Mensaje del Presidente de la República Luis Jiménez de Asúa, el 14 de abril 1964

Luis Jiménez de Asúa
Mensaje que con motivo del XXXIII aniversario de la proclamación de la República española dirige al pueblo español don Luis Jiménez de Asúa, en su calidad de Presidente en funciones de la República por serlo de las Cortes. 

14 de Abril de 1964


Hace treinta y tres años que se proclamó la II República Española y veinticinco que estamos en el exilio. 

No somos amantes del pasado, como han de serlo los meros historiadores. No somos huérfanos ni viudos de la República, y menos aún queremos, asumir aquella antiquísima función de las «lloronas» alquiladas para sollozar ante los muertos. Durante años, en esta fecha, hemos añorado el bien temporalmente perdido y hemos acusado a las falsas o impotentes democracias que dejaron —sin ver que los totalitarios preparaban la guerra mundial— que la República española fuera cercada, aniquilada. Y luego esas mismas democracias, antes «neutrales», ayudan a Franco. 

Hoy, en el exilio de 1964, nuestra faena es otra. Y la estamos cumpliendo. El Gobierno de la República española en el exilio es operante, no meramente decorativo. El Presidente del Consejo de Ministros, Claudio Sánchez-Albornoz, por mí designado, en función de Presidente de la República por serlo de las Cortes, ha hecho ahora en Europa la más hábil y fecunda labor política. Tras de haber estado en París, viajó a Italia, hoy sobremanera propicia para nosotros. Allí, en Roma, visitó a Prieto Nenni y sobre esa entrevista se dio un comunicado que no sólo exasperó a los diarios neofascistas, sino al ABC madrileño, que sin pagarle tributo por el anuncio, ha hecho gran propