigo de los presos, de los que estaban condenados por delitos comunes y estafas. Ellos eran los presos buenos, los presos en que uno puede confiar. La galería de arriba estaba llena de niñitos malos, eran los peligrositos”.

A petición de los presos comunes, Herrera se hizo cargo de la conducción del evento de Iglesias. “Me vestí muy elegante, pero no era para tanto”. Según él, el motivo central del evento era la entrega de una guitarra construida especialmente para Iglesias por los presos comunes.

Iglesias llegó solo. “Tenía unos ojos… Venía muy trasnochado de un carrete (parranda). Me dice ‘no me hagáis cantar’. Y claro, no lo hice cantar”.

Tras presentar a Iglesias, recuerda Herrera, “un interno subió al escenario y le entregó la guitarra. Dijo que en la cárcel escuchaban mucho sus canciones, y que por eso le habían dedicado una guitarra. La habían hecho perfecta. Iglesias expresó: ‘Les agradezco mucho la guitarra pero ahora no puedo cantar porque estoy enfermo’. Iglesias estaba enfermo por esa farrita que se había pegado. Yo creo que todavía debe tener la guitarra colgada en su closet”.

Cuando menciono los abucheos que recibió el artista, Herrera salta a la defensiva: “No, no. Es la primera vez que escucho que le gritaran consignas de tipo político”. Le replico que no eran consignas políticas sino insultos. Herrera insiste: “A mí no me consta que le gritaran consignas. Yo no escuché nada. Si hubiera escuchado consignas, habría subido a saludar a los presos”.

Herrera resalta el lado caritativo de Iglesias, al no haber cobrado por asistir al evento. “Dijo palabras de buena crianza: ‘Me alegro de estar aquí porque sé que ustedes escuchan mis canciones, y las canciones tienen vida. Me siento prisionero por la situación que vivo, prisionero de mi público, prisionero por estar cumpliendo compromisos. Tengan la esperanza de la libertad’. Iglesias dijo esas cosas que dicen los artistas. No lo pifiaron, no: lo aplaudieron”.

Le pregunto si no le pareció extraño que Julio Iglesias fuese a la cárcel de Valparaíso. “No, de ninguna manera”.

En 2015 el periodista José Vásquez, del diario chileno El Mercurio, entrevistó a Iglesias con motivo del lanzamiento de su disco México. Entre varios temas, el periodista abordó su lapsus en la cárcel de Valparaíso. Iglesias respondió: “Me acuerdo perfectamente bien […], no sé quién me invitó y me llevó. Canté, me gritaron, seguramente me dirían ‘cabrón, maricón’, y me fui. […] No me acuerdo de las tonterías que dije, eso significa que eran muy banales, porque hay unos momentos en mi vida donde me he subido a una nube y hasta que no ha venido la lluvia fuerte no me he bajado de ella. Y cuando la lluvia ha venido, seguramente era tarde, y habré dicho alguna tontería y los que estaban allí razonarían con propiedad. Esa gente probablemente ya me habrá perdonado y yo, por supuesto, estoy arrepentido”.

Aparte del claro contraste entre el “verdaderamente no recuerdo aquel episodio” que Iglesias me transmitió en 2014, y el “me acuerdo perfectamente” que contestó al periodista de El Mercurio en 2015, salta a la vista que el artista se acuerda de haber cantado.

Este detalle no concuerda con las memorias de los ex-presos y el presentador. También existen algunas diferencias en cuanto a los recuerdos acerca de la reacción de los presos frente a las palabras de Iglesias.

Por mi parte, me siguen intrigando los motivos por los cuales Julio Iglesias se habría presentado ante un público y ambiente tan distintos a los que comúnmente frecuenta, y los motivos por los que se habría retirado de la prisión tan abruptamente. Sólo el artista podría esclarecerlos.

Silencio en el penal

En una contribución reciente al proyecto Cantos Cautivos, Luis Madariaga (ex-preso en la cárcel de Valparaíso y otros recintos) recuerda cómo recibieron los presos políticos a Julio Iglesias. “Dijo una imbecilidad: ‘Yo también soy un preso, vivo arriba de un avión’. La reac­ción de los presos políticos en la tercera galería del infernal penal fue de silencio. Se pidió que nadie aplaudiera lo poco y nada que Iglesias expresó. Por ello, posteriormente preguntó al que lo había traído quiénes eran ésos que estaban en la tercera galería de la cárcel, que no aplaudían y se mantenían callados. Fue una manera de expresar nuestro desagrado por un hombre venido a gracia con la dictadura criminal chilena”.

Katia Chornik, directora del archivo Cantos Cautivos

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