Manuel Azaña: "Todos los Españoles tenemos el mismo destino"

Manuel Azaña: "Todos los Españoles tenemos el mismo destino"
"En cuanto el Estado republicano y la masa general del país -ha dicho el Presidente de la República en su último discurso- se repusieron del aturdimiento, de la conmoción causados por el golpe de fuerza, empezaron a reanudarse aquellos vínculos que la espada cortó. Y ciertas verdades que habían sido inundadas por el aluvión, volvieron a ponerse a flote y a entrar en nueva vigencia, y, por fortuna, hoy nadie las desconoce; por fortuna, porque no se pueden infringir impunemente. Destaco, entre ellas, que todos los españoles tenemos el mismo destino. Un destino común en la próspera y en la adversa fortuna. Cualesquiera que sea la profesión religiosa, el credo político, el trabajo y el acento. Y que nadie pueda echarse a un lado y retirar la puesta. no es que sea ilícito hacerlo; es que, además, no se puede. Que el Estado, en sus fines propios, es insustituible, y no hay Estado digno de este nombre sin sus bases funcionales, cuales son el orden, la competencia y la responsabilidad". 

Vale la extensión de la cita por cuantas son la categoría y la clara justeza del juicio. En otros párrafos del discurso presidencial lo hallamos reiterado con distinta forma y en términos que vienen a convertirlo casi en tema central de aquella parte del discurso dedicada a las realidades de la política interior española. "Hace más de un año y medio -recuerda, por ejemplo, el Presidente-, en aquellos días rudísimos, cuando a política y la guerra conjugaban su silueta sombría, alcé la voz en Valencia para recordar a todos, con aprobación del Gobierno, que el Estado republicano sostiene la guerra porque se la hacen; que nuestros fines de Estado eran restaurar en España la paz y un régimen liberal para todos los españoles". Y aún añade: "El triunfo de la República no puede ser el triunfo de un caudillo ni de un partido, sino el triunfo de la nación entera, restaurada en su soberanía y en su libertad".

Porque unas clases españolas se alzaron en armas contra lo que es expresión mayoritaria de la voluntad española, se inició la guerra civil. Porque fuerzas extranjeras acudieron en ayuda de los insurrectos, surgió la guerra internacional. Siempre en torno al Estado republicano, lo mismo en cuanto es régimen legítimo y consagrado por la mayoría que en cuanto encarna los valores genéricos y permanentes de España. ¿Qué otra cosa teníamos y tenemos que hacer, pues, los españoles adscritos a la libertad y a la independencia de la Patria, sino conservarlo, defenderlo y cuidar con nuestro respeto, de que sostenga toda su firmeza sobre el fiel cumplimiento de cuantas normas legales regulan su propia existencia? Está España en guerra porque unas clases quisieron asaltarlo para uso propio. Y justamente por eso las combatimos. Como justamente por eso también ha bajado el nivel del aluvión en cuanto de nuestra parte -por espejismo que ya no se cuentan- fueron desbordados los límites del Estado. A todos nos enseñó la experiencia, que sin él, sin su mecanismo y su función, nuestro enemigo, en cuanto tuvo materialmente las ayudas extranjeras, que ya existían en potencia de producirse la subversión, nos hubiera vencido fatalmente. Y mucha subordinación le debemos aún a sus normas fundamentales para cumplir la obra que en la guerra y en la paz nos espera todavía.

Con exceso hubo quien se entregó en los primeros tiempos de nuestra lucha -y aun en los segundos- a la tarea disociadora de vincular tales o cuales resultados de la guerra a que nos obligó el enemigo en ésta o aquella corriente política o social. La realidad ya nos enseño a todos también en qué medidas erraban los postuladores de tal doctrina. El Presidente de la República -palabra autorizada; visión certera; pensamiento genérico de España- ha sabido dar ahora expresión categórica a esta rectificación que también se enlaza con la voluntad mayoritaria de los españoles.

Fuente: ABC, Madrid 26 de julio de 1938

* Este artículo recoge fragmentos del famoso discurso "Paz, Piedad y Perdón", pronunciado por Don Manuel Azaña en el Ayuntamiento de Barcelona el 18 de julio de 1938. Ver discurso completo: AQUÍ.


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