El legado de Manuel Azaña en el 76 aniversario de su fallecimiento

El legado de Manuel Azaña en el 76 aniversario de su fallecimiento
Por Enriqueta de la Cruz

Manuel Azaña tuvo el acierto de escribir sus memorias y dejar en ellas testimonio de su época y sus quehaceres así como un certero análisis de conjunto, también de los sentimientos que iba experimentando desde sus responsabilidades. Asimismo podemos encontrar muy a mano sus discursos, verdaderas joyas en los que aborda el problema religioso, el problema político catalán, como así lo define, o nos aclara cómo la II República fue asaltada a mano armada o cuál fue la responsabilidad de los demás países en el mal final que tuvimos. De manera que poco o nada hay que interpretar cuando se puede acudir a la fuente primaria. Queda el contraste con la lectura de sus estudiosos y de algunos apuntes atinados. Pero como tras el golpe de Estado y la nefasta Dictadura, la historia la escribieron aquí básicamente los malvados y sus plumillas serviles, hay poco que merezca la pena ver de ello hasta el tiempo actual. Ya digo, aprendemos sobre todo de los textos originales como los “Diarios, 1932-1933”,  también conocidos como  “Los cuadernos robados” que se publicaron en Crítica, Serie Mayor, bajo la dirección de prestigiosos (y raros, por lo mismo) historiadores: Josep Fontana y Gonzalo Pontón. De las opiniones y encantos que la figura pudiera suscitar a personajes tales como un tal José María Aznar, mejor no comentar…  Así que remitámonos a la obra del mismo Azaña y saquemos algunas conclusiones a la luz de los hechos ocurridos.






Tal como en los ya citados Diarios recuerda el introductor de la misma, Santos Julia (no muy santo de mi devoción, por cierto), don Manuel Azaña tenía la sensación o la esperanza al menos (Santos dice “la seguridad”) de haber “contribuido modestamente a hacer de España un pueblo mejor”. Su legado se resume en esto. Entre Quijote y Sancho, contribuyó ciertamente a ello, a veces sereno, a veces soliviantado o soberbio, a veces harto a no poder más, a veces esperanzado en soluciones no fáciles pero sí lógicas, otras preso de desesperanzas y descreimiento; casi siempre lúcido, siempre reflexivo, conciliador siempre. Contribuyó, sí, a esto que ahora nos hace tanta falta. Y no fue tarea fácil aportar al despertar de un pueblo que, también entonces como ahora, tantas veces en su historia, se niega a mejorar, sestea, se amolda, se pliega a servilismos que le acaba pese a sus méritos y posibilidades. Libertades, civismo, reflexión, la discusión de los problemas, la coherencia entre lo que se siente y se dice y hace: esto aprendimos de él.  El divorcio, los derechos de la mujer (entre ellos al voto), acceso a las grandes urbes, la mejora de Madrid, son legados de una época que le tocó vivir y gestionar a don Manuel.

Su sentido de la responsabilidad era más que notable. Cuando acepta, por ejemplo, la cartera de Guerra a propuesta de Prieto, ya chamuscado de tantas batallas, o cuando acepta simplemente meterse en faena política en un país como el nuestro teniendo él otras vocaciones como la literaria y amando la razón y la cultura de la que andábamos, y andamos, tan escasos, Azaña ejerce responsabilidad. Sabe que puede aportar y lo hace. Llegar a la presidencia de una República con tantos enemigos fue valentía, pero, sobre todo, sentido de la responsabilidad. Y con sus errores (ahí Casas Viejas) nos legó la iluminación de lo que abordar de muy otro modo si sucediera algo parecido en el futuro. Aunque Azaña habló muchas veces de revolución, su proyecto fue reformista más que revolucionario.

Para empezar, la II República nació herida de muerte, hipotecada con el pacto de San Sebastián que prácticamente mutilaba la posibilidad de un cambio real social y económico, de raíz. Tuvo la II República a sus enemigos metidos dentro desde el principio y más claramente con ese caballo de Troya que representó el bienio negro de la CEDA. Y eso antes de ser traicionada por militares traidores y verdugos de otros planes, gentes que nos retrata muy bien en sus memorias Azaña. La revolución no fue, no pudo ser; al mero avance lo mató una conjura monárquico-catolica-oligárquica aliada con los fascistas extranjeros en el primer capítulo de la II Gran Guerra, la II Guerra Mundial. Militares que cometieron sedición fueron parte y los verdugos. Y todos ellos vendieron las posibilidades de avance de una nación para mantener los privilegios de los conjurados. Y hoy, que la III República del pueblo, responsable y de avance, rupturista con el crimen, quiere ser abortada por los mismos poderes, hay que recurrir a la experiencia escrita, negro sobre blanco, de quienes nos precedieron. Pero tenemos que hacer el esfuerzo de leer sin intérpretes, como digo, sin quedarnos en aniversarios o artículos más o menos certeros; tenemos que abrir los ojos. Vamos allá:

