La paz de Franco: venganza y castigo

Presos republicanos en la cárcel de Porlier
En 1939 la II República Española agonizaba a la espera de la estocada final del fascismo. La legalidad democrática del estado se desmoronaba de manera forzada con la guerra, dando paso a una dictadura cruel que basaría su nuevo ordenamiento jurídico en el abuso sistemático de los vencidos, pasando desde la esclavitud, hasta la humillación o el asesinato, amparándose en juicios sin garantías.

Después de casi tres años de guerra civil, desde 1936 a 1939, la sanguinaria actuación del golpismo no detendría su siniestra actividad tras conseguir la victoria.

Franco se opuso a cualquier negociación con los leales a la democracia republicana, tampoco ningún compromiso se firmó cuando la balanza de la historia se inclinó por la derrota del estado legal fundado en 1931 tras la huida de Alfonso XIII de España.

Los deseos de paz, piedad y perdón de Azaña, pronunciados en 1938, se romperían en mil pedazos. La inseguridad de lo que podía venir, las precarias posibilidades de escapatoria, las noticias de los asesinatos masivos del fascismo y la responsabilidad de mantener familiares con vida hizo del futuro inmediato una angustia para todos los españoles que veían cada día más cerca la victoria reaccionaria, apoyada por el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán.

La represión franquista fue uno de los episodios más oscuros y tristes de nuestra historia contemporánea reciente. Fue además silenciada en los medios de la época, que de forma propagandística glorificaban la victoria mientras mantenía invisibles las cunetas, las cárceles, el exilio y la pobreza.

El fascismo español empezó a respaldar su crueldad con leyes hechas a medida que justificaban cualquier ensañamiento con los perdedores de la historia.

La Ley de Responsabilidades Políticas de 1939 convirtió a los leales en rebeldes y a los rebeldes en leales, retorciendo los principios jurídicos de irretroactividad para juzgar desde 1934 a todos los militantes y simpatizantes de izquierdas o simplemente contrarios al alzamiento. Junto al delito de rebelión se construyeron los pilares de una dictadura que castigaba a cualquier desertor en un sistema de denuncias anónimas y venganzas personales.

La sociedad, completamente destruida, desangrada, pobre y hambrienta, tuvo que soportar un abuso continuo de las autoridades del fascismo ‘a la española’, vertebrado con un espíritu nacional-católico.

El nuevo régimen trajo consigo una realidad ficticia de victoria moral y paz, de monopolio de espacios públicos y de exaltación nacional que evidenciaba un triste contraste con el día a día de los supervivientes de aquella terrible guerra. La misión de mantener alta la moral se acompañó con reordenar los sitios comunes como las plazas, calles y avenidas para borrar todo rastro de vida anterior a la guerra civil, poniendo en todo caso la atención cultural en figuras históricas que eran utilizadas como guardianes de la tradición como Don Pelayo, el Cid o los Reyes Católicos.

Sangre, esclavitud, exilio y humillación para los vencidos

Anticipando la victoria, antes del final de la guerra, en febrero de 1939 empiezan las depuraciones de todos los funcionarios públicos para que dieran explicaciones de su procedencia, su ideología y su actividad durante el 18 de julio de 1936 así como en el resto de la contienda. La represión administrativa era el primer paso para reorganizar el estado franquista. Los interrogatorios entre profesores, jueces o diplomáticos fueron auspiciados desde todos los diferentes ministerios para eliminar de sus filas cualquier posible disidente. Miles de personas fueron expulsados de sus puestos de trabajo, condenados a la pobreza y la exclusión social.

La Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo (1940), así como la Ley para la Seguridad del Estado (1941) acabaron por cerrar este dantesco círculo de vigilancia y represión estatal. Los fusilamientos se convirtieron en prácticas habituales, en algunos pueblos, la amenaza del ‘paseo’ a los que no fueran acérrimos defensores de la ‘causa nacional’ estigmatizó familias enteras que vivían completamente aisladas y aterrorizadas.

