Las Brigadas Internacionales en la historia y en el recuerdo

Las Brigadas Internacionales en la historia y en el recuerdo
Formaban parte de una “cofradía sin fronteras”, partícipes en una sola lucha en donde lo importante era ganar batallas en cualquier parte del mundo.

Francisco Erice

Hace ahora 80 años. En el Madrid brumoso y frío de noviembre de 1936, extenuado por un asedio que se cerraba como una tenaza y en cierto modo abandonado por un gobierno que se retiraba a Valencia creyendo inminente la caída de la capital, entraban en combate los primeros brigadistas internacionales. Más allá de su importancia militar, lo cierto es que su llegada –en palabras de José Sandoval- caldeó la atmósfera de la ciudad, acerando el temple de sus combatientes. Arturo Barea (La forja de un rebelde), que llegaría a quejarse de que las loas excesivas a los brigadistas internacionales oscurecían el heroísmo abnegado de los madrileños, reconocía también que su irrupción constituyó una ayuda impagable. Por su parte Neruda glosó, en hermosos versos, en el Madrid otoñal de “sangre rota” por las calles, el desfile de los brigadistas, “silenciosos y firmes como campanas antes del alba”, viniendo “de vuestras patrias perdidas, de vuestros sueños llenos de dulzura quemada y de fusiles”.

Madrid fue, pues, su bautismo de fuego, tal como se recoge en el himno de las Brigadas (“país lejano nos ha visto nacer…nuestra patria está hoy ante Madrid”). Pero su paso por los campos de España está también vinculado a otros nombres sonoros y épicos de la resistencia: Jarama, Guadalajara, Belchite… Por ellos transitaron y bajo su tierra se quedaron para siempre muchos de aquellos más de 35.000 voluntarios de 53 nacionalidades, encuadrados en batallones y brigadas que evocaban referencias de la tradición revolucionaria y nacional de cada país. Eran mayoritariamente obreros, pero había asimismo intelectuales, estudiantes, sindicalistas…; comunistas en su mayoría, aunque también antifascistas de diferentes signos y vínculos partidarios e ideológicos (socialistas, anarquistas, demócratas en general).

La historia de las Brigadas Internacionales se ubica en un punto crucial del antifascismo, fenómeno central en la tradición democrática y revolucionaria del siglo XX. Se ha escrito bastante sobre su papel militar (siempre relativo, aunque no desdeñable en episodios concretos) o las implicaciones políticas de su presencia; sobre su estancia, no exenta de conflictos, en el cuartel general de Albacete. Pero su papel fundamental, lo que imprime en la historia su huella indeleble, es haber sido, por derecho propio, emblema y representación máxima de la solidaridad internacionalista con la República acosada. No en vano Miguel Hernández evocaba a aquellos hombres “que tienen un alma sin fronteras” y Alberti glosaba, de forma parecida, a la “sangre que canta sin fronteras” de gentes venidas de diversos países, “con las mismas raíces que tiene un mismo sueño”. Años más tarde, Luis Cernuda inspiró en un exbrigadista norteamericano su emotivo poema “Recuérdalo tú y recuérdalo a otros”, canto a la solidaridad como compromiso ético y a la memoria como recurso necesario.

También Pasionaria elogió el ejemplo moral de estos “soldados del más alto ideal de redención humana” y “cruzados de la libertad”. Y lo hizo en la despedida multitudinaria de los últimos brigadistas desfilando por Barcelona ante más de 300.000 personas, el 28 de octubre de 1938. Por entonces, como Dolores proclamaba con particular fuerza emotiva, los brigadistas empezaban a formar parte no sólo de la historia, sino también de la leyenda.

Para la mayoría, la retirada no supuso sino cambio de escenarios en su lucha por la misma causa que los había traído a nuestro país. Algunos cayeron en la vorágine de las purgas estalinistas, cuando haber estado en España se convirtió en motivo de desconfianza e insospechado agravante. Uno de ellos, Artur London, escribió la que es tal vez la mejor crónica y homenaje de las Brigadas: el libro Se levantaron antes del alba. 

Pasó el tiempo y, tal como auguraba Pasionaria, los brigadistas supervivientes –algunos de ellos- volvieron cuando el olivo de la paz ya había florecido, pero no –lamentablemente- “entrelazado con los laureles de la victoria de la República”. Fue en 1996, recibiendo homenajes diversos, aunque –en un comprensible acto de coherencia- ni los dirigentes de la derecha conservadora ni el Rey consideraron oportuno sumarse a estos actos. Se les otorgó entonces un derecho a la nacionalidad española en condiciones cicateras, que la popularmente denominada Ley de Memoria Histórica de diciembre de 2007 amplió más generosamente. Era un reconocimiento tardío, pero no por ello menos necesario.

Los brigadistas eran revolucionarios de un tiempo irrepetible. Como aquel personaje de La conservación de la primavera de Alejo Carpentier, formaban parte de una “cofradía sin fronteras”, partícipes en una sola lucha en donde lo importante era ganar batallas en cualquier parte del mundo. Aprendieron, como los demás antifascistas de aquella coyuntura crucial, que la democracia era un valor irrenunciable que sólo el pueblo defendía en los momentos supremos, a diferencia –como decía Pasionaria- de “los que interpretan los principios democráticos mirando hacia las cajas de caudales”. Y creían en un internacionalismo no incompatible con las patrias, entendiendo, como Machado, que “no es patria el suelo que se pisa sino el suelo que se labra”. 

Por todo ello, lo que fueron y lo que significaron, ocupan un puesto irreemplazable en nuestra memoria democrática.

Fuente: Mundo Obrero

Publicado en el Nº 299 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2016
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  • Date : 23.10.16
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