Revolución francesa y laicismo

Revolución francesa y laicismo
Eduardo Quiro

La toma de la Bastilla en Francia, un 14 de julio de 1789, hace casi exactos 228 años atrás, marcó el inicio del triunfo de la denominada Revolución Francesa contra la monarquía absoluta, que en ese entonces tenía a Luis XVI como rey. El efecto se fue sucediendo a través de los pueblos, quemando títulos de esclavitud, de tierras, caducando los títulos hereditarios y, de paso, dando fin al feudalismo imperante.

Así, entre tantos acontecimientos relevantes que surgen en el ámbito administrativo de la nueva Francia, uno de los temas que adquiere más fuerza es la separación de la iglesia y el estado, algo sobre lo que siempre había insistido Voltaire y que de alguna manera había previsto: “Todo cuanto veo a mi alrededor está echando las simientes de una revolución que es inevitable, aunque yo no tendré el placer de verla. El relámpago está tan a la mano que puede surgir a la primera oportunidad y luego se oirá un trueno tremendo. Los jóvenes tienen suerte, pues han de ver cosas magníficas”.

De esa manera, tras la revolución que tan hondo calara en el sentir del pueblo europeo en general, en Francia se inició un proceso de descatolización después que la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano diera validez a los principios de libertad de conciencia, de culto y de pensamiento, previamente enunciados por los filósofos de la Ilustración.

La Iglesia Católica era propietaria, hasta antes de la Revolución, de enormes extensiones de tierra en condiciones privilegiadas de exención de impuestos que sólo compartía con la nobleza, característica que mantiene hasta el día de hoy en muchos países. Si bien la separación llevó más tiempo del deseado por los impulsores de la revolución, que veían en la Iglesia católica un enemigo del pueblo por la estrecha relación que mantuvo con el poder absolutista del rey, se plantó la semilla que nos permite hoy, tras dos siglos, hablar en Occidente de estado laico, no sólo de manera natural y contemporánea, sino además como cualidad inherente al concepto moderno de Nación.

Fueron la Ilustración con su aporte teórico y la revolución con la praxis, las que establecieron los pilares de lo que hoy podemos disfrutar como ciudadanos, aunque, como hemos comentado en columnas anteriores, más en el papel que en la práctica. ¿Qué tamaño tendría un árbol plantado hace 228 años? ¿No es acaso lo suficientemente visible como para ser ignorado?

Retomemos la última frase: “más en el papel que en la práctica”. ¿Por qué, incluso reconociendo un cierto tono de resignación temporal, señalé aquello? La respuesta, con algo más de desidia que la pregunta, es más o menos simple, aun cuando para quienes promovemos el librepensamiento e intentamos hacer respetar el estado laico, sea difícil de entender. La ciudadanía no ha logrado poner cotos y límites, como sí lo hizo la revolución, aunque el método con que sueño es netamente político, social y encauzado en los estrictos cánones de paz con que vivimos. Lo anterior para evitar cualquier suspicacia que pudiese haber emanado de alguna mente vehemente. Uno nunca sabe.

Es la misma sociedad actual que, enajenada en la espiral de consumismo que promueve el actual modelo económico, carece de tiempo en su agitada vida personal para alzar la voz a través de los canales a su alcance.

Nuestra actual forma de vida suele privarnos de disfrutar y compartir con la familia, de sembrar a lo largo del diario vivir la semilla del interés por conocer en nuestros hijos, de desarrollar la necesidad del librepensamiento, de la misma manera que se abren pocos espacios para el crecimiento literario, para el estudio, para el arte de pensar. Es más fácil y apetecido para niños y adultos el acceso directo a la información corta, de rápido tránsito, tanto en la lectura como en el almacenamiento gris interno. Pueden haber más razones, sin embargo, creemos que así como la revolución pingüina puso en el tapete la necesidad de una educación gratuita y de calidad, independiente del resultado temporal final, hoy se hace más necesario que nunca que la ciudadanía despierte también estos temas y los ponga en la agenda, pues los medios de prensa tradicionales, controlados por intereses contrarios al bienestar de la mayoría, seguirán evitándolos. De hecho, recuerdo, un periódico que, justamente con ese argumento, se negó a publicar una carta al director en la que hablaba de apostasía, la cual podría ser hoy la punta de lanza para lograr objetivos concretos.

