Fernando Valera: Nosotros, los republicanos

Fernando Valera: Nosotros, los republicanos
Al decano de los republicanos perseguidos, don Régulo Martínez, 
con cariño, admiración y respeto.

Fernando Valera Aparicio

La República es el más avanzado y noble de los regímenes políticos, empleo la palabra en su legítimo significado: política, arte de vivir en ciudad, es decir, en una sociedad de hombres y mujeres libres regidos por leyes justas. Ya sé yo que muchas gentes aborrecen la política, unas veces porque son bárbaros, incapaces de convivir libremente; otras, porque llaman política al arte de embaucar los charlatanes a las personas sencillas e ingenuas. Pero aquí hablamos de verdadera política, de la que tiene por fundamento la libertad; por norma, la justicia; por instrumento, la ley y por resultado, la paz.

Ahora está de moda situarse más allá de la República. Muchos que estuvieron siempre más acá, suelen poco menos que ostentar cierta conmiseración, cuando no aborrecimiento, hacia los republicanos. ¿Qué han hecho los republicanos? Tanto hicieron que ellos han podido dar de lado a sus rancias costumbres clericales y burguesas, a las que habrían seguido mansamente apegados si la República no les hubiera sacudido la conciencia.

Nosotros, los republicanos, fuimos durante medio siglo, la restauración monárquica en España, una llama viva de rebeldía ciudadana; una llamita pequeña quizás, pero la única brillante y fija que alumbraba en el horizonte. A raíz de la restauración canovista que suplantó a la I República, cuando la sociedad española parecía resignada a soportar para siempre la siniestra trilogía en la que la monarquía se apoyaba: caciquismo, clericalismo y militarismo, nosotros, los republicanos, combatíamos el fanatismo religioso, fundábamos escuelas laicas, proclamábamos los derechos humanos, defendíamos la justicia social, y pasábamos en todas partes por bichos raros a causa de nuestra activa independencia espiritual y ciudadana.

Acaecieron las grandes catástrofes de 1898, en que se hundían los últimos vestigios del Imperio de España. Mientras el pueblo, sus pastores y sus perros se embarcaban confiadamente en la empresa de las grandes guerras coloniales, para imponer por majeza a los isleños nuestra tontuna peninsular, éramos los republicanos quienes pedíamos por boca de Pi y Margall la autonomía de las islas como lazo de libertad que las hubiera mantenido unidas a la patria española.

Nosotros, los republicanos, fuimos durante el reinado de Alfonso XIII la agitación de cuanto había de conciencia viva en el país, frente a la francachela palatina, frente al militarismo africano, frente a la invasión frailuna, frente al pretorismo civil y social, frente a la dictadura, la dictablanda y el constitucionalismo continuista.

En tanto que el país aceptaba resignado la dictadura de 1923-30, nosotros, los republicanos, encarnábamos la conspiración, la rebeldía, la dignidad ciudadana, mientras a nuestra izquierda no faltaban eminentes líderes obreros que, a pretexto de defender los intereses de la clase trabajadora, se insinuaban subrepticiamente en las estructuras del régimen dictatorial. 

Nosotros, los republicanos, en fin, hicimos una democracia. ¿Para qué ha servido? Para despertar a un pueblo. El día 18 de julio de 1936 tuvo lugar la más amplia, la más audaz, unánime y violenta sublevación militar que conoce la historia. Sin los cinco años de ejercicio, más o menos perfecto, de la democracia republicana, el pueblo habría inclinado la cabeza bajo el yugo. Y si en la jefatura del Estado hubiera habido un rey, los sublevados habrían llegado ante las escalinatas del trono para recibir la consagración triunfal de su crimen, como había sucedido tantas veces en España. Y a pesar de su heroísmo, el pueblo habría sucumbido desde el primer día ante la tiranía castrense, como sucumbió en Zaragoza, en Sevilla, en La Coruña y en tantas otras ciudades.