Dentro de ese plan general y titánico de mejoras que nos legó don Manuel Azaña y su tiempo, la reformas educativa, que tenían ciertamente sus precedentes y logros (ahí el caso de la Escuela Moderna) ocupan un primer lugar. Por la educación y la cultura empiezan todo, son las bases, los cimientos que permitirían otra vez, a partir de los nuevos momentos ruinosos que atraviesa ahora España, alentarnos e impulsarnos hacia un progreso seguro. La reforma militar y la agraria, asimismo fueron clave. La primera sería fundamental también ahora. En cuanto a la reforma agraria, habríamos de tomarla de referente y operar sobre su equivalente, inmersos como estamos  en un capitalismo de canto de cisne pero feroz: destructor, asesino, corrupto, esclavista, acaparador de las riquezas en manos de un ridículo porcentaje de la población como antes estaba la tierra. En cuanto a la cuestión territorial también nos lega Azaña algo importante: las fórmulas adecuadas para encontrar cauces de entendimiento. El caso de Cataluña. Su discurso sobre el Estatuto, de mayo del 32, nos aclara la situación con plena vigencia. Hay que analizarlo con lupa para abordar ese buen gobierno que el Azaña reclama para reconducir aquello que otra vez se nos escapa de las manos por torpeza y cortedad de miras.

Otro acierto y legado podría ser para la izquierda tan maltrecha, si no muerta ya, la cuestión de mantener en la oposición a rivales razonables (en su caso fueron los socialistas) en lugar de a la derechona más rancia (rancia entonces como  ahora, aunque ahora disfrazada con piel de corderito liberal). Es decir, Azaña fue en esto un estratega. Pero esta última fórmula la aplica aquí y en estos momentos precisamente la derecha que tan bien tiene estudiado nuestro pasado. Y así veremos pronto, lo vemos ya, un resurgir de más de lo mismo con Ciudadanos y PP-PSOE: bipartidismo de otro modo y reparto de dinero y poder entre los mismos de siempre. Como ya no estamos en la segunda restauración borbónica que acaba en seria ruina económica del país y, por tanto, no rige lo que ha regido, es decir: tú tranquila oposición que ya te tocará pronto… (turnismo con algún reparto también y prebendas para los pactitas minoritarios del trágala de la Transición), pues hay que inventar otro modo de llegar a igual conclusión, que es lo que se está cociendo. Este legado nos lo roban.

Azaña, que tenía que recurrir a esos paseos reparadores por la sierra madrileña para poder soportar la política y esas tediosas reuniones con Alcalá-Zamora, el catolicón de don Niceto (entonces éste presidente de La República y don Manuel, de Gobierno), supo legarnos su sentido del deber (que nos enseñó a cultivar por encima de las apetencias personales), la necesidad de la paciencia (pese a la impaciencia que en ocasiones le asaltaba) y su sabiduría para sortear las trabas, estando al servicio de las necesidades más que prisionero de las realidades o posibles impedimentos que veía pero prefería no ver y desde luego, no  trasladaba para no influir y contagiar el mal de la inacción, la posible imposibilidad de lo que se pretendía. Azaña conocía el paño pero no se condicionaba por él, no se achicó. Y así,  pidiendo la colaboración de todos para  la obra faraónica de rehacer España, tiró para adelante aun teniendo esa vista aguda y esa gran preparación que le permitía observar desde una perspectiva superior, aun quizá no acabando de creerse que los demás pudieran seguirle en su rumbo. Era el único rumbo lógico para posicionar a España en el lugar elevado que podía corresponderle dentro de Europa y de los tiempos del siglo XX, pero no era  el que conciliaba todos los intereses.

