Juan Carlos Monedero: ¡Es para dividiros, idiotas!

Juan Carlos Monedero: ¡Es para dividiros, idiotas!
¡Pero con lo claro que está! Siempre que me han pedido alguna colaboración sobre Podemos eran, de una forma u otra, artículos académicos. Y la academia, más con un pie en el otro mundo que en éste, no me ha ayudado a entender lo obvio. No lo había detectado porque lo vivía como una intuición cotidiana que configuraba el día a día de Podemos. Sólo en el marco de las discusiones internas me ha saltado la chispa. Sin tensión, los árboles no producen frutos. Y las flores son unas y la fragancia es otra. Vamos, que lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida.

El gran error de la izquierda durante el siglo XX fue poner a pelear a reforma, revolución y rebeldía. Lo conté en El gobierno de las palabras hace un lustro. Pero lo urgente siempre relega a lo importante. Que regrese otra vez la misma cantinela justo antes de una investidura con maneras fraudulentas nos tiene que quitar la venda de los ojos. El sistema, que ya ha intentado casi todo lo posible en el ámbito occidental, le queda solamente intentar la división. Algo en lo que siempre ha colaborado el campo progresista.

El reformismo, alejado de la voluntad de cambiar de base el mundo, se convirtió en un mero gestor del sistema. Con el tiempo y la tercera vía se convirtió en el ala centrista de la derecha hegemónica, fuera Thatcher, Reagan, Merkel o Rajoy (ahí están Blair, Hillary Clinton, el SPD o Felipe González). Por su parte, las propuestas revolucionarias nunca entendieron sus propias victorias, de manera que tampoco pudo entender que lo que valía para hace cien años hoy tiene otros contornos (ahí está su condena a vivir por debajo siempre del 10% del electorado). Mientras la derecha lee sobre robótica y nueva gestión en un tiempo de tecnologías de la información, los revolucionarios alumbran la noche con el “¿Qué hacer?” de Lenin. De manera que van tanto más lejos en sus propuestas cuanto menos gente tienen detrás. Eso sí, muy firmes en sus convicciones. Rebeldía, el pensamiento libertario, fue el gran perdedor del siglo. Y por eso renació de sus cenizas con fuerza con el zapatismo en México, con las revueltas en Génova contra la globalización neoliberal o en el 15-M. Pero igual que la horizontalidad libertaria es esencial para politizar en tiempos de despolitización, tiene la misma condena de las olas en el mar, que solo existen mientras hay viento, y su impotencia la expresa en las mil fracciones que siempre construye. Podemos ha tenido éxito porque ha entendido esto y le ha puesto solución: convivir.

En los momentos más excitantes de Podemos convivieron en su seno un alma reformista, un alma revolucionaria y un alma rebelde. A menudo mezcladas, como la fusión en el flamenco. A veces como palos duros que reclaman la autenticidad de una soleá o una siguiriya. Por lo común en un viaje constante de un lado a otro. Ni siquiera en el flamenco hay palos puros. Todo viene de una mezcla anterior. El éxito de Podemos ha sido encontrar la mixtura adecuada en cada momento de reformismo, de cambio estructural enfadado y de desborde creativo de lo existente. El reformismo ayudó, con su transversalidad, a atraer principalmente a votantes encadenados al bipartidismo. Revolución le habló a la izquierda clásica y a los enfadados con un sistema corrupto que además excluye. Rebeldía atrajo a los abstencionistas, a los jóvenes que ya son nativos tecnológicos, a los cansados de la mediocridad de la política de partido. Y todos juntos hablaron a todos y todas pues su diálogo alumbró la posibilidad de hacer política de manera diferente en el siglo XXI. Piedra, papel y tijera.

Andan ahora los medios, como siempre antes de una investidura, inventando peleas irreconciliables dentro de Podemos. Algo que se castiga inclementemente en España, un país que vive la política como teología monoteísta y condena a la hoguera al hereje, esto es, al que pierda la batalla. Son los medios los que gritan: ¡Mira lo que te han llamado! Y aunque la reflexión pueda tener más de erudición que de política cotidiana –por ejemplo, recordar que casi todos los símbolos vienen ya de algún pasado-, los medios, que se caracterizan por su banalidad y sus dificultades para procesar el pensamiento complejo, dicen sonrojados. “¡Ay va lo que te ha dicho!”. A ver si Podemos entra al trapo y nos distraemos de la tercera restauración. La que están organizando el Ibex 35, la troika y la Casa Real, junto con las guardias pretorianas de los viejos partidos, después de la de 1876 y la de 1978, restauraciones donde también intervinieron las potencias europeas. La tercera restauración es la que intentan trenzar a la desesperada el PSOE de la gestora y el PP de la Gürtel.

La magia de Podemos ha sido mezclar esas tres almas. El principal esfuerzo del régimen ha sido intentar romperlas. Hasta ahora solo han logrado, en el mejor de los casos, fusilarnos mal. La necesidad de un cambio en España, que solvente la herida territorial, la herida social y la herida ciudadana siguen pesando demasiado.

Como siempre, el peor enemigo que cada cual tiene somos nosotros mismos. Da igual cuál sea el resultado en Madrid o en cualquier otro proceso. Donde se la juega Podemos es en seguir conviviendo, con la tensión que produce las flores, reforma, revolución y rebeldía. Una vez que se ha desvanecido la discusión escolástica sobre quién es el PSOE -“cuando tú todo lo consultas a la ciudadanía desaparecen los matices” ha dicho Fernández Vara, y Javier Fernández, Presidente de la Gestora, ha recordado “el PSOE no es de sus militantes”-, lo logrará acertando en la construcción de la organización que ha demorado por culpa de siete procesos electorales hechos a pulmón sin pedir ni un euro a los bancos. No imitando al pasado sino atreviéndose a continuar todas las peleas de nuestros mayores adaptadas al siglo XXI. No queriendo dar todo por nuevo y sin tener la arrogancia de olvidar que hemos llegado hasta aquí gracias a las luchas anteriores. Quebrando la interrupción generacional que quiere el sistema y volviendo a poner a hablar a abuelas y nietas. Asumiendo que hacer política es una obligación ciudadana y que no hace falta tener cargos para asumir esa responsabilidad. Pensando tanto en los que están como en los que faltan, y no olvidar que entre los que faltan también están aquellos de los que todos se olvidan (precarias, cuidadoras a tiempo completo, trabajadoras sexuales, inmigrantes internas de hogar, emigrantes malviviendo fuera de España). Sabiendo que la política en el siglo XXI va a tener otros contornos y tenemos que ir definiéndolos. Y cuantos más colaboren en el diálogo, menos posibilidades de equivocarnos.

Todo está por hacer y nada es imposible. Creámosle: no lo dijo un político, lo dijo un poeta.

Juan Carlos Monedero 

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