La revolución española de la II República

La revolución española de la II República
Manuel Díaz Povedano*

Las cuestiones finiseculares con las que se enfrentó el régimen republicano del 14 de abril de 1931 giraban en torno a varias cuestiones, como: la militar y/o marroquí, la social o agraria, la religiosa y la regional y/o territorial. Todas ellas sin solución emergían compulsivamente en la cotidianidad española y, cómo no, acabaron atrapando en su dialéctica a la II República.

Ya en 1873, José Mesa y Leompart, en una carta a Engels, dejó dicho que todo esfuerzo por avanzar de forma inmediata hacia una revolución proletaria en España concluirá en una matanza. La bolchevización de la izquierda y la fascistización de la derecha llevarán a la catástrofe final. Los dos oponentes que Azaña denominaba reaccionarios y revolucionarios serían los protagonistas.

Los republicanos eran el Partido republicano radical de Lerroux, el Grupo de Acción republicana de Azaña, el Partido radical socialista de M. Domingo, la derecha liberal republicana de Alcalá Zamora. También estaban la Acción republicana de Maciá, el Estat Català de Aiguader y la Federación republicana gallega de Casares Quiroga formaron una alianza republicana en agosto a la que en octubre se sumaron el PSOE y la UGT. De esta alianza surgió el comité revolucionario que pasó de la cárcel a ser Gobierno provisional. El triunfo abrumador de las candidaturas republicanas hizo que el Rey hiciera mutis por el foro como ocurrió con Isabel II en la Gloriosa de 1868. Otro Borbón a la fuga.

Es significativo que entre las primeras leyes hubiera que sacar una de Defensa de la República en octubre de 1931, en vigor hasta 1933. La Constitución de diciembre de 1931 reguló las cuestiones pendientes. En la contradicción Iglesia y Estado la República abordó la cuestión religiosa orientándola por la vía del asociacionismo del Art.26. El Estado, según Art.3, no tiene religión oficial. Respecto a la reforma agraria, Arts. 44 y 47, asignatura pendiente porque las desamortizaciones habían consolidado una patronal católica agraria que no estaba dispuesta a repartir ni la tierra ni el trabajo, optó por la expropiación de la tierra. Y aunque la reforma militar abordada en la llamada ley Azaña de reducción de mandos posibilitaba una generosa reserva a los que no quisieran jurar el nuevo régimen, las conspiraciones para acabar con el régimen republicano efectivamente fueron recurrentes «ab initio». La cuestión regional se abordaba abierta a Estatutos de Autonomía.

De 1931, período constituyente, pasamos al bienio progresista hasta 1933. La República legisló como si no hubiera un mañana. Seguirá el llamado bienio negro, de 1934 a 1935, caracterizado por la puesta en cuestión y revisión de todo lo legislado en el período anterior o reformista, especialmente la educación, la reforma agraria, la reforma militar. La revolución en Asturias y en Cataluña fue derrotada en un ensayo de lo que vendría después.

Aún hoy, en 2017, hay quienes quieren revisar la legalidad de las elecciones de febrero de 1936. Es cierto que la mayoría se consiguió por escaso margen en diversos municipios. Es verdad que se habló de fraude en la comisión montada por Serrano Suñer en diciembre de 1938. Pero la ley electoral vigente premiaba a las mayorías. Así ganó el Frente Popular con el voto incluso de los anarcosindicalistas, y esa fue la gota que colmó el vaso. El camino al golpe de Estado definitivo era ya inexorable y su fracaso inicial nos conduciría a una larga y cruenta Guerra Civil. Ni paz ni perdón, como quería Azaña, fueron posibles. No bastó con no tener las manos manchadas de sangre.

Sin aliento en una carrera frenética, sabedores de que se les acababa el tiempo la República abordó el período de reformas más profundo que jamás se había intentado en el menor tiempo posible. Por el contrario, la reversión pendular de las reformas al statu quo ante y la posterior dictadura de Franco las desmontarían definitivamente por más de cuarenta años. Incluso se rozó el esperpento tragicómico y cruento de imputar el delito de rebelión a los leales al régimen constitucional establecido por los rebeldes victoriosos. Así se instruyó la Causa General. El nuevo régimen venía para quedarse.

Pero seamos críticos. En 1931, un ambicioso programa de reformas y una intensa carga de idealismo pugnó por la regeneración del país. Había que hacer mucho porque el tiempo apremiaba o porque antes se había hecho poco. Este idealismo fue, a la vez, la gloria y la perdición de la República. No puede implantarse un cambio fundamental de la noche a la mañana sin la utilización radical de la fuerza. Revolucionarios y reaccionarios. La resistencia de muchos intereses creados, la impaciencia por el largo debate parlamentario y el subsiguiente proceso legislativo contribuyó a la exasperación social. La incertidumbre, la tensión y el conflicto, inevitables, darían al traste con la revolución española. La dictadura de Franco revertiría finalmente lo andado, dejándolo todo atado y bien atado.

Pero esa es otra historia.

Manuel Díaz Povedano
Presidente del Foro Ciudadano para la
Recuperación de la Memoria Histórica de Andalucía

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