Las mujeres en la II República

 Las mujeres en la II República
A la memoria de las mujeres de mi familia, mi madre y mis tías paternas y maternas, que me educaron desde niña en los valores republicanos de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, con un recuerdo particular para mi tía materna Juana Álvarez-Prida, y mi tía paterna Pilar de Madariaga, ambas licenciadas en Ciencias Químicas, la primera, profesora de enseñanza secundaria, y la segunda, profesora de enseñanza superior en el exilio en los Estados Unidos.
Antecedentes de la cuestión
El acceso de la mujer a la educación es el factor que más ha contribuido a su promoción en la sociedad y a su equiparación con el hombre. La educación ha contribuido poderosamente a su toma de conciencia y le ha permitido lograr la independencia económica. Por eso, voy a empezar haciendo hincapié en este aspecto.
Si el acceso a la educación era ya difícil para la mujer, no digamos ya el acceso a la Universidad, donde su presencia a lo largo del siglo XIX era puramente testimonial. Se cuenta siempre el caso de Concepción Arenal, que se introdujo en la Facultad de Derecho disfrazada de hombre. Esto era en 1841. Se le permitió cursar estudios, pero sin poder nunca ejercer de abogada.
Durante el Reinado de Amadeo de Saboya se permite el acceso libre de las mujeres a todos los niveles de la enseñanza y, así, entre 1872 y 1888 cursaron estudios 10. A partir de 1888, se les prohibió la entrada en la Universidad sin autorización especial. Pese a ello, entre, entre 1880 y 1890, 15 mujeres terminaron en España estudios universitarios.
Hubo que esperar a 1910, a que una R.O del 8 de marzo, suprimiera las restricciones impuestas al libre acceso de las mujeres a la enseñanza superior y les diera el derecho a matricularse en la Universidad sin necesidad de “consultar a la superioridad”. Otra R.O de septiembre de 1910 reconocía el derecho de las licenciadas a presentarse a cuantas oposiciones convocara el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. La segunda normativa incluía que las licenciadas podían desempeñar docencia a nivel universitario. El acceso a este último tardaría más que a la docencia de segunda enseñanza, aunque terminaría produciéndose.
Estos importantes en 1910 permitieron que el número de mujeres universitarias fuera aumentando gradualmente. Entre 1919 y 1920 había matriculadas 345, y entre 1927 y 1928, su número ascendía ya a 1.681, lo que equivalía al 4,2 % del número de alumnos universitarios.
La II República eliminó los obstáculos para el ejercicio profesional. Como estipulaba el artículo 40 de la Constitución de 1931: “Todos los españoles, sin distinción de sexo, son admisibles a los empleos y cargos públicos según su mérito y capacidad, salvo las incompatibilidades que las leyes señalen”.
En 1932, las universitarias eran el 6,2% del estudiantado y en 1935 representaban ya un 8,8%. También aumentó el número de profesoras universitarias, pasando de 7 en 1928 a 66 en 1932. En el curso de 1932-1933 se triplicó la presencia de mujeres respecto al año anterior.
Lo que es importante destacar aquí es no solo el acceso a los estudios universitarios, sino también el hecho de reconocerles la aptitud y la capacidad para enseñar y para transmitir conocimientos.  En 1936, cuando estalló la guerra de España, había más o menos un centenar de mujeres impartiendo sus conocimientos en las diferentes facultades: un 43% en Filosofía y Letras, un 32% en Ciencias; un 20% en Medicina; un 4% en Farmacia, y solo una en Derecho. La mayoría de las mujeres con estudios universitarios optaba por presentarse a oposiciones de segunda enseñanza y a las del Cuerpo de Bibliotecas, Archivos y Museos, o a ejercer libremente su profesión (medicina, farmacia, derecho).
