Estamos aburridos

Estamos aburridos
Paco Bello | Iniciativa Debate

Aburridos de todo. De la desigualdad, de la hipocresía, de la manipulación, de la represión legal y física, de nuestra impotencia, del precipicio al que caemos, de las noticias, de la economía, de la degradación institucional, de la corrupción sistematizada, y hasta de nuestro propio aburrimiento y de nosotros mismos.

Demasiados años mamando consideración, acomodación y “buenismo”, y metiéndonos por vena que es normal que unos lo tengan todo (incluyendo derechos y privilegios), y la mayoría no tenga más que un porvenir de sacrificio/s. De tan tan tan demócratas, parecemos campanas.

Se ve que ya no recordamos que democracia es “gobierno del pueblo”. Y que en base a esto, no resultaría demasiado normal que un pueblo legislase y acordase un modelo en perjuicio de las mayorías de las que forma parte. Así que algo está fallando de forma evidente. Claro que incluso los que somos conscientes de que esta es la dictadura del embauco, acabamos comportándonos en la práctica como si todo fuese normal, y las instituciones del Estado mereciesen el mismo respeto que en una democracia de verdad.

¿Quién no ha soñado que entraba en el Congreso y sacaba a gorrazo limpio a todas esas sanguijuelas que solo viven de la política o a los corruptos que deciden lo que ellos dicen que nos conviene sin consultarnos? ¿Quién en los momentos de lucidez no los pondría en la picota? Y que nadie se escandalice, porque ellos están costando muchas vidas y mucho sufrimiento, aunque son tan rastreros y cobardes que se disfrazan (y los disfrazan) de racionalidad, circunstancias, enfrentamiento y responsabilidad.

Los mismos que piden sacrificios mientras viven agasajados y despreocupados, y que no satisfechos con que sus mecenas posean todos los medios de comunicación de masas; envían a opinadores pagados hasta a los foros y las redes sociales para que sigamos tragándonos este absurdo tercer acto de su tragicomedia para inocentes. Los mismos que eliminan la poca protección que tenían los desfavorecidos. Los mismos que protegen a los grandes delincuentes con indultos y leyes. Los mismos que hacen tantas cosas son los que hablan de antisistemas y radicales, y hablan de democracia sin que se les descuelgue la mandíbula por el peso de su desfachatez.

Pero estamos hartos de intentar cambiar la situación chocando contra nuestra inexperiencia, y estamos desmoralizados tras tanto intento sin resultado. Y es más que normal. Lo que no sería tan normal es que nos la volvieran a colar para acabar de destruir nuestra ya débil esperanza.

Este sistema está muerto para los y las de las mayorías y ya no valen parches. Todo en él está sucio, y todos los aparatos que han participado de él y con él, están manchados. Desde los tres poderes y pasando por sus medios de comunicación, hasta acabar con los partidos tradicionales sumados a esta farsa, y de los que, candorosamente, aún hay quien espera algo por más hostias que nos den.

Puede que estemos condenados a ser parias. Pero si hay algo que hacer, lo que tenga que venir no podrá jamás, por pura lógica, ser transformador y revolucionario si lo promueven las personas que han estado implicadas en el desarrollo de este guión, o si se reproducen esquemas patriarcales o jerárquicos. Tampoco si los que deciden mostrarse solo pretenden salvar su culo de colores, o si acaban diciendo que “sus ideas no son ni de izquierdas ni de derechas, sino de gente honesta”. Es honesto el asesino que asegura que le gusta asesinar, y lo importante no es salvar tu sector, tus ingresos o tus condiciones laborales, sino entender que o nos salvamos todos y todas, o aquí no se salva nadie. Las ideas pueden ser ni de izquierdas ni de derechas, porque las ideas no tienen dueño, pero poco nos importa la honestidad si no son ideas con origen y destino solidario.

Se trata de respeto e igualdad de verdad. Se trata de que no se puede considerar normal un mundo en el que unos lo tengan todo y se sientan satisfechos y legitimados, mientras a una gran mayoría le dé igual morirse mañana. Se trata de que la recompensa por la dedicación o la valía sea la propia satisfacción, o adicionalmente el agradecimiento y reconocimiento de esa sociedad beneficiada. Se trata de poner límites a la codicia por muy totalitario que parezca (en un análisis mínimamente profundo no lo es por mucho que nos hayan manipulado, sino todo lo contrario). La honestidad, aunque nunca está de más, para el caso se la pueden meter por donde la espalda pierde su nombre. Muchas personas lo que queremos es un mundo sano. Pues un mundo donde el poder está concentrado en pocas manos, y en el que cada cual va a lo suyo; es un mundo enfermo.

O vamos todos a una en un proyecto dispuesto a romper las reglas del juego, pero utilizando el único y pobre cauce democrático que nos han dejado, o todo seguirá igual por mucho que a veces, tras mucho luchar, consideremos que hemos obtenido alguna victoria mucho más aparente que práctica, y que será contrarrestada con medidas paralelas que nos dejarán en una posición peor que la de partida.

O vamos todos a una en una acción contundente y estudiada en la que por fin demostremos nuestro hartazgo (como esta), y pongamos patas arriba este sistema podrido o todo seguirá igual, porque ir a que te den dos palos para después marcharte a casa con ellos y una denuncia, no solo es poco útil, sino poco astuto. Si los recibes, al menos que merezca el daño.

O vamos todos a dejar de protestar de una vez, y asumamos que estamos amaestrados. Y recemos mucho o confiemos en que una catástrofe o un evento de la metafísica lo resolverá. Y seamos sumisos, sacrificados, esforzados, y agradezcamos tanto la disciplina como la caridad, o simplemente sigamos mirándonos al ombligo creyendo que a nosotros no nos tocará o que podemos hacer la guerra por nuestra cuenta. Y vayámonos acostumbrando a ser lo que quieren que seamos: la mercancía barata que da sustento a su bienestar. Aunque también podemos seguir apelotonándonos de 18:00 a 20:00 horas en el centro de la ciudad 10 veces al año, tras mucho comprobar que ese tiempo ya pasó, y aunque al final acabemos confundiéndonos con las procesiones o pasacalles de cualquier festividad religiosa o pagana.

Estamos aburridos de todo, sí. Y tenemos muchos motivos. Pero nos conviene olvidarlo y ponernos a hacer algo por nosotros mismos, unidos, y pensando en los demás: o estamos jodidos.

Artículo publicado en Iniciativa Debate el 19 de marzo de 2013 
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