Fernando Valera: "No todos fueron culpables"

Fernando Valera: "No todos fueron culpables"
Atalaya de la historia: No todos fueron culpables. Por Fernando Valera

Hasta a la prensa de Estados Unidos ha trascendido la polémica en que se ocupan los periódicos de España, removiendo la sangre derramada durante la guerra civil por el terrorismo revolucionario de uno y otro bando. "Los fantasmas de los muertos ladran hoy de nuevo a Santiago Carrillo, a quien la propaganda fascista atribuyó en su día la matanza de Paracuellos", leo en un periódico americano. En vano el Secretario General del Partido Comunista español, como tantos otros de sus compatriotas, se afana por dejar atrás las alucinaciones de la guerra. "Enterrad de una vez a vuestros muertos", se oye decir a veces a las nuevas generaciones que no vivieron aquellos horrores; pero los espectros vuelven siempre, en cuanto se remueve un poco la tierra en los inmensos osarios de los mártires insepultos. Y es que la guerra de España, como drama de dimensión universal, no puede ser enterrada en la conciencia atormentada de la humanidad mientras no sea reparado el inmenso crimen cometido con España. Y no vamos camino de ello.

Claro es que yo ni creo ni quiero creer que Santiago Carrillo tenga responsabilidad directa alguna en la matanza de Paracuellos, como parece sugerirlo el historiador franquista Ricardo de la Cierva, cuyo padre, el insigne inventor del autogiro, fue fusilado allí en la madrugada del 7 de noviembre de 1936. "Nada sería más grato para mí que poder convencerme de que el señor Carrillo no es el asesino de mi padre". Carrillo no quiso contestar a esas insinuaciones, porque para hacerlo debidamente, además de negar el hecho, tendría que desenterrar a los docientos mil muertos que fueron ejecutados después de la guerra civil y evocar a los otros muchos millares de españoles asesinados en la zona franquista durante la contienda.

Yo no quiero entrar en ese certamen de atrocidades. En la guerra de España no hubo ni más ni menos ferocidad que en todas la guerras civiles, en todos lo tiempos y latitudes. Lo que no acepto, lo que rechazo indignado, por insincero, y porque para mi constituye la prueba de que el espíritu de facción no ha desarmado todavía, es el argumento de "más eres tú"; lo que no puedo dejar sin respuesta es ese grito del señor De la La Cierva, cintado por James M. Markham en reciente crónica del "International Herald Tribune", de 12 de enero: Todos fuimos asesinos.

Como recurso también aquel otro slogan, igualmente inaceptable, con que mi amigo y compañero de candidatura en las elecciones a Cortes de 1936, Juan Simeón Vidarte, titula su por otra parte excelente y bien documentado testimonio de su guerra en España: Todos fuimos culpables.

No. Es muy cómodo consolarse ahora, diluyendo con dimensión universal la culpa y el arrepentimiento, adoptando el epifonema de Alberto de Lista: "Llorad, humanos; todos en él pusisteis vuestras manos". Es muy cómodo, pero inexacto e inaceptable. Porque en el caso de España hubo quienes no fueron asesinos, a pesar de estar sumergidos en la epidemia de criminalidad que invade toda sociedad inmersa en una guerra civil, ni fueron tampoco culpables de haber acumulado la leña del odio fraticida que necesariamente había de desencadenar el incendio. Si muchos de los que ahora se percatan, con cuarenta años de retraso, de que existen unas normas de convivencia civilizada propias del hombre libre, lo hubieran comprendido así en 1936, cuando los republicanos presididos por don Manuel Azaña preconizaban una política de paz, basada en el estricto acatamiento a la Constitución, probablemente no habría habido ni sublevación militar, ni revolución social, ni intervención extranjera, ni cuarenta años de implacable dictadura.

No más que veinte días antes del 18 de julio, en el Congreso de Unión Republicana que presidía don Diego Martínez Barrio, pronunciaba yo un emocionado discurso que electrizó al Congreso, exorcisando el fantasma de la guerra civil inminente, con invocaciones a la fraternidad nacional, y a la paz ciudadana, frente a las veleidades de la dictadura fascista que apetecían los precursores y maestros a Adolfo Suárez, secuaces entonces y futuros aliados de Hitler y Mussolini, y frente a las amenazas de dictadura del proletariado y dependencia de Moscú que entonces propugnaba con ardor juvenil Santiago Carrillo.

Hubo, pues, quienes no fuimos culpables. Hubo además quienes, no sólo no fueron asesinos, sino que se batieron con heroísmo de que los historiadores no parece que se hayan dado cuenta todavía, execrando en zona republicana el terrorismo revolucionario, para poner coto a las andanzas de los criminales incontrolados.

Y no deja de ser abominable que a la hora de la reconciliación y el olvido parece como si existiera una especie de acuerdo tácito entre los antagonistas de ayer para eliminar de la escena de la historia y marginar de la renaciente democracia a quienes no fueron ni culpables ni asesinos: a los republicanos.

París, enero de 1977

Fernando Valera Aparicio
Presidente del Consejo de Ministros de la República Española en el exilio

Artículo publicado en el periódico El Tiempo, de Bogotá, el sábado, 29 de enero de 1977 
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