Un papel importantísimo en el campo de la educación fue el desempeñado en los años de la República por las maestras, sobre las que se ha escrito mucho últimamente. En un libro colectivo titulado precisamente Las maestras de la República(Catarata, 2012), así como en el documental del mismo nombre, se puede apreciar el surgimiento de un nuevo estilo de mujer moderna, libre, independiente económicamente y emancipada.  Para muchas mujeres el Magisterio fue de una importancia capital, ya que, además de permitirles recibir una remuneración económica y, por tanto, gozar de mayor libertad e independencia, esta profesión les daba la posibilidad de participar en la vida pública a través de las escuelas.  El papel importantísimo asignado a la instrucción pública contribuía a dignificar el trabajo de las maestras como pieza clave del desarrollo social.
Con la II República la mujer empezó a dejar de ser considerada como una eterna menor tutelada. La igualdad de género quedaba establecida en la Constitución de 1931, en diversos artículos, empezando por el 2, que decía: “Todos los españoles son iguales ante la ley”. Otros artículos abundaban en el mismo sentido. Así, el 25 decía: “No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las creencias religiosas”. Otros dos artículos el 36 y el 40, al que ya nos hemos referido, establecían la igualdad en materia de derechos electorales, el primero, y en materia de empleo, el segundo. El 36 decía así: “Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes”.
Carmen de Burgos, la primera mujer periodista profesional
Entre las mujeres precursoras de las de la República, cabe mencionar a Carmen de Burgos, escritora, periodista, fallecida en 1932 y que no pudo, pues, participar plenamente en la vida pública y cultural de aquellos años, pero cuyas ideas sirvieron de inspiración a muchas mujeres de espíritu libre e independiente. Casada muy joven, se separó del marido, estudió para maestra con muchas dificultades, y, luego, se puso a trabajar para ganarse la vida y poder mantenerse a ella y a su hija.
Carmen de Burgos fue la primera mujer periodista profesional. Fue enviada como corresponsal de Heraldo de Madrid a África durante la guerra de Melilla de 1909, desde donde envió al periódico crónicas que firmaba con el pseudónimo, que se hizo pronto famoso, de Colombine. Quizá lo que vio allí de cerca, las escenas que presenció sirvieron para que empezara a tomar conciencia de lo que realmente significaban las guerras más allá de la retórica triunfalista de los mandos militares.
El espíritu pacifista iba extendiéndose cada vez más por toda Europa, y la Primera Guerra Mundial contribuiría a que el movimiento ganara nuevos adeptos, incluida España, aunque este país no participara en la contienda. No tiene, pues, nada de extraño que personas de ideas progresistas se adhirieran a la causa del pacifismo, indisociable de la de la abolición de la pena de muerte, como era el caso de Carmen de Burgos, militante de ambas causas. Fue presidenta y fundadora del movimiento feminista Cruzada de Mujeres Españolas, y como tal organizó, después del desastre de Anual en 1921, mítines en contra de la guerra, como el que tuvo lugar el 30 de julio de 1922 en el teatro de la Comedia.
Victoria Kent, primera abogada ante el Tribunal Supremo de guerra
La lista de mujeres que se distinguieron en diferentes ramas de la ciencia y la cultura en los años de la II República resultaría interminable. Por ello, vamos a fijarnos en dos que representan por excelencia la lucha de las mujeres por la igualdad de género en aquellos años. La primera, la abogada malagueña Victoria Kent, del Partido Radical Socialista, fue la primera mujer que intervino como abogada defensora ante el Tribunal Supremo de Guerra y Marina. Consiguió que su defendido Álvaro de Albornoz, miembro del Comité Revolucionario Republicano, fuera absuelto.
En 1931 fue elegida diputada a las Cortes Constituyentes por Madrid. En las elecciones del 16 de febrero de 1936 fue elegida diputada por Jaén en las listas de Izquierda Republicana. Fue Directora General de Prisiones en mayo de 1931, cargo que ocupó hasta 1934. Su objetivo era conseguir la rehabilitación de los presos y la recuperación de los delincuentes. Realizó una extraordinaria labor de reforma de las cárceles. Ordenó construir la nueva cárcel de mujeres de Ventas, y creó el Cuerpo Femenino de Prisiones para las cárceles de mujeres.
