El último Azaña, entre papeles y el acoso nazi

Manuel Azaña
Pedro Pérez Hinojos

Enfermo, desencantado y perseguido, Manuel Azaña Díaz, último presidente de la Segunda República, fallecía el 3 de noviembre de 1940 rodeado de familiares, colaboradores y unos pocos incondicionales, “para que den fe de que yo no fui un bandido”. Hacia año y medio que el escritor y estadista alcalaíno había abandonado España, arrastrando el rechazo de lo que quedaba de Gobierno de la moribunda República, que lo consideraban un traidor. Pero sobre todo, pesaba sobre él el odio furibundo del bando franquista, que le acusaba de toda clase de atrocidades, y que trató por todos los medios de apresarle para someterle a juicio sumarísmo.

Habría corrido la misma suerte que Lluis Compnays, el presidente de la Generalitat de Cataluña, que tras ser detenido fue enviado a Barcelona y fusilado. Pero Azaña pudo escapar, aunque no así sus escritos, su archivo personal, que fue incautado. Y cuando nadie esperaba la aparición de esa formidable memoria de papel, se encontró en el lugar más inesperado. Habían transcurrido, eso sí, más de cuarenta años.

En el mes de marzo de 1984 se descubrieron en unas cuantas cajas apiladas en un armario de la Dirección General de Seguridad de Madrid varios kilos de papeles manuscritos que resultaron ser del puño y la letra del mismísimo Azaña. Discursos y conferencias, artículos para prensa por publicar, pequeñas piezas de teatro, novelas por terminar, ensayos breves, cartas y apuntes varios formaban ese enorme corpus de cuya existencia no se tuvo constancia hasta que a alguien le dio por revolver en aquellas viejas cajas.

La mayoría de ellos, revisados y ordenados, vieron la luz por primera vez en las Obras Completas tuteladas por el historiador Santos Juliá y editadas por el Centro de Estudios Constitucionales en 2007, consumándose así casi un milagro. En primer lugar, porque, a juicio del profesor Juliá, todos esos papeles estaban condenados al fuego por su propio creador, pero éste "no se atrevió" nunca a destruirlos. Y en segundo lugar, porque, antes de acabar arrumbados en aquel armario, aquellas cajas realizaron un recorrido de lo más azaroso, que incluyó el paso por las manos de la Gestapo, la temible policía secreta de la Alemania nazi.

El último intento

Seguramente aquellos papeles cruzaron la frontera con Francia, junto a su dueño, el 5 de febrero de 1939. Ese día el presidente Azaña atraviesa a pie el puesto fronterizo y se dirige hacia el pueblo de Collonges-sous-Salèves, en la Alta Saboya, donde su cuñado, Cipriano Rivas Cherif había alquilado una casa. Desde allí marchará a la embajada de España en París para hacer gestiones a la desesperada en favor de la mediación británica en la Guerra Civil española.

Viaja también hasta la ciudad suiza de Ginebra pero todas las esperanzas de una última solución diplomática al conflicto fratricida se derrumban cuando el 26 de febrero Francia y Gran Bretaña reconocen al gobierno de los militares con sede en Burgos: Azaña envía de inmediato su dimisióncomo presidente de la República al presidente de las Cortes republicanas. Comenzó entonces el auténtico calvario para el de la calle de la Imagen y su familia.

El 1 de octubre la Alemania de Hitler invade Polonia, dando así comienzo a la Segunda Guerra Mundial. En el transcurso de ese mes de octubre, Azaña y sus allegados se trasladan a la localidad dePyla-sur-Mer, en la costa atlántica próxima a Burdeos. Es en esa casa donde Azaña cae enfermo y asiste a la invasión nazi de Francia; y también donde reúne toda la documentación personal que había traído consigo desde España.

El 14 de junio de 1940 cae París en manos de las tropas del Reich y dos días después el mariscal Petain pide el armisticio. Apenas una semana después, Azaña y su esposa, Dolores Rivas, huyen de Pyla-sur-Mer en una ambulancia y se establecen en el pueblo de Montauban.

A primera hora de la mañana del 10 de julio, agentes de la Gestapo, a la que se había solicitado ayuda para el apresamiento, acompañados por un policía español y un falangista, se personan en la casa de Pyla-sur-Mer con la intención de devolver a Azaña y a todos sus colaboradores a España. Al no encontrarlo, los alemanes se incautan de sus papeles y detienen al cuñado Cipriano Rivas.

La entrega de los papeles

Azaña, entretanto, vive atenazado por la enfermedad sus últimos días en Montauban, falleciendo en elHôtel du Midi al filo de la medianoche del 3 de noviembre, diez después de la histórica entrevista entre Adolf Hitler y Francisco Franco en Hendaya. Para entonces, la Gestapo ya había entregado a los jerarcas del nuevo régimen en España a Cipriano Rivas, además de la pila de papeles incautados.

El cuñado de Azaña fue encarcelado e incluso condenado a muerte, y las cajas con papeles sencillamente desaparecieron.... hasta que cuatro décadas y media después fueron desempolvadas en la Dirección General de Seguridad.

Una vez verificada la autenticidad de los manuscritos como obra de Azaña, el Gobierno socialista de Felipe González decidió entregárselas a su viuda, afincada en México. Pero antes de producirse la devolución, técnicos del Ministerio de Cultura realizaron copias microfilmadas de la totalidad de los documentos. A esos microfilms tuvo acceso Santos Juliá, que, tras la ardua tarea de "traducir" la"difícil escritura manuscrita de Azaña", seleccionó y editó los mejores textos, todos inéditos y desconocidos hasta entonces, caso de la novela La voluntad de Jerónimo Garcés.

Son estos escritos ignorados los que marcaron la diferencia de estas Obras completas con respecto a las que publicó el filósofo e historiador Juan Marichal entre 1966 y 1968 con la editorial mexicana Oasis. Sus cuatro tomos estaban compuestos en exclusiva por el material en poder de la viuda. Los siete tomos de Juliá, a razón de mil páginas cada uno, se han enriquecido, en definitiva, con el 'archivo Azaña' de la Gestapo.

Publicado en Diario de Alcalá, el 11 de noviembre de 2015
El último Azaña, entre papeles y el acoso nazi
  • Comenta con Blogger
  • Comenta con Facebook
Top