Francisco Franco, el mayor criminal de nuestra historia

 Francisco Franco, el mayor criminal de nuestra historia
Francisco Franco era una persona acomplejada, incapaz para el estudio, envidiosa, cruel hasta decir basta y absolutamente carente de empatía, lo que hoy llamaríamos un psicópata 

Pedro Luis Angosto | Nueva Tribuna

Hace tan solo unos días, el Alcalde de la localidad alicantina de Callosa de Segura procedió, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, de la democracia y del sentido común, a retirar la cruz franquista situada en una plaza pública contigua a la Iglesia mayor de la ciudad. Es algo que debió hacerse en todos los pueblos y ciudades de España tras la aprobación por el pueblo de la Constitución de 1978, pero que no se hizo porque en la mayor parte del territorio los franquistas continuaron, y continúan, teniendo enorme influencia y poder, y porque los partidos democráticos prefirieron mirar para otro lado como si fuese normal celebrar elecciones en un Estado lleno de símbolos, monumentos y placas que conmemoran el golpe de Estado y la guerra que acabaron con la democracia.

Lo ocurrido en Callosa de Segura no tendría importancia si se tratase de una protesta contra la corrupción del partido más corrupto de Europa, para impedir el cambio de los bancos de un parque, las farolas decimonónicas de un paseo o la construcción de un aparcamiento subterráneo. Eso sería normal y aquilataría la vitalidad de un pueblo, sin embargo, salir a las calles, montar guardia junto a los luceros para tratar de impedir que se quite de una plaza un símbolo franquista, no es más que una anomalía histórica y una demostración palpable de que en los últimos años hemos retrocedido décadas, pues ya no son ancianos ligados por razones materiales e irracionales a la dictadura, sino que abundan los jóvenes y personas de mediana edad, gentes que no vivieron el fascismo, pero a las que tampoco el sistema educativo de la democracia les explicó que Francisco Franco Bahamonde fue la mayor criminal de nuestra historia, tal como hicieron en las escuelas alemanas con Hitler y sus compinches, en Italia con Mussolini o en Francia con Petain. No, aquí se ha perpetuada la infamia, y eso nos ha llevado al lugar tan extraordinariamente complicado en el que nos encontramos ahora: Una democracia formal, que tuvo un desarrollo excelente durante las dos primeras décadas y que se empieza a atascar cuando el partido de los herederos de Franco llega al poder por primera vez en 1996.

Francisco Franco, nos centraremos en él porque era peor que todos sus compañeros de tiranía y fue su jefe durante treinta y seis años, era una persona acomplejada, incapaz para el estudio, envidiosa, cruel hasta decir basta y absolutamente carente de empatía, lo que hoy llamaríamos un psicópata. Durante una de sus estancias en la Legión hubo un pequeño motín en el comedor del batallón que mandaba. Un legionario tiró la comida al suelo diciendo que era una mierda, acto seguido, Franco, rodeado de sus custodios armados, mandó formar un pelotón de fusilamiento y allí mismo dio muerte al desgraciado voluntario que había osado decir que aquella mierda que les daban de comer era una mierda. Después hizo desfilar a todo el batallón por delante del cadáver para que viesen como quedaban los díscolos. El acto fue tan brutal que hasta su íntimo amigo y jefe Millán Astray, tan bestia como él, le llamó la atención diciéndole que eso no se podía hacer, que había que cumplir con las ordenanzas, cosa que evidentemente a “franquito”, que es como le llamaban sus compañeros de Academia, no le importó lo más mínimo. 

Un día su prima Pilar Jaraiz Franco se presentó en su despacho para interesarse por un primo común de ambos que estaba condenado a muerte. Pilar le recordó la niñez, cuando ambos jugaban en las calles de Ferrol, las estupendas relaciones familiares y el deber cristiano de perdonar a los enemigos. Franco, esbozando una sonrisa gaseosa, le dijo, no te preocupes Pilar, el primo pronto volverá a casa. Lo había fusilado días atrás. 

Preguntado por el periodista y espía norteamericano Jay Allen -jefe de los Servicios de Inteligencia del Ejercito yanqui en el Norte de África- sobre que estaría dispuesto a hacer para ganar la guerra, Franco le dijo que pasaría por las armas a la mitad del país si fuese menester. No llegó a tanto pero durante su mandato fueron fusiladas más de doscientas mil personas, desaparecieron ciento veinte mil que todavía permanecen en esa situación sin que sus familiares sepan a día de hoy su paradero, fueron robados más de ciento cincuenta mil niños para entregárselos a familias estériles de bien, se torturaron a millones de personas, se obligó a salir del país a cientos de miles, se incautaron miles de millones de pesetas y todas las propiedades de centenares de miles de republicanos para entregárselos al nuevo Estado fascista o a familias de orden, se convirtió a la mujer en una esclava de hombre y se creó un tipo de súbdito paleto, sumiso y refractario a pensar por sí mismo, un tipo que, según parece, vuelve a reverdecer en esta nueva etapa de reacción y caspa que nos invade al calor del gobierno de Mariano Rajoy, otro personaje carente de empatía e incapaz de pensar de modo diferente al que le enseñaron sus grandes maestros del régimen, tipos que como Gonzalo Fernández de la Mora hablaban de las estirpes superiores o del igualitarismo como fruto de la envidia de los más torpes.

Lo ocurrido en España desde el 17 de julio de 1936 hasta el 20 de noviembre de 1975, en palabras de Azaña fue “una insurreción contra la inteligencia”, una insurrección que llenó España de sangre y destrucción, tanta como no había sufrido en todo su devenir histórico. Empero, con ser terrible la barbarie que asoló a nuestro país durante tantos años, no es desdeñable la herencia recibida a día de hoy, cuando un partido que ha sido incapaz de condenar una tiranía de esas características, que recurre ante los tribunales cualquier intento de retirar los símbolos nacional-católicos y dotado de una moralidad de ese tenor, es el encargo de gobernar un Estado diverso y plural donde ha anidado la pobreza, la desigualdad y la corrupción.

Nadie se pregunte por qué Rajoy no dialoga con los representantes de la oposición o de los sindicatos; nadie intente ignorar por qué hicieron una ley mordaza y un código penal que permite a encarcelar a raperos o tuiteros por sus opiniones y mantiene en libertad a ladrones y mafiosos; nadie se escandalice porque no haya dimitido el Gobierno en pleno por la corrupción, nadie porque se sigan entregando miles de millones de euros a la Iglesia católica para que implante sus ideas antisistema en las mentes vírgenes de los niños, nadie pida peras al olmo, pues no las da, lo mismo que la condición del escorpión es picar.

En la imagen superior, desmontaje de la cruz franquista en Callosa de Segura

Fuente: Nueva Tribuna
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