Curiosamente, Victoria Kent se opuso al sufragio femenino, con el argumento de que la mujer carecía en aquel momento de la suficiente preparación social y política para votar con conocimiento de causa, y que la influencia que en ella ejercía la Iglesia haría que su voto fuera conservador. Sostuvo a este respecto una polémica con Clara Campoamor. Fue famoso el debate sobre el derecho de voto a las mujeres, que sostuvo con esta última el 1 de octubre de 1931.
Clara Campoamor, una gran defensora de los derechos de la mujer
Clara Campoamor era también abogada, aunque, al tener que ponerse a trabajar desde muy joven, tardó en poder dedicarse a sus estudios. Después de cursar el bachillerato, estudió Derecho, convirtiéndose a los 36 años en una de las abogadas más famosas de la época y en una gran defensora de la igualdad de los derechos de la mujer. Elegida diputada por el Partido Radical, al que se había afiliado para poder defender en el Parlamento sus ideas, consiguió formar parte de la Comisión Constitucional encargada de elaborar el proyecto de Constitución de la nueva República y allí se esforzó por establecer la no discriminación por razón de sexo, la igualdad jurídica de los hijos habidos dentro y fuera del matrimonio, el divorcio y el sufragio universal, llamado “voto femenino”. Obtuvo satisfacción en todo, excepto en lo relativo al voto, que solo se debatió más tarde en las Cortes españolas.
Los que se oponían al voto femenino, incluida Victoria Kent, no consideraban oportuno que la mujer votase, porque se la suponía muy influida por la Iglesia y que eso la llevaría a votar por la derecha. Finalmente, el sufragio femenino se aprobó con el apoyo de la minoría de derechas, gran parte de los diputados del PSOE, excepto el grupo encabezado por Prieto, y algunos republicanos.  Un aplazamiento de la entrada en vigor del voto femenino quedó desestimado, esta vez sin el apoyo de los diputados de la derecha, que se habían retirado del Congreso para protestar por la Ley de Congregaciones Religiosas, considerada contraria a la Iglesia Católica.
En 1935, Clara Campoamor escribió Mi pecado mortal. El voto femenino y yo, cuya lectura recomiendo vivamente, ya que dice mucho sobre la personalidad de esta luchadora admirable.  También aconsejo la película Clara Campoamor. La mujer olvidada, en la que se narra su combate por la igualdad de los derechos de la mujer.
Hay que decir que en el debate sobre el voto, quien llevaba razón era Clara Campoamor y no Victoria Kent. Recuerdo las vivas discusiones sobre esta cuestión, que tuve con mi madre, favorable ella a la posición de Victoria Kent, mientras que yo defendía la de Clara Campoamor. Porque es indiscutible que el voto femenino significaba un avance, un progreso enorme, independientemente de que el voto de muchas mujeres pudiera estar inducido por el confesor o por el marido. Era un medio de que empezara a tomar conciencia.  Muchos atribuyeron el triunfo de las derechas en las elecciones de 1933 a que la mayoría de las mujeres, que en estas elecciones podían ya ejercer su derecho al voto, votaron, influidas por sus confesores, a favor de los candidatos de la CEDA. Pero no creemos que esto haya sido así. Las izquierdas salieron derrotadas en aquellas elecciones porque iban desunidas.
Durante la República se forjó un estilo de mujer moderna, independiente económicamente, emancipada socialmente y de espíritu libre. Cuando pensamos en lo que vino después y en el modelo de mujer de la Sección Femenina, se nos cae el alma a los pies. España retrocedió cien años. Pero esto ya es otro capítulo de nuestra historia.  Una historia bien triste, cuyas secuelas seguimos aún padeciendo.
*Palabras pronunciadas por María Rosa de Madariaga en las XII Jornadas sobre la Cultura de la República (7-10 de abril de 2014), organizadas por Julio Rodríguez Puértolas, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, y dedicadas a “Las mujeres en la Segunda República (1931-1939),

María Rosa de Madariaga es historiadora
 Las mujeres en la II República
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