Los pactos de Madrid de 1953

 Los pactos de Madrid de 1953
EEUU no aceptó la pretensión española de que se firmara un tratado, quedándose en “pacto ejecutivo” entre gobiernos.

Eduardo Montagut | Nueva Tribuna

Pero para entender completamente la importancia de los Acuerdos firmados no se puede olvidar la cláusula secreta en la parte militar, y que en ese momento no se conoció. Ese protocolo adicional decía que Estados Unidos podía usar unilateralmente las bases en caso de una agresión comunista que amenazase la seguridad de Occidente

El día 23 de septiembre de 1953 se firmaban los denominados Pactos o Acuerdos de Madrid en el Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores español, en pleno centro de la capital. Los firmantes fueron, por parte española los ministros de Exteriores, Alberto Martín-Artajo, y de Comercio, Manuel Arburúa. Por parte norteamericana, estaban el embajador James Clement Dunn, y el presidente de la Cámara de Comercio norteamericana en España. Dos cuestiones previas al estudio de estos Acuerdos tienen que ver con el hecho de que estamos hablando de acuerdos y no de un tratado, y sobre el rango de los firmantes. Estados Unidos no aceptó la pretensión española de que se firmara un tratado, quedándose en “pacto ejecutivo” entre gobiernos. Si hubiera sido un tratado internacional habría que haberlo llevado al Senado, y se corría el riesgo de que no se aprobase, ya que algunos senadores seguían sintiendo una clara alergia hacia el régimen franquista. La Casa Blanca prefirió no hacerlo. Ese fue el primer contratiempo que tuvo que aceptar Franco. Que el rango de los firmantes por parte norteamericana fuera claramente inferior al de los españoles fue la segunda decepción. Estados Unidos dejaba claro con estos dos aspectos la situación real española en el contexto internacional.

Fueron tres Acuerdos. El primero tenía que ver con los suministros de material de guerra que Estados Unidos proporcionaría a España, que sufría un claro envejecimiento del mismo, ya que gran parte del mismo seguía siendo el empleado en la Guerra Civil, especialmente el que Mussolini terminó por dejar en España. El segundo Acuerdo trataba de la ayuda económica con créditos. Por fin, el tercero era el que regulaba la ayuda para la defensa mutua, con el establecimiento de bases militares norteamericanas en territorio español. El gobierno español autorizaba al norteamericano a desarrollar, mantener y utilizar para fines militares, juntamente con el gobierno de España, aquellas zonas e instalaciones en territorio español bajo jurisdicción española que se acordasen por las autoridades competentes de ambos gobiernos como necesarias para los fines del convenio. Pues bien, las zonas que en virtud de este convenio se preparasen para su utilización conjunta, quedarían siempre bajo pabellón y mando español, y España asumiría la obligación de adoptar las medidas necesarias para su seguridad exterior. Sin embargo, los Estados Unidos, podrían, en todo caso, ejercer la necesaria vigilancia sobre el personal, instalaciones y equipo estadounidenses. En conclusión, las bases quedarían bajo una soberanía conjunta. De ese modo, Franco puedo presentarse ante sus Cortes para presumir porque se había alcanzado un acuerdo histórico. En realidad, no le faltaba razón porque, junto con el Concordato firmado con la Santa Sede en ese mismo año, era un pilar fundamental para la supervivencia de la dictadura. Franco pudo presentarse ante España y el mundo como un adalid en la lucha contra el comunismo. El dictador aludió a que España estaba entre los objetivos de los soviéticos. En este sentido, podía relacionar esto, al menos en clave interna, con uno de los mitos fundacionales del franquismo, el que pivotó sobre la supuesta deriva bolchevique de la Segunda República, que habría provocado la reacción del denominado “alzamiento nacional”. Ahora, en plena Guerra Fría, España adquiriría de nuevo un protagonismo en esa lucha. Pero, también es verdad, que en el seno del franquismo hubo sectores de la Administración que fueron conscientes que los Acuerdos no eran tan beneficiosos y que convenía negociar para obtener compensaciones. No lo lograron, y no sólo porque Estados Unidos no estaba por la labor, sino porque para Franco ya se habían conseguido los objetivos que se había marcado: modernizar tecnológicamente las Fuerzas Armadas, la ayuda económica y, sobre todo, el respaldo para seguir en el poder, el objetivo fundamental de toda su vida, desde que fue aupado a la jefatura de los sublevados en octubre de 1936 hasta que falleció en noviembre de 1975.

Pero para entender completamente la importancia de los Acuerdos firmados no se puede olvidar la cláusula secreta en la parte militar, y que en ese momento no se conoció. Ese protocolo adicional decía que Estados Unidos podía usar unilateralmente las bases en caso de una agresión comunista que amenazase la seguridad de Occidente, sin tener que contar con la oportuna autorización del gobierno español, por lo que el supuesto éxito español de mantener el control sobre las bases no fue tal. Los norteamericanos siempre negaron que hubiera cláusulas secretas. Por su parte, era evidente que el franquismo no podía tampoco afirmar que existía esa parte secreta porque suponía una clara cesión de soberanía e implicaba a España en las tensiones y riesgos de la Guerra Fría, incluido el espinoso tema de la guerra nuclear, sin que quedara muy claro que fuera respaldada o protegida por la superpotencia. Los Acuerdos de 1953 pasaron a engrosar la lista de los mitos del franquismo en el apartado de política exterior, y que luego la historiografía ha ido desmontando uno a uno. Pero esta no fue la única cláusula secreta o no hecha pública. Durante los siguientes años se dieron muchos acuerdos de procedimiento y desarrollo de los Acuerdos, tanto sobre las Bases, como en el empleo de las armas, y en el terreno económico, que suponían en muchos casos cesiones de soberanía o, cuando menos, eran poco ventajos

Fuente: Nueva Tribuna
 Los pactos de Madrid de 1953
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