Tuvo Azaña, por ejemplo, la claridad de ver la necesidad de separar Iglesia de Estado y el coraje de hacerlo. Don Manuel conocía bien el problema, el poder de los jesuitas, por ejemplo, una orden en la que además de los tres votos canónicos, se prestaba “otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado” y a la que por lo mismo se quitó de en medio. Conocía bien a los curas y frailes y el nefasto poso que dejan. Nos lo describe bien en El jardín de los frailes, donde retrata su paso (ocho años interno) por los agustinos de San Lorenzo de El Escorial “ese paréntesis oscuro” de su vida,  donde deja constancia de la España que todavía se nos enseña, nos retrasa y hunde; donde da testimonio de esos personajes de acabamiento que buscaban consuelo de no ser jóvenes en su importante gravedad y donde nos enseña lo que hoy todavía padecemos: “España es la monarquía católica del siglo dieciséis”, de las gestas empolladas de “españoles truculentos”. “España si no campea por la Iglesia –dice- se destruye… Ha transigido con el espíritu del mal y dejándose inficionar el corazón por las doctrinas de los bárbaros: sus energías se amortiguan. Nada crea; sacrifica en balde su originalidad; solo consigue malograr sus dones excelsos”. Azaña habló con acierto de salud del Estado al abordar esa separación de Iglesia-Estado y aclaró muy bien que es cuestión de salud pública quitar el servicio de la enseñanza a las Órdenes de la Religión.

El legado de don Manuel es pues, decirnos, que sepamos, que los problemas de España no son fáciles pero hay que abordarlos. Se nos presenta como constructor, hacedor, como estadista que habla para todos, incluso para los que no quieren escucharle y dice lo que tiene que decir, con un análisis de las cuestiones realista o menos realista, pero siempre en aras de tirar hacia delante, en pro de soluciones. Eso pese a su mirada pesimista que no oculta a veces en sus memorias, desaliento, por ejemplo, respecto a las posibilidades de entendimiento de los distintos pueblos que conforman España, o de que la construcción que emprende, de ese edificio patrio, resulte consistente.

La patria, que no es mito como él nos subraya, ni es patrimonio de nadie, no estaba precisamente exenta de enemigos y lo sabía: Lerroux, los obispos, la burocracia (“la facundia ministerial continúa causando molestias y situaciones desagradables”, escribía el 25 de julio de 1931) y los recalcitrantes poderes fácticos inmovilistas y traidores que urdían con los monárquicos una guerra genocida (comprando ya las armas en Italia meses antes del golpe del 18 de julio, comenzaron a hacerla realidad). También enemigos la prensa canalla que se pliega al mejor postor, el propio don Niceto a su manera, que le vendía “cuentos de la lechera”, le aburría, le cansaba, y que, prisionero de la jerarquía católica, retiró la confianza al entonces presidente del Gobierno tras la promulgación de la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas, esa ley imprescindible para avanzar que prohibía ejercer comercio industria o explotación agrícola así como el ejercicio de la enseñanza a los religiosos, dedicando, por fin, al zapatero a sus zapatos. Esta actitud servil de don Niceto (que llegó a ceder su presidencia por culpa de sus escrúpulos y sus curas metidos en la cabeza), y la respuesta de Azaña nos valió otro legado: democracia parlamentaria plena es la que se requiere, sin que la decisión del jefe del Estado pudiera interferir disolviendo con sus decretos el Parlamento, es decir, evitar siempre que un jefe de Estado de España pueda hacer y deshacer colocándose por encima de la voluntad popular. Esto que, de hecho, nos pasa siempre que tenemos rey encima cual espada de Damocles, aunque, en apariencia, los reyes no intervengan en asuntos políticos.

Azaña metió mano también, aunque no del todo, a la economía, ya lo hemos dicho (con la reforma agraria, por ejemplo), y puso en su sitio a la Iglesia, sí; dos cuestiones clave que nunca tuvieron equivalente con los gobiernos de la Transición, ni mucho menos con el gobierno de un socialismo de 12 millones de votos y 12 años de ejercicio de poder, pero que era un socialismo rehecho a propósito para una nueva época, a medida de los intereses de la CIA, la red Gladio y norteamericanos en España. El legado de Azaña es entender, como también nos lo dice en su obra y a las claras el gran testigo y generoso maestro de alumnos futuros Max Aub: que los cambios hay que atajarlos de una vez, a tiempo y para siempre, antes de enredarnos con cadenas de leyes auto impuestas y en burocracias y remilgos, antes de que los enemigos en forma de intereses económicos (los intereses que han movido siempre el mundo) nos tiren otra vez el futuro a la basura.  En sus memorias políticas y en las de guerra nos legó el entendimiento y cómo entienden algunos el orden (como Sanjurjo antes, ahora otros personajes peligrosos que retan a muerte a los actores). El orden, ¡qué cosas! El orden que quebrantaron.