Los tribunales militares se encargaban de eliminar opositores, pero también de atemorizar a las poblaciones locales dando ejemplo de lo que sucedía si alguien se atrevía a decir basta a aquella España del gatillo fácil. La lógica del miedo no solo se aplicaba con asesinatos, extraoficialmente se abusaba de familias enteras. Especialmente las mujeres de familiares republicanos fueron sometidas a todo tipo de torturas, convirtiendo su vida diaria en un infierno con expropiación de sus bienes, ingesta de aceite de ricino, violaciones, rapadas al cero para ser reconocidas como enemigas del estado y ante todo una exclusión social en una vida de silencio atronador, sin actividad social e invisibilizadas por el régimen.

La represión brutal del franquismo fue pasada por alto durante la dictadura y absolutamente nadie acudió en ayuda de familias destruidas y humilladas desde las instituciones, generaciones enteras vivieron en el terror más absoluto y tuvieron la mala suerte de sobrevivir en años de amargura y opresión. Hay que tener en cuenta que hasta el 7 de abril de 1948 el Consejo de Ministros no levantó el estado de guerra, la injusticia se adueñó de la ley al servicio de los más feroces instintos de lo peor del ser humano.

Franco era consciente de que después de la devastación a la que sometió a España alguien debería reconstruirla, por lo que no solo asesinó masivamente a los republicanos, sino que desde 1937 se empezaron a regular los campos de concentración en condiciones inhumanas. Se crean Batallones de Trabajadores como mano de obra barata para los planes de reconstrucción nacional, en cada cuerpo de ejército se llegó a asignar tres Batallones de 600 prisioneros cada uno para las labores de cavar trincheras o construcción de infraestructuras, después de la guerra esta tarea continuó sin parón alguno. Entre 1937 y 1939 se crean más de 100 campos de concentración en España. Estos pasarán a denominarse como Colonias Penitenciarias Militarizadas, que junto a Destacamentos Penales, serán los encargados de trabajar por sobrevivir tanto para el estado como para empresas privadas. Hasta 1970 se forzará el trabajo de presos políticos.

Mucho se ha hablado de los ‘Pantanos de Franco’ pero en honor al a verdad, estos fueron obra de presos republicanos como los casos del Ebro, Entrepeñas, Pálmaces, Mediano, Yesa o San Esteban entre tantos otros. Los reos también fueron obligados a construir canales, pueblos, ciudades, líneas de ferrocarril, túneles, fábricas, cárceles, viviendas militares, hospitales y hasta estadios de fútbol como el de Valladolid o Palencia.

Los presos comunes que defendían el nuevo régimen tuvieron otra suerte bien distinta, amnistiados al poco de terminar la guerra civil.

Por otra parte, muchos españoles, viendo la sangre derramada y la represión que se avecinaba, escaparon de España, en algunos casos para encontrarse otras dictaduras o para vivir la Segunda Guerra Mundial en su crudo esplendor.

Miles de refugiados huyeron, principalmente a Francia, país vecino todavía libre; Portugal sufría un destino parecido al español con el Estado Novo, la aterradora dictadura de Salazar.

400.000 refugiados españoles fueron repartidos en improvisados campos franceses de los que no podían salir, asentados en descampados o dunas de playa sin abrigo ninguno.

También 25.000 refugiados huirán a Latinoamérica, principalmente a México o Argentina. La URSS asumió la protección de unas 5.000 personas, de ellos 3.000 niños, y es que los llamados ‘niños de la guerra’ sufrieron especialmente su traslado, alejados de sus familias, destrozando su infancia. En total 30.000 niños fueron enviados a otros países con la esperanza de que crecieran lejos del fascismo.

