Joan Llopis Torres: Matar al padre imperio

Joan Llopis Torres: Matar al padre imperio
JOAN LLOPIS TORRES 

Hasta que España no se confiese la verdad, persistirá la pesadilla –ya nadie cree en la ignorancia; España debe revisar sinceramente, humildemente, la aventura histórica que la define como Estado, y reconocerse a sí misma sin condicionamientos, aún hoy, religiosos e histórico-militares -los económicos son menos importantes-, para ceder sólo a los intelectuales de cualquier historiografía, conscientemente, o quizás algún día se libere el inconsciente deseo freudiano de matar al padre, ese imperio que aún hoy la subyuga alentando sus pretensiones incomprensibles. Sólo así, Catalunya y Euskal Herria tendrán con quien dialogar, con alguien también liberado, pues ese imperio en el que no se ponía el sol, han sido siempre sus cadenas. El carcelero de Catalunya y Euskal Herria, está preso de sí mismo. Paradójicamente, necesita España a Catalunya y Euskal Herria, que no al contrario, ése es su drama. 

Y así, sin ese reconocimiento - Lo inverosímil sería hoy pretender que los nuevos estados se vayan a formar con sangre y batallas-, la concordia -la afinidad- envileció, se ha corrompido, va por dispares calles, las inexploradas de todo viaje -el futuro todavía no existe- está extraviada, antes de amanecer entre esas nieblas, este extendido patriótico paisaje, se vislumbra el puente y el cauce para ya poder seguir en esas aguas, también con esquinas, o quizás fueran las estrechas y húmedas calles de un barrio portuario, confusión tras confusión y alardes vanos, signos inútiles -algunas indicaciones esparcidas que nadie mira-, aunque con los cambios –no se detienen las torrenteras-,con las huidas por venir, sin saber adonde vayan, se perderán los nombres de antaño aun con los recuerdos del río y aquéllas riberas, o el de los buques anclados en aquellos puertos de ultramar-, en esta aldea, sin más modernidad que una carretera, la que ya estaba ahí cuando nacimos, bordeada de plátanos, como un paseo a la estación imaginada, o la derrota al Paraíso –ni las aguas de las fuentes hacen ruido si nadie las oye, siquiera susurran-, remozada a parches que también envejecen ya pasado de largo el mediodía, atravesando el viejo puente, transcurre a lo lejos dejándose ver hasta las últimas curvas, o aquellas formaciones nubosas en el horizonte, la última aventura –como las de entonces más allá del Océano-; en los campos, con los fríos, la fuente en la plaza, apagados los espejismos, los fuegos artificiales de las fiestas, o el de las últimas pólvoras de los cañones- los lutos de siempre, el cansancio de la libertad amordazada –cuando China y África, y vete a saber del progreso, puedan ser el futuro, siendo Europa ya el pasado conjugado sin duda en imperfecto, con una España lugareña discutiendo entre naipes y suertes de sus glorias, sin saber de trenes que pasan por donde quién sabe de sus destinos, perdido cual fuera el referente, para la España legítima, el de los que pretendían ser ‘líderes del mundo y la libertad’ y únicos guías, un Hollywood ficticio con viejas películas; y de aquélla, la legitimidad huérfana, perdida –ahora y hasta hoy, desde la ignominiosa Guerra Civil-, intercambiado el fascismo del 18 de julio por ley y autoritarismo, con disimulos estériles, el 78, y sin disimulos, y hasta hoy, ida Europa por el camino del mercado, sólo dinero y angustia, sin otras alternativas, quizá el empeoramiento y los harapos, perdida; pendiente de volver hoy la República a aquel día que se perdió, y regresar mañana con urgencia histórica; los habrá que conducen a algún lugar, que no a los lastres del pasado, las mismas pesadumbres de hoy, que impiden ir a ninguna parte, siquiera a la utopía, sin haber cedido España al imaginario de matar al padre, su historia, ese imperio de cartón piedra, esa carga, un vagón de cola lleno de falsedades, las ilusas conquistas; para quedar el poblacho de siempre, sus terrosos vientos –los vientos reciben el nombre por donde vienen del pasado- y el desencanto, donde la política fluye deformando la realidad de forma grotesca, para enmascarar los grises plomo de la miseria, denigrando los significados, degradando la verdad hasta la indignidad y la ridiculez, una desgracia; atravesando traqueteo tras traqueteo aquellas estaciones, o cualquier paralelo, en donde toda dignidad, avergonzada del paisaje, pasa de largo, entre ofensas, sin escrúpulos, de estos horizontes, del drama terruño, reprimiendo a pueblos que aspiran a su propia medida, sin arabescos, refractarios a esos grotescos barrocos dorados, a esa gente que llama de madrugada, persistente en su impenitencia, cruel, sin ninguna luz, ni otras lejanías, más que un toro recortado en la colina. 

Joan Llopis Torres
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