Tras la muerte de Gonzalo Puente Ojea, por Antonio Piñero.

Tras la muerte de Gonzalo Puente Ojea, por Antonio Piñero.
Día tristísimo para mí ayer, cuando un muy buen amigo, y de Gonzalo Puente (quien, si no me equivoco, los siguientes que iba a cumplir eran 92), me comunicó “que se había ido” quien durante años ha sido para mí un referente intelectual. Creo que se ha ido vencido por una profunda tristeza y sin ánimo de vivir, tras la muerte de su mujer, Pilar Lasa, y las demoledoras consecuencias que le trajo.

Ciertamente la carrera profesional de Gonzalo Puente Ojea se desarrolló en el ámbito del derecho y la diplomacia, hasta llegar al grado máximo de su carrera “Embajador de España”, función, cargo y honor que, una vez conseguido, es de por vida. Pero su impacto en el ámbito intelectual en el mundo de lengua hispana fue por otros derroteros distintos a los meramente diplomáticos y políticos (fue Subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores con Fernando Morán y Embajador de España ante la Santa Sede). Voy a obviar otros detalles biográficos que pueden encontrarse en diversos lugares en Internet, y explicaré el porqué de mi admiración personal y científico –en terrenos de la historia, sociología, filosofía, orígenes de la religión, Jesús de Nazaret y orígenes del cristianismo– hacia él.

En primer lugar por su inmensa honestidad intelectual. Fue en su juventud un fervoroso “Propagandista” de los fundados por el Cardenal Herrera Oria. Pero cuando le llegó la edad de una más profunda reflexión, se planteó decididamente las bases de sus creencias religiosas. Buscó y buscó. Leyó ávidamente todo lo que pudo, y creyó encontrar la clave de su vivir en dos direcciones: profundizar en el sentido de la historia leyendo no solo bibliografía meramente histórica, sino ante todo filosofía, y profundizar en los orígenes de la religión y en concreto de la suya, el cristianismo. Las dos direcciones le proporcionaron una base sólida para interpretar muchas y variadas facetas del hombre occidental.

Quedó convencido Gonzalo Puente que la mejor herramienta para comprender la historia era el materialismo dialéctico, siguiendo la estela de Marx y de Engels. Pero no fue nunca un fanático en su aplicación exclusivista. Y para entender la religión, creyó encontrar un venero seguro en la filología-teología alemana de principios del siglo XX, en la estela de R. Bultmann y su entorno. Y cuando creyó que podía explicar a las gentes su interpretación de la historia del cristianismo primitivo y de su ética y política, escribió en 1973 o 1974 –cuando aún vivía Franco y la libertad intelectual podía costar cara– un libro impactante: “Ideología e Historia. El cristianismo como fenómeno ideológico”, y luego “El fenómeno estoico” (no sé si es este su título exacto).

Sobre todo el primer libro de esos dos me impactó soberanamente, pues –aunque conocía bastante bien esa teología alemana por haber hecho gran parte de mi tesis doctoral en Heidelberg, bajo la sensata dirección de Hans Freiherr von Campenhausen (y en Madrid, bajo la brillantísima égida de Luid Gil)– el libro me pareció iluminador cuando vi que toda esa teología se aplicaba, ante la gente atónita, a esclarecer ante el público en lengua hispana la figura de Jesús y del primitivo cristianismo. Y aquí viene lo de la honestidad intelectual: dado el momento en el que se publicó el libro fue un acto de valentía enorme, que le costó muchos disgustos (y también no pocas alegrías de gente que lo valoraron justamente). Desde que leí “Ideología e Historia”, mi vida intelectual cambió, porque se fortalecieron enormemente los puntos de vista que yo solo y tanteando en la oscuridad me había ido formando lentamente. Fue como un libro de cabecera que me robusteció. Luego leí todos los libros de Gonzalo.

Y, en segundo lugar, tenía un enorme respeto por Gonzalo, por la sensatez, la profundidad de su análisis, por el ansia de aprender y de profundizar en todo lo que tocaba intelectualmente, por la pausa con la que leía y anotaba, por su capacidad de asimilación, por el orden y claridad de sus ideas y por la capacidad dialéctica, límpida, para discutir esas ideas laboriosamente conseguidas entre los que pretendíamos ser sus pares, sin conseguirlo, y abordar otros problemas intelectuales en torno a la política, la sociología y la historia reciente de España.

Así que siempre consideré a Gonzalo Puente un pionero, el arriesgado primero, el que abría senda, el que portaba la luz que abría el camino en la niebla, el que en serio roturó el campo aún en barbecho del análisis crítico de la religión, de los evangelios, de la figura de Pablo, el dotado de una capacidad de análisis independiente, noble, valiente, a veces arriesgado, que reconocía con sinceridad cuáles eran sus fuentes, que no aceptaba ningún argumento sin profundizarlo y debatirlo… y el que exponía sus conclusiones pese a la posible estigmatización que la manifestación de su libertad le iba a ocasionar.

Por estas y otras razones parecidas he estimado muy profundamente a Gonzalo Puente Ojea como uno de mis más brillantes maestros intelectuales que he tenido. He disentido de él en diversas perspectivas, pero siempre con respeto a sus argumentaciones. Esa disensión también me iluminó…, aún más. Abrió un camino que, para mí, aún no está del todo explorado. He olvidado sus defectillos, que todos tenemos, o defectazos, y ahora me quedo con el recuerdo de lo bueno. Y como dice Sebastián Vázquez, editor ilustre de libros que han abierto también caminos en campos de la historia, de las religiones, de la gnosis, de la afición por la egiptología: “Con la muerte de Gonzalo Puente hemos perdido uno de los pocos que eran de verdad de pensamiento independiente en España en materia de religión. Tan pocos que cabían todos en un taxi”. Ha quedado un hueco en ese vehículo y es una gran tristeza.

Saludos cordiales de Antonio Piñero

Antonio Piñero es Licenciado en Filosofía Pura, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega. www.antoniopinero.com

Tras la muerte de Gonzalo Puente Ojea, por Antonio Piñero.
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  • Date : 12.1.17
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