Miles de niñas y niños no tuvieron esa ‘suerte’, muchos de ellos quedaron huérfanos tras la guerra o con la represión al ser fusilados o encarcelados sus padres, teniendo que crecer en hospicios religiosos o en el Auxilio Social – Sección Femenina de la Falange, educándose a golpes en valores falangistas. Incontables historias personales de los más pequeños se vieron completamente traumatizadas de forma irreparable, viviendo solos en el mundo sin familia fuera o dentro de España, sufriendo las consecuencias de la guerra civil, un auténtico drama humanitario que refleja la crueldad de aquellos momentos.

La paz de Franco jamás existió. Fue un revanchismo antidemocrático y sangriento que dejó cunetas con fosas comunes en cada rincón de España, somos el segundo país en número de desaparecidos después de Camboya.

La ‘paz’ consistió en un sistema de dominación a través del miedo y el recuerdo permanente de los asesinatos de los que alzaron la voz contra el fascismo y por la libertad.

La gran estructura represiva incluía la educación de adoctrinamiento como pilar fundamental que afectó a todas las generaciones del franquismo que tuvieron la mala suerte de aprender a base de violencia, castigos y humillaciones. En este papel tuvo relevancia la iglesia católica, gran aliada de la dictadura, que por supuesto aprovechó la ocasión para inculcar las enseñanzas de los evangelios en su versión más tradicional y conservadora, encajando de esta forma en el nuevo estado. Ni que decir tiene que todo esto afianzó la represión sexual, los sentimientos de culpa del cristianismo impuesto con mano de hierro y el respaldo espiritual que complementaba la adhesión política al régimen en actitud servil, encerrando toda crítica en la nada.

Por otro lado, los derechos negados de los trabajadores, así como las lenguas perseguidas y ridiculizadas que no fuera la castellana – el euskera, el catalán y el gallego especialmente – y la cultura censurada sistemáticamente, cerraron un capítulo del que no se podía escapar. La terrorífica dictadura consolidó durante décadas una idiosincrasia española impuesta a sangre y fuego que sacaba a la luz lo peor de nuestra nación, la faceta encarnada en el grito de Millán Astray de ‘Viva la muerte y muera la inteligencia’. El imaginario colectivo de los ‘40 años de paz’ de Franco fue una mentira repetida mil veces hasta convertirse en verdad, solo el miedo y los asesinatos fueron capaces de derrotar la rebeldía libertaria por las armas, haciendo por la fuerza una relación de complicidad entre el régimen y una sociedad cuyas secciones democráticas habían sido fusiladas, exiliadas o enmudecidas temiendo el paseo, con o sin juicio amañado. Sabiendo todo esto no es difícil darse cuenta de por qué el relato oficial nunca se ha parado en ‘abrir heridas’ del pasado. La historia española ‘oficial’ pega saltos sin detenerse en estas cuestiones traumáticas porque en el fondo de la cuestión solo el silencio estatal ha abordado el tema de las víctimas del franquismo. Ha sido la sociedad civil la que ha tratado de recuperar sin ayuda una memoria olvidada por los gobiernos, luchando de forma heroica contra la ausencia de juicios y reparaciones.

El silencio no cura las heridas, solo enmudece su dolor abandonándose al olvido. Desclasificar documentos, hablar de nuestra historia, debatir sobre ella, actuar desde las instituciones y reparar una memoria abandonada podrían paliar mínimamente ese dolor ya irreparable prácticamente. Mientras tanto sigue pasando el tiempo y no se atisban ganas algunas de retomar esta cuestión para devolver la dignidad a nuestro pasado y presente, enfrentándonos a él y los crímenes que ocurrieron en este país, desmontando mitos construidos bajo el terror.

Enmudecer ante la injusticia solo lleva a perder la humanidad de nosotros mismos, es nuestra obligación hacernos preguntas sobre el hilo conductor que nos hace ser quienes somos hoy. ¿Qué ha pasado con nuestra memoria reciente? Que es lo mismo que preguntarnos ¿Qué ha pasado con nuestra identidad?

Héctor Braojos Muñoz
Twitter: @hectorbraojos

La paz de Franco: venganza y castigo
  • Comenta con Blogger
  • Comenta con Facebook
Top