La razón de la sinrazón, por Fernando Valera

Fernando Valera
Atalaya de España. 

La Razón de la sinrazón, por Fernando Valera.

Parece como si cierta prensa que pasa por ser portavoz de las izquierdas en el mundo occidental -por ejemplo Le Monde, Le Nouvel Observateur y hasta el Herald Tribune- estuvieran empañados en ambientar el restablecimiento de una Monarquía en España. Naturalmente, sin consulta previa a la voluntad del pueblo español que es quien habría de sufrirla. Bien está que las revistas aristocráticas o los periódicos de sensación y escándalo que hacen las delicias de porteras y comadres se complazcan divulgando -y divulgar es siempre una manera de vulgarizar, es decir, de rebajar al nivel del vulgo lo que se comenta-, divulgando, digo, las hazañas, picardías, enredos, esperanzas y decepciones de los cien príncipes y reyes tronados y destronados que frecuentan las playas y casinos de moda; pero lo que no acertamos a comprender es que revistas y periódicos que pasan por ser oráculos y mentores de la izquierda intelectual den en la misma manía de hinchar la exigua personalidad política e histórica de los diversos pretendientes a la Corona de España.

Désele al pueblo español la opción que meses atrás se lo ofreció al pueblo griego, y se comprobará de manera rotunda que a España le salen por una friolera todos los reyes habidos y por haber, por lo menos desde que con Isabel y Fernando se acabaron, hará pronto cinco siglos, los últimos monarcas de estirpe nacional, para dar paso a las dinastías extranjeras de Austrias y Borbones.

Mal servicio prestan a la causa de la libertad y de la paz futuras de España los informadores extranjeros que, sea por miopía intelectual, sea por cinismo interesado, crean artificialmente, mediante la hábil selección de informaciones y silencios, la imagen deformada e irreal de un pueblo español contexto con la tiranía e ilusionado con que sus estructuras se perpetúen a la muerte del Caudillo mediante una Monarquía impuesta, impopular, ilegítima y anacrónica.

Cualquier acontecimiento instrascendente, sea por ejemplo un banquete de cortesanos en Estoril, congregando en torno al Pretendiente Don Juan unas docenas de comensales que sólo se representan a sí mismos, llena las columnas de la prensa, las ondas de la radio y las cámaras de televisión, y se convierte así en gran noticia. En cambio, no es noticia, y se silencia por no serlo, que el Presidente del Gobierno Republicano en Exilio se reuniera el año pasado en México, juntamente con el Presidente mexicano, en un banquete popular al que concurrieron dos mil quinientos comensales, y otros tantos que se quedaron fuera por falta material de espacio, para conmemorar el aniversario de la instauración de la Segunda República Española; o que este año, con igual motivo, el Ministro del Gobierno Republicano, Dr. Rivacoba, presidiera en Buenos Aires otro ágape de más de mil quinientos compatriotas,  muchos de ellos representativos de círculos y sociedades hispánicas que agrupan en América a cientos de miles de emigrados políticos, económicos o ambas cosas a la vez. Verdaderos plebiscitos de la España Peregrina, que a cualquier observador sagaz e imparcial le servirían para tomar el pulso de la España Silenciosa.

Hace casi cien años que D. Emilio Castelar afirmaba: "el pueblo español es el más democrático del mundo". Yo añadiría hoy que también el más republicano. Ningún pueblo ha vertido en nuestro tiempo tanta sangre como el español en defensa de sus libertades democráticas y republicanas, una y otra vez secuestradas desde 1812 por la rebelión de las castas dominantes del país y por la intervención extranjera.

Años atrás el ilustre filósofo español, católico y monárquico, D. J.C. Aranguren -destituído de su cátedra por el General Franco- en un notable informe que si mal no recuerdo difundió la Fundación Rockefeller, reconocía notablemente, lamentándolo, que en España no había apreciable opinión monárquica, ni siquiera en el Ejército. Si la hubiera habido, como algunos cortesanos suponen, hace más de treinta años que el general Franco no seguiría profanando el Trono de San Fernando. Es evidente que la clase obrera, los intelectuales, las nuevas generaciones y una buena parte de de la Iglesia son republicanos. Luego, deducía el insigne profesor de filosofía, con una inconsecuencia que habría dejado boquiabiertos a Aristóteles, a Santo Tomás y a Don Julián Besteiro, profesor éste de Lógica en la Universidad Central de Madrid, y fallecido en el presidio de Carmona-: "La salida natural del régimen franquista, será la monarquía". 

Alguna vez he pensado que acaso el profesor Aranguren formulaba, no una consecuencia lógica, sino un sarcasmo; o quizás querría estigmatizar con una paradoja unamunesca el absurdo pragmatismo que preside la política contemporánea. No sé; lo que sí me parece evidente es que le han salido al profesor Aranguren no pocos discípulos, tanto en la prensa extranjera, como entre los adalides de esas Juntas, Contrajuntas, Plataformas, Alianzas, Conferencias y Movimientos democráticos alboreantes en España, que pretenden conciliar lo irreconciliable, buscándole a la dictadura totalitaria la salida democrática de una Monarquía instaurada o restaurada sin previa consulta a la voluntad de la nación.

Esa manera de razonar me recuerda aquellos circunloquios de Feliciano de Silva que hacían las delicias de Alonso Quijano, cuando se iba gestando en su mente de esquizofrénico la trasmutación del buen hidalgo manchego en le ingenioso Caballero de la Triste Figura: "La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura". 

Veamos unos cuantos ejemplos. No ha mucho que D. Santiago Carrillo ratificaba en MUNDO OBRERO, con rotundidez que nos satisface, y a él le honra, que el Partido Comunista Español sigue siendo republicano y que votará y apoyará la forma republicana de gobierno en la futura democracia española. En una encuesta publicada en Madrid, donde se recoge el contraste de pareceres de una treintena de personalidades de la oposición visible al régimen -no me atrevería a decir consentida por el régimen-, la inmensa mayoría de los consultados , ex-falangistas, democristianos, socialistas, comunistas, leaderes obreros, confiesa sus preferencias y las del pueblo español por la República, siquiera uno solo de ellos, el socialista Pablo Castellanos, digámoslo en su honor, se ajusta a los rigores de la lógica aristotélica y se proclama, como socialista insobornablemente republicano.

Más aún, en el último banquete de Estoril en que Don Juan de Borbón el Indeciso se atrevió (¡al fin!) a denunciar la Monarquía franquista que personificará su hijo como una usurpación de la soberanía nacional, sentábase a su derecha un señor Lobato que confesó ser republicano, y a su izquierda un señor Casanova que se presentaba como representante de los republicanos de Cataluña... Y es que hay en cuantos se atrevieron a facilitar la salida de la tiranía a través de una restauración monárquica previa a la consulta de la voluntad popular, una especie de pudor inconfesado, un complejo de pecado, un remordimiento de conciencia que en vano pretenden aplacar mediante la tímida confesión de su fe republicana.

Y yo digo, pues si todos son tan republicanos como dicen, y si el pueblo español también lo es, ¿no sería harto más lógico, consecuente y realista -realista de realidad, no de realeza- que se decidieran de una vez a impulsar un movimiento de opinión republicana y a crear el clima democrático y liberal que contagiaría irremisiblemente a las fuerzas armadas y las arrastraría hacia el cumplimiento de su deber? El deber de rescatar y devolver al pueblo la soberanía nacional secuestrada.

Un deber que es también una deuda de honor que el Ejército tiene contraída con la historia y con España, desde el 18 de Julio de 1936, en que una fracción de jefes y oficiales se alzaron en armas contra el Gobierno legítimo (porque creían, quizás honrada, pero a mi juicio erróneamente que éste estaba aparejando los caminos de la dictadura comunista), pero proclamando solemnemente que respetarían la Constitución y la República, como único régimen representativo de la soberanía nacional.

La guerra civil, en mal hora desencadenada, no se cancelará, hasta que se cumpla ese compromiso histórico y se constituya un Gobierno de paz y reconciliación nacional, bajo la bandera y la Constitución de la República, que consulte la voluntad actual del pueblo.

Así lo pedía también en su histórico testamento José Antonio Primo de Rivera, horas antes de morir, cuando el hombre tiene necesidad de hacer oír ante Dios y ante la historia la voz de su conciencia.

Fernando Valera

París, Julio de 1975




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