Y para someter al pueblo que, como en 1808, defendía la independencia, la dignidad y la soberanía nacionales, fue menester la confabulación de la traición interior con la perfidia extranjera, formando contra la República la más siniestra y descomunal alianza "que vieron los siglos pasados, ni esperaban ver los venideros": las boinas rojas de los requetés católicos enlazadas con las chilabas de los rifeños musulmanes y con las mochilas de los legionarios ateos y apátridas del Tercio Extranjero; los fascios de Mussolini, las cruces gamadas de Hitler, los dólares de los petroleros americanos, la intervención descarada de los imperios totalitarios y la no intervención hipócrita de las grandes democracias cobardes y envilecidas...

Nosotros, los republicanos, sabíamos que al armar al pueblo se iniciaría fatalmente la gran revolución española. Y lo armamos. Nunca nos acobardó el ideal revolucionario. Quizás nadie tan preparado como los viejos militantes republicanos para sobrellevar alegremente los sacrificios y austeridades que toda revolución exige; de antiguo estamos acostumbrados a vivir en la austeridad y el sacrificio. Habríamos querido, eso sí, ahorrar a nuestro país la tragedia del tránsito doloroso a la sociedad nueva; habíamos soñado implantarla por vía de paz y alumbrar evolutivamente una era de justicia social, sin dilapidar las riquezas de la nación en una guerra estúpida, cruel e innecesaria. No pudo ser. El intento de implantar la justicia social hubo que apagarse, en vano, al precio de la ruina económica de una generación, más la sangre y el dolor que no tiene precio.

La República y la revolución fueron vencidas; pero en el corazón del pueblo quedó grabado para siempre el convencimiento de que la República es el más bello de los ideales políticos, y España el país más desgraciado de la tierra.

Durante la guerra -que no quisimos- los republicanos cumplieron con su deber, luchando, sufriendo y muriendo por la libertad. Y lo que es más importante todavía; la ferocidad inherente a toda contienda civil no apagó en sus almas la lámpara de la piedad humana; a lo largo de los tres años de guerra, nosotros, los republicanos, seguimos exigiendo a la sociedad revolucionaria el respeto a la dignidad e integridad del ser humano. Sin hombres y mujeres libres, todas las formas sociales son retardatarias, injustas y, además, condenadas a la ruina; porque el ser humano libre, es la invención, la iniciativa, el progreso.

Por eso, durante los tres años de guerra feroz y durante los casi cuarenta de silencio implacable, en España o en el destierro, nosotros, los republicanos, hemos seguido proclamando el respeto al ser humano y el culto a la libertad, y enseñando que sin piedad, sin amor, sin tolerancia y sin ternura toda revolución está condenada a hundirse en el pudridero infecto del crimen -social o estatal-, padre de la tiranía.

A la izquierda de los republicanos no hay ni puede haber nada. Ninguna aspiración revolucionaria o progresista pasará de ser una utopía infecunda, si no se apoya en las cuatro columnas fundamentales del estado republicano: el ser humano libre, la nación independiente, la sociedad justa y solidaria y el pueblo soberano.

Y en cuanto al intento de instaurar, sin el consentimiento previo de la soberanía nacional, una monarquía que por razón de su nacimiento se ha de convertir necesariamente, una vez más, en absoluta, nosotros los republicanos, nos atenemos a la doctrina y conducta de aquel republicano ejemplar que fue Simón Bolívar, cuando escribía: YO NUNCA ME DEGRADARÉ HASTA EL TRONO.

Y glosando las palabras de don Emilio Castelar, la voz más elocuente que ha tenido la democracia en lengua española, nosotros, los republicanos, repetimos: JAMÁS SERVIRÉ A LA MONARQUÍA, AUNQUE AHORA SE MUESTRE EN CONCORDIA CON LA DEMOCRACIA; PORQUE , SI LA MONARQUÍA NO ME EXCLUYE DE SU SENO, ME EXCLUYEN LA HISTORIA, EL HONOR Y EL PATRIOTISMO. 

París, 10 mayo de 1978

Fernando Valera Aparicio
Ex Presidente del Consejo de Ministros de la República Española en el exilio




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