La boda roja de Ferraz y la guerra civil en el PSOE

La boda roja de Ferraz y la guerra civil en el PSOE
Al igual que en la serie de ficción “Juego de Tronos” Tywin Lannister decide acabar con su enemigo Robb Stark con un golpe de mano rápido y sangriento en aquella “Boda Roja” ante la imposibilidad de derrotar a sus ejércitos en el campo de batalla, el sábado Susana Díaz decidió acabar con Pedro Sánchez con un golpe de mano también rápido ante la imposibilidad de vencerle en la batalla de la militancia. La guerra civil en el PSOE llevaba gestándose desde hacía ya tiempo, pero el jueves estalló definitivamente con la sublevación en la ejecutiva socialista de los 17 dimisionarios (partidarios de la presidenta de Andalucía).

Sorprendentemente, Sánchez y sus leales resistieron atrincherándose en Ferraz y prolongando la batalla, con lo que tres días después Susana Díez decidió aplastar definitivamente a su enemigo político con otra particular “boda roja” en Ferraz. En cualquier caso, el combate distaba mucho de ser solamente un duelo de liderazgos entre ambos, sino que estaban en juego muchísimas más cuestiones y actores políticos del partido y del país, con lo que podríamos resumir que dicha contienda se desarrolló a lo largo de tres frentes: el personal, el ideológico y el externo.

El primero de ellos, el personal, refleja muy bien el campo de batalla despiadado y fratricida en el que se ha convertido el PSOE desde hace ya años. Como si se tratase de una guerra de samuráis del Japón feudal luchando a muerte entre sí, tejiendo frágiles alianzas cuyas lealtades no duran más de una noche y donde el mejor amigo puede convertirse de repente en el peor enemigo y viceversa, los diferentes líderes territoriales del PSOE hacía tiempo que habían perdido ya cualquier visión de partido o sentido de Estado, enroscándose en un círculo vicioso de luchas palaciegas y traiciones personales en las que cada puñalada por la espalda recibida se guardaba con rencor de cara a tomarse la revancha en el próximo movimiento. Sin retornar a los tiempos en los que Josep Borrell fue depuesto por la vieja guardia felipista o en los que Rafael Simancas fue traicionado por Eduardo Tamayo y la trama urbanística de Madrid, en los años más recientes, y paralelamente al hundimiento electoral del PSOE a raíz de su nefasta gestión de la crisis económica, las luchas de poder personales se desataron en toda su crudeza: Alfredo Pérez Rubalcaba contra Carme Chacón, Pedro Sánchez contra Eduardo Madina, Tomás Gómez contra César Luena, Susana Díaz contra Pedro Sánchez, etc. El modus operandi además siempre es el mismo: el vencedor corta sin piedad la cabeza del vencido y nombra a una gestora de su confianza con la que posteriormente asaltar el poder con comodidad sin tener que pasar por el difícil trago de enfrentarse a las bases del partido en unas elecciones primarias. Como observamos, la masacre de Sánchez y de sus partidarios ayer en Ferraz y su inmediata sustitución por la gestora liderada por Javier Fernández (uno de los sublevados) no fue más que el último episodio de esta guerra entre samuráis en la que se ha convertido este partido política a la deriva.

El segundo de ellos, el ideológico, es algo más complejo, y en cierto modo, está inundado de una gran hipocresía. Debido a la ya anteriormente mencionada guerra entre barones del PSOE, Pedro Sánchez fue ganándose cada vez más enemigos internos, quedándose muy aislado y situándose su liderazgo y el de su lugarteniente César Luena en una situación muy frágil, sobre todo tras los malos resultados electorales obtenidos en los últimos comicios generales y autonómicos. Ante ello, Sánchez, Luena y sus partidarios (que ideológicamente siempre han representado una facción muy moderada y socioliberal) decidieron emprender por puro instinto de supervivencia una huida hacia adelante y dar un estrambótico e inesperado giro hacia la izquierda, apoyándose en la corriente interna “Izquierda Socialista” y en algunos de los barones del norte, buscando a la desesperada un acuerdo con Podemos y los partidos independentistas catalanes que abriera las puertas de Moncloa a Pedro Sánchez, para así convertir la derrota electoral en victoria política, apuntalando así el poder del secretario general y además granjeándole el apoyo de las bases, su única muleta posible frente a todos los que ya comenzaban a conspiraban contra él. Sin embargo, dicha temeraria acción no hizo sino acelerar los acontecimientos y provocar que definitivamente le declararan la guerra abierta los sectores más conservadores y poderosos que siempre han controlado el partido en la sombra, con el expresidente Felipe González a la cabeza.