Nos lega también Azaña (aunque no quisiera decírnoslo) el saber que en este país con tanto poder en pocas manos y manos siempre manchadas de la sangre obrera, campesina, humilde, reformadora, progresista, hay mucha envidia y muchas trabas para que quien no se adapte y se sume al club de los sinvergüenza y ventajistas, para que quienes no sucumban, mueran. Para que quienes no se sumen a la ambigüedad calculada (esa de eslóganes y medias tintas que hoy nos preside y nos detiene y nos retrasa), desaparezca. Quizá, como él mismo aclara: “no puede llegarse normalmente a la cumbre del poder político y conservar la integridad y entereza del propio ser”. Pero basta no plegarse, no hacer carrera de eso de la política y no gestionar la ceguera que se pretende imponer al pueblo (para que mejor sirva dócil a la escoria), como él mismo no se plegó, para seguir, si no indemne, sí íntegro. Y eso también es un legado, una enseñanza. No fue un zorro de los que ahora se llevan en política don Manuel; quizá no fuera verdaderamente su vocación mandar sino para hacer cosas: pero esa debería ser la política. Azaña llegó a estadista y eso no se lo perdonaron. Con todo, Azaña no es la II República como nos pretenden hacer creer quienes no desean que abordemos el conjunto. Azaña fue un gran personaje de la II República que construyó con muchos otros hombres y mujeres un mejor país, que hizo lo imposible en una situación imposible y que no logró hacer entender a todos los españoles que con el golpe de Estado, la Guerra y lo que siguió íbamos a perder todos. Aún así unos hemos perdido mucho más que otros y de aquí la necesidad hoy de aclararnos.

Sí, debemos tenerlo claro, porque la derecha con creencia de legítimo derecho heredado de una masacre de lesa humanidad y de los pactos con el capitalismo previos a la muerte del dictador-verdugo está acorazada e impone silencio y olvido para sus crímenes. Y  no podemos descartar que trabaje en una III República como plan B a la monarquía caduca, sin rupturas con el franquismo y sus herencias, y dejando la Memoria y los legados positivos para la historia y para los documentales televisados en los aniversarios de su masacre. Y tanto la izquierda ambigua como la que así se denomina no siéndolo (ésa que lleva tiempo entregada, dócil), hoy auto disuelta en átomos de nada, contribuyen a destruir legados valiosos como el de Azaña. Y en éstas estamos, el pueblo ignorante otra vez, ciego, castigado y en letargo, a verlas venir, bajo la tétrica unión de cruz y corona coaligadas por los siglos de los siglos.

Un legado pues el de Azaña generoso, sabio, potente que debe traspasar los muros del pasado para hacerse presente, y otro de inocencia final: esa despedida de “paz, piedad, perdón” que los republicanos hemos aplicado y que se nos devuelve de nuevo en forma de traiciones, ya que de nuevo se nos mata, se nos liquida a las claras, se nos engaña y se nos dan alas de cera para que se derritan en el calor de nuestras esperanzas.

Cuando estamos en guerra, una guerra declarada contra el pueblo por los mismos sátrapas eternos, Verdad, Justicia, Reparación y Tercera República, son hoy el grito imprescindible que corrige la inocencia, imprescindible ante la anomalía, el desorden, la corrupción, el crimen…

Que los restos suyos, presidente, vuelvan para honrarlos y que reposen en su tierra, republicana ya, y libre ya, como reposemos todos de injusticias, y los tantos y tantos desaparecidos en la tierra de España que están en esas fosas… Que deje de ser ya ésta la tierra de Pedro Páramo, será, presidente, el símbolo de que hemos alcanzado la paz.

Una vez y otra perdimos, don Manuel,  porque “no nos ayudaron los que podían hacerlo”, como usted dijo, y porque la guerra era genocida, de exterminio, a muerte para las ideas y el progreso. Y porque no quisieron jamás construir sino sus palacios, sus paraísos fiscales lejos de la patria, sus privilegios. Pero no olvidemos que los grandes avances se consiguen a base de aparentes derrotas. No se pierde el ejemplo, y no, no se pierden las guerras para siempre. Cuando es de bien común de lo que hablamos, algo tan necesario, jamás nos daremos por derrotados.

Quizá esto no tenga remedio inmediato, pero que hay que intentarlo. Hay que volver a intentar mejorar esta España tan mal gobernada, esta España que “a pesar de todo lo que se hace para destruirla, subsiste”.


Enriqueta de la Cruz, escritora y periodista



El legado de Manuel Azaña en el 76 aniversario de su fallecimiento
  • Title : El legado de Manuel Azaña en el 76 aniversario de su fallecimiento
  • Posted by :
  • Date : 3.11.16
  • Labels :
  • Comenta con Blogger
  • Comenta con Facebook
Top