Una oportunidad justa para las niñas: poner fin al matrimonio infantil.

Una oportunidad justa para las niñas: poner fin al matrimonio infantil.
El matrimonio infantil es un claro ejemplo de cómo las niñas más pobres del mundo soportan una mayor carga de desventaja, en especial las que viven en comunidades marginadas de zonas rurales de África subsahariana y Asia meridional, donde esta práctica es muy habitual. 

A las niñas que contraen matrimonio se les despoja de su infancia. Yo lo he visto, y sé el daño que les hace. 

De niña, cuando vivía en Cotonou, Benin, varias de mis amigas de la escuela primaria se casaron siendo muy jóvenes. A algunas de ellas ya no volví a verlas: su vida matrimonial las llevó a vivir muy lejos. A otras las vi de nuevo después de un tiempo, pero ya no eran las mismas: su alegría y su entusiasmo se habían esfumado. Ya no podían comportarse como niñas, tenían que actuar como personas adultas. Y noté que estaban como avergonzadas: eran muy conscientes de ser diferentes al resto de nosotras. 

Aunque se han logrado progresos en cuanto a reducir la incidencia del matrimonio infantil, el avance ha sido desigual. Las niñas de los hogares más pobres –y las que viven en zonas rurales– tienen un riesgo de contraer matrimonio antes de los 18 años del doble que las niñas de los hogares más ricos o las que viven en zonas urbanas. 

Si no hay progresos, para 2030, casi 950 millones de mujeres habrán contraído matrimonio siendo niñas, en comparación con la cifra actual de 700 millones. Y para 2050, casi la mitad de las niñas esposas serán africanas. 

Los costes son demasiado altos, tanto para las niñas cuyos derechos se vulneran al obligarlas a contraer matrimonio, como para las sociedades, que necesitan que esas niñas crezcan y se conviertan en adultos productivos y autosuficientes. 

Las niñas casadas se cuentan entre las personas más vulnerables. Cuando se interrumpe su educación, las niñas pierden la oportunidad de adquirir las destrezas y los conocimientos que precisan para encontrar un buen empleo y poder abastecerse a sí mismas y a sus familias. Quedan aisladas de la sociedad. Como pude observar en el caso de mis antiguas compañeras de escuela a las que obligaron a casarse, la conciencia de su aislamiento es en sí misma dolorosa. 

Subordinadas a sus esposos y familias, las niñas casadas son más vulnerables a la violencia doméstica; y no están en posición de tomar decisiones sobre el sexo seguro y la planificación familiar, de modo que corren un grave riesgo de contraer infecciones de transmisión sexual como el VIH, o de quedar embarazadas y tener que criar hijos cuando sus cuerpos aún no han madurado del todo. Los embarazos, que ya de por sí son un riesgo, se tornan aún más peligrosos, dado que las niñas casadas tienen menos probabilidades de recibir la atención médica adecuada. Durante el alumbramiento, estas madres que aún son niñas incurren en un riesgo mayor de sufrir complicaciones como la fístula obstétrica, que pueden dejarlas discapacitadas, y tanto ellas como sus bebés tienen más probabilidades de morir. 

Al arrebatar a las niñas sus posibilidades, el matrimonio infantil priva a las familias, las comunidades y las naciones de la aportación que estas niñas podrían haber hecho como mujeres. El matrimonio infantil dificulta los esfuerzos de los países por mejorar la salud de las madres y la infancia, por combatir la malnutrición y por mantener a los niños en la escuela. Cuando las niñas contraen matrimonio prematuro, inevitablemente legan a la próxima generación la pobreza, la formación deficiente y la salud precaria en las que ellas mismas quedaron atrapadas. 

Puede parecer que el matrimonio prematuro es un problema sin solución. Este problema se da porque a menudo las sociedades valoran menos a las niñas –y en consecuencia éstas no disfrutan de las mismas oportunidades que sus hermanos–, y porque la pobreza y otras formas de desventaja, como el nivel educativo deficiente, restringen aún más sus oportunidades, haciendo que el matrimonio se presente como la mejor opción para asegurar el futuro de las niñas. 

Pero existen estrategias de eficacia demostrada que pueden cambiar las vidas de las niñas, proteger su infancia y capacitarlas para que construyan un futuro mejor para sí mismas y para las sociedades en que viven. Estas estrategias consisten en fomentar el acceso de las niñas a la educación, en capacitarlas con conocimientos y destrezas, en educar a los progenitores y a las comunidades, en incrementar los incentivos económicos y apoyar a las familias, y en fortalecer y formular leyes y políticas que establezcan la edad mínima para contraer matrimonio en 18 años, tanto para los niños como para las niñas. 

La educación es parte esencial de la solución. Las niñas que tienen pocos estudios o que carecen de ellos tienen más probabilidades de contraer matrimonio siendo niñas que aquellas que han finalizado la formación secundaria. Cuando una niña va a la escuela, es más probable que los que están a su alrededor la vean como una niña, más que como una mujer preparada para ser esposa y madre. Y la experiencia de asistir a la escuela fomenta la autonomía de las niñas al permitirles adquirir habilidades y conocimientos y forjar redes sociales mediante las cuales puedan comunicarse y defender sus intereses. Las niñas que han recibido instrucción están más capacitadas para contribuir al crecimiento y el desarrollo de su país, y a la prosperidad y el bienestar de sus futuras familias. 

Cada año contraen matrimonio precoz 15 millones de niñas, una cifra que subraya la importancia de invertir en soluciones que puedan repercutir a gran escala con el fin de acelerar el progreso en la erradicación de esta práctica. Las inversiones que se centran en llegar a las niñas pobres y marginadas y en empoderarlas por medio de la salud, la educación, la protección social y otros sistemas, pueden abrir vías alternativas para las niñas y sus familias. 

No menos crucial es la labor, lenta y paciente, de cambiar las normas sociales. Este tipo de cambios fundamentales y duraderos se originan en el seno de las comunidades, y dependen de que tanto las madres como los padres participen en hallar soluciones que marquen la diferencia en las vidas de sus hijas. 

Cuando el matrimonio infantil sea cosa del pasado, habremos puesto fin a la inequidad que despoja a las niñas de sus derechos fundamentales y les roba su infancia. Más niñas y mujeres podrán sacar el máximo provecho a sus vidas y dar lo mejor de sí a sus familias, comunidades y sociedades, lo que contribuirá enormemente a romper los ciclos generacionales de pobreza y a fortalecer a comunidades y naciones. Erradicar el matrimonio infantil desata posibilidades que pueden transformar la vida de las niñas y beneficiarnos a todos.

Por Angélique Kidjo, Artista galardonada y Embajadora de Buena Voluntad de UNICEF

Fuente: Unicef

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