Y finalmente, el tercero de los frentes ha sido el externo. Dicho inesperado giro hacia la izquierda de Pedro Sánchez y César Luena, dispuestos a pactar con Pablo Iglesias, Alberto Garzón e incluso con Oriol Junqueras, trasladó la batalla a la esfera de otros partidos y actores políticos, del mismo modo que las guerra civiles terminan implicando también a potencias internacionales. Ante la huida hacia adelante de Sánchez, el grupo Prisa, el PP, Ciudadanos e importantes sectores económicos de este país que en ningún caso pueden tolerar que Unidos Podemos llegue al poder ni que se autorice una consulta independentista en Cataluña, sacaron toda su artillería pesada dispuestos a destruir al secretario general del PSOE fulminantemente. Los medios de comunicación (desde la cadena 13TV a LaSexta, pasando por los diarios El País o La Razón) comenzaron a demonizar a la ejecutiva de Pedro Sánchez (apodada desde entonces como el “comando Luena”, al que incesantemente no pararon de acusar de haberse podemizado), con el objetivo de erosionar su apoyo entre las bases del partido y su credibilidad política entre los votantes socialdemócratas, preparando así el camino para que el inminente golpe “de Estado” que se estaba gestando quedase justificado. Definitivamente, la suerte de Pedro Sánchez estaba echada.

En consecuencia, ante esta ofensiva en los tres frentes, era ya solamente cuestión de horas que la sublevación contra el secretario general socialista se produjera, y evidentemente, se produjo. Aunque Pedro Sánchez, César Luena y sus pretorianos lograron momentáneamente detenerla atrincherándose en la sede de Ferraz y tratando inmediatamente de movilizar a las bases socialistas para parar el golpe bajo el eslogan “No es No” (en alusión a su negativa a pactar con Rajoy frente a la opción abstencionista de los rebeldes), en realidad solamente estaban prolongando su agonía durante unos días, la cual tendría su desenlace final ayer en un comité federal largo, bronco e incluso por momentos violento, en el que Susana Díaz (actuando de capataz de todos los anteriormente mencionados poderosos actores políticos y económicos involucrados en la conspiración) jugó hábilmente con los tiempos y fue poco a poco con el paso de las horas comprando las voluntades de muchos de los miembros del comité que aún permanecían leales a Sánchez, aprovechando los famosos “recesos”, mientras el presentador García Ferreras se encargaba de la “propaganda de guerra” desde el exterior, ocultando los abucheos a Díaz y en cambio anunciando constantemente las divisiones en el bando leal a Sánchez y las supuestas siniestras artimañas de Luena, desmotivando así a la audiencia de izquierdas y a los militantes sanchistas que estaban concentrados expectantes y nerviosos a las puertas de la sede socialista. 

Así pues, del mismo modo que Robb Stark no vio venir la conjura que se avecinaba contra él hasta el mismo momento en el que fue asesinado, Pedro Sánchez también pecó de falta de astucia y no supo intuir la traición que se estaba gestando a sus espaldas hasta que ya fue demasiado tarde. Y es que, Pablo Iglesias tenía mucha razón cuando le advirtió en sede parlamentaria: “Señor Sánchez, cuídese de Felipe González, ese que tiene las manos manchadas de cal viva”, y desgraciadamente, el líder socialista no le hizo caso cuando en aquel momento hubiese podido tener aún fuerzas suficientes para formar un gobierno de izquierdas junto a Podemos y enviar a la oposición al entonces debilitado PP de Mariano Rajoy. En resumen, cautivo y desarmado el ejército de Sánchez, las tropas cebrianistas, felipistas y susanistas han vencido. Sin embargo, la guerra dista mucho de haber terminado, y continuará desangrando al PSOE mes tras mes, llevando a este partido centenario a la más que probable desaparición, y encima, de la forma más humillante posible, haciéndose cómplice de la derecha y entonando su propio réquiem como mera comparsa de los grandes poderes del país. La conclusión final que podemos extraer de este bochornoso episodio en las filas socialistas es que, tras la boda roja y la masacre política de los partidarios del “No es No”, Unidos Podemos pasa a convertirse en la única fuerza de oposición y de izquierdas en España.

Miguel Candelas, politólogo, autor del libro "Juegos de Poder"

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