La estela fraterna de los héroes

La estela fraterna de los héroes
Francisco González Tejera

Antonio Troya bajó del barco en el Muelle de La Luz, respiro aquella brisa conocida de su infancia después de tantos años de exilio en Francia, Venezuela y Argentina, en la escalerilla un grupo de Guardias Civiles y de la Policía Armada pedían la documentación a quienes ellos pensaban que tenían pinta sospechosa.

Cuando llegó a la altura de los esbirros uno con tricornio, de bigote blanco y nariz pronunciada lo agarró por el brazo y le solicitó el pasaporte, se lo entregó y le pidió que lo acompañara al vehículo policial, la gente miraba asustada como se lo llevaban esposado, ni siquiera le dejaron recoger su maleta, corría el año 1968.

Toño como lo llamaban en la resistencia a los nazis de la Francia ocupada, ya tenía experiencia en interrogatorios policiales, muchas veces estuvo al borde de la muerte durante su pertenencia a la heroica “La Nueve”, integrada por antiguos milicianos republicanos, ninguneados después de la guerra, reconocida su labor sesenta años después, condecorados como héroes nacionales fuera de las fronteras españolas.

Lo condujeron en el jeep de los grises hasta la comisaría de La Plaza de la Feria y lo llevaron a un sótano, una celda muy pequeña con dos bancos y un foco de luz blanca, cerraron de un portazo y lo dejaron solo durante dos horas.

Tuvo tiempo de pensar en toda su trayectoria vital, desde que nació en los Llanos de María Rivera en una familia de doce hermanos, su incorporación con 16 años a la Juventud Comunista, los años de la represión después del golpe fascista del 36, los miles de crímenes por cada una de las islas, las muertes de sus compañeros, la persecución por los montes de Linagua y Tauro, hasta lograr escapar en un barco de pesca hasta la costa sahariana, como poco después de salir de la amada isla todo fue un laberinto que lo hizo volar a la velocidad de la luz de la conciencia, donde todo fue una vorágine de acontecimientos, campos de refugiados en Francia, la evasión con varios compañeros, la invasión por los nazis de Polonia, la declaración de guerra de Inglaterra y los Estados Unidos, la ocupación de Paris, de toda Francia por las fuerzas de Hitler el 29 de junio de 1940, su incorporación a la resistencia, años de luchas implacables, donde se vio rodeado de bombas, portando granadas en los bolsillos para corriendo entre los cientos de tanques alemanes ir volándonos uno a uno, los gritos de hombres ardiendo entre los disparos, las muertes, siempre las muertes de camaradas de amigas, amigos, compañeros, de familias enteras que los acogían cualquier noche de persecución, un exterminio generalizado por parte de un ejército criminal, el fin de la guerra, los homenajes a medias, algunas, escasas medallas para tanto sacrificio, los aplausos por las calles del París liberado, los besos de las damas, los abrazos de los hombres de todas las edades, el viaje a Venezuela, el encuentro con Luisa Barrios, la tinerfeña que fue el amor de su vida, con la que tuvo tres hijos, hasta su muerte por fiebres tifoideas. La huída a la Argentina cuando los militares comenzaron a perseguir a toda persona implicada en la lucha por la libertad.

Un periplo alucinante que parecía terminar en aquella celda lúgubre y fría, dos horas que parecieron millones de años, se miraba las manos, por dentro y por fuera, imaginó cuantos cuerpos habían tocado, cuanta gente amada que se quedó en el camino, cuantos héroes y heroínas de la clase trabajadora que yacían bajo tierra, enterrados en cunetas, fosas, simas volcánicas en Canarias, en Francia, en cada territorio abonado para el combate hasta la victoria.

Escuchó ruido de botas afuera en el pasillo, comentarios jocosos, olor a ron de Arucas, a tabaco Mecánico Amarillo. Era ya muy entrada la madrugada, no pudo dormir, se mantuvo sentado en el taburete, apoyado en la pared donde había manchas de sangre y algunas inscripciones que no llegó a entender. La cerradura de la puerta giró, la llave dio tres vueltas y entraron tres hombres, dos de la Policía Armada y un hombre muy alto con un brazalete de Falange.

-Con qué aquí tenemos al héroe canario de París. -Dijo el falangista con sus medallas al valor en sus manos y una sonrisa irónica-

Nada más terminar esa frase le propinó una patada a Toño en los testículos que lo dejo tirado en el suelo frío de aquel recinto de tortura.

-Te dedicaste a matar camaradas alemanes sucio rojo cabrón, es lo que hubieras hecho en Canarias si los putos aliados hubieran decidido invadir nuestra gloriosa España. –Le gritó mientras le daba una patada en la cara que le partió el tabique nasal-

Toño no decía nada, sabía que no debía hablar, solo notó que su cuerpo ya no era el mismo de cuando era más joven, el que aguantaba los golpes, los balazos, la metralla de las bombas, le dolía mucho más esta vez, un dolor intenso que le traspasaba lo que podía ser el alma, quizá ese rincón de la mente preparado para el sufrimiento ilimitado.

Uno de los policías le pidió al falangista que moderara los golpes, que si lo mataba no iban a poder sacarle toda la información requerida por el gobernador civil, don Alberto Fernández Galar, le espetó que su excelencia quería saber a que había venido este hijo de puta a nuestra patria.

El falangista lo miró con ojos de odio.

-No te das cuenta que este mierda no va hablar le hagamos lo que le hagamos.

Al instante y cuando Toño pareció recuperar el sentido, lo colgaron por los pies con una cuerda de una argolla que había en el techo y le arrancaron la ropa y la carne con los golpes cortantes de una vara de acebuche. Les molestaba el silencio, que el hombre no dijera nada, que solo los mirara sin decir nada, que incluso en algún momento se le escapara una sonrisa amenazadora.

Se abrió la puerta y entro un militar de alto rango, le vio las estrellas de coronel en la solapa, habló con los policías y el falangista en baja voz, Toño no llegó a entender nada, pero al momento lo bajaron y entró un médico que le auscultó el estómago, le tomó las pulsaciones y certificó su muerte.

Los policías y el falange se miraron desconcertados mientras el militar daba las órdenes pertinentes para que desaparecieran el cadáver esa misma noche.

La maleta la desvalijaron, se repartieron entre los fascistas las dos medallas y una insignia, los juguetes que traía para sus sobrinas, varias muñequitas pequeñas, un libro de Jean Paul Sartre, un álbum de fotos de “La Nueve”, una pulsera de plata con una inscripción en la parte interior:

“El amor va más allá de los besos, galopa inalterable en la fragancia infinita de los sueños”.

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