Octubre de 1497: Crónica del genocidio

Octubre de 1497: Crónica del genocidio
En la bodega del barco no se veía nada, solo se escuchaba el ruido de las olas rompiendo contra la madera que surcaba aquel mar infinito, Adassa miraba al resto de mujeres y hombres encadenados, habían pasado varias semanas, el tiempo se había perdido, quizá podían haber sido años encerrados en aquella oscuridad, alimentados con las sobras de la comida de los hombres de hierro, aquellos barbudos que habían ganado la guerra, invadiendo cada rincón de su adorada y mágica Achinech.

Varios miembros de su pueblo yacían muertos engrilletados, sus cuerpos en descomposición generaban un ambiente insoportable, entre el olor de las heces y el sudor de unos cuerpos maltratados desde que salieron de las tierras de los antepasados.

También había niñas y niños, la mayoría no resistieron el largo viaje atravesando parte del Atlántico y del Mediterráneo. La mujer solo salió dos veces a cubierta, cuando vinieron a buscarla para violarla varios de los hombres de las espadas y las cruces. La sacaron a ella, a la joven Anaqua y a Ataytana que era casi una niña de nos más de doce años.

Su recuerdo era turbio, solo tenía presente los golpes, el inmenso dolor, las risas de los que se autodenominaban “Conquistadores”, que las tuvieron varias horas atadas en la proa del velero, mientras aquellas bestias del mal les hacían de todo, cometiendo todo tipo de atrocidades, incluso vio cuando arrojaron al mar los cuerpos desnutridos de varios de sus hermanos de sangre.

De repente el mar dejó de hacer ruido, entraron en una zona donde el navío casi no se movía, solo se escuchaban los gritos y arengas de los hombres armados, carcajadas y conversaciones ininteligibles en aquel idioma desconocido, aunque la guerra durara tantos años en la isla de la montaña gigante del Dios del Sol.

Notó como la embarcación se paraba, voces en un tono de recibimiento, cuerdas que amarraban y un olor desconocido, una mezcla de hedor a muerte y pescado podrido, una sensación de miedo atroz les invadió, no sabían donde estaban, solo que era muy lejos de su tierra, a una distancia tan grande que sería imposible regresar.

Entre un ruido atronador se abrieron las puertas de aquel infierno, bajaron los hombres con los látigos y aquellas varas de madera fina, con las que les pegaban en las pantorrillas a los hombres, y en los pechos a las mujeres. La levantaron en volandas entre dos, sus hermanas y hermanos gritaban atemorizados, todo eran golpes, gritos, más sangre, llantos de los bebés que eran arrebatados de los brazos de las madres por aquellos seres infernales.

Al rato se vieron bajando la escalerilla del barco encadenados de pies y manos, una de las mujeres capturada en el norte de la isla abortó según llegó a tierra, se le salió el chiquitín inundado en sangre, los de las armaduras la patearon en el suelo, le gritaban pero ninguna de las mujeres y hombres cautivos entendían nada, uno de los castellanos, el que tenía afeitada parte de la cabeza y vestía como una mujer, con cruces en el cuello y en las manos, tomó al bebé muerto, dijo una especie de rezo y le hizo una cruz invisible en la frente antes de arrojarlo al mar como si fuera basura.

Los metieron a todos en un carro de madera con rejas arrastrado por bueyes, una inmensa jaula y los llevaron desde el puerto hasta un pequeño poblado, las casas no eran de piedra seca, tampoco vivían en cuevas, eran viviendas como de barro, pintadas de blanco, de las que salían personas que no parecían soldados, los rodeaban, reían, también gritaban y les lanzaban escupitajos.

Adassa sentada metió la cabeza entre las rodillas, estaba medio desnuda, hacía mucho frío en aquel mes de octubre de 1497, en otras jaulas había más gente cautiva, mujeres y hombres con los ojos rasgados, algunos de piel morena, hablaban otra lengua desconocida, los guanches los miraban, ellos les devolvía la mirada atemorizados, les unía la esclavitud, el genocidio de sus hermanas y hermanos, ambos venían de tierras lejanas, de más allá del horizonte, los carros inundaron el patio de aquel poblado, una mezcla de culturas ancestrales en manos de los verdaderos salvajes.

La sangre manchaba el suelo de una tierra de un color blanco antes nunca visto, llantos de niñas y niños, alaridos de dolor de mujeres y hombres torturados, piel y hueso, mientras los monjes metían entre las rejas cruces de metales de varios colores, trataban como de tocarles las cabezas, entonaban sus rezos, algunos llevaban capuchas marrones o negras, ninguno de los indígenas entendía nada, al otro lado de la prisión metálica los que iban armados metían sus espadas y les pinchaban sus frágiles cuerpos.

Amaneció un día gris, el cielo era rojo, Adassa miró a su alrededor y solo había muerte, desolación, hombres borrachos que dormían en el suelo, llegaban carretas con caballos, una multitud que los rodeó en pocos minutos, entregaban bolsas repletas de trozos de metal redondo y brillante, discutían, sacaban a la gente de las jaulas y se los llevaban atados por el cuello.

Un hombre muy gordo que olía muy mal le tocó el pecho con una vara de madera, abrieron la celda metálica y la sacaron, le miraron los dientes, la tocaron bajo la ropa, su sexo, el pecho y en pocos minutos le pusieron un collar de hierro, en un instante le vino a la mente un universo de recuerdos de su vida en la isla amada desde que nació en el bosque de Taganana, también envejeció un millón de años, ya nada tenía sentido más que intentar sobrevivir.

Francisco González Tejera

Imagen: Imagen: Campaña española de genocidio contra la población de Hispaniola (hoy Haití y la República Dominicana), ilustrada por Fray Bartolomé de las Casas.
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