Hasta el día de hoy, como ocurriera en los siglos anteriores a la Revolución Francesa, el clero sigue alegando privilegios en razón a la “mayoría” que declaran tener, de acuerdo a la cantidad de bautizados existentes en sus registros. Nuevamente me permito invitarles a leer la columna en Iniciativa Laicista N°19, de mayo del 2015: “Crónica de una apostasía”. En ella expuse una guía, paso a paso, para realizar el trámite que nos devuelve nuestra identidad laica y laicista con que realmente nacimos.

Volvamos a lo que nos convoca. El primer párrafo indicaba que ya hace 228 se había iniciado este proceso y, aún hoy, no lo vemos concluir ni se ven atisbos en el corto plazo para que ello ocurra. Si bien naciones como Uruguay o la misma Francia ya nos llevan muchos pasos adelantados, todavía existen países, lamentablemente como el nuestro, donde el clero local sigue imponiendo sus términos a través de la vía legislativa, donde hacen nata los políticos que mezclan su popurrí de creencias personales con su labor pública propiamente tal, para la que fueron electos, con los efectos nefastos que continuamente nos proporcionan los medios audiovisuales y escritos.

Así no es difícil recordar a candidatos a la presidencia de un país que aseguraban que no se apartarían un ápice de la Biblia, otros que llamaban a no respetar la ley y no entregar la píldora anticonceptiva de emergencia en hospitales públicos y la guinda de la torta, por lo reciente, otro candidato a la presidencia que señaló “las mayorías no pueden hacer cualquier cosa”. ¿Qué tendríamos que esperar entonces? ¿Que las minorías sigan anclando a Chile en el anquilosado grupo de los 5 países que penaliza todo intento de interrupción del embarazo? ¿Para qué entonces está el, a veces con justa razón, vilipendiado poder legislativo?

Hace menos de una semana, la encuesta Cadem fue categórica en las cifras de apoyo al proyecto y sólo un 25% lo rechazaba, con un 70% que estaba de acuerdo. Es decir, casi 3 personas de 4 en Chile están de acuerdo con la despenalización del aborto en las 3 causales que hoy se plantean, e incluso un alto porcentaje indica que en otras circunstancias también es posible que se pueda interrumpir el embarazo.

Aún con esa elocuente voz de la ciudadanía, sus representantes no se encontraron a la altura y no fue aprobado. Y no solo no fue aprobado, sino además tuvimos que soportar invocaciones a la deidad de turno espacio-tiempo de parte de legisladores. De esos mismos legisladores que, paradójicamente, votaron en contra de la otrora ley de divorcio y hoy se encuentran entre los que la utilizaron.

¿Hasta cuándo tenemos que esperar que nuestros representantes se pongan su traje de legislador para un país entero y de una buena vez “hagan su pega” profesionalmente, como corresponde? No me referiré en este momento a los radicales que, dada su misión particular en el trasfondo de estas iniciativas, se “parearon” y permitieron que la ley tuviese que ir a comisión mixta.

A diferencia de Voltaire, en tiempos pretéritos, hoy todo cuanto veo a mí alrededor se aleja de las simientes del laicismo que como sociedad nos merecemos, por lo que yo no tendré el placer de verla. Aun sin perder la confianza en la humanidad y en mis coterráneos, creo que el relámpago no está tan a la mano.

Aun así, quiero pensar que los jóvenes tienen suerte, y puedan ver lo magnífico de una sociedad tolerante, inclusiva, acogedora y respetuosa de cada pensamiento, sin barreras ni coerción alguna, con niños cuyas ideas de sociedad hayan sido fraguadas en sus mentes ilimitadas y limpias, donde ninguna persona vea que su culto (o abstinencia de una fe) sea pasado a llevar por otro y se encuentre bien acogido en el seno individual de donde nunca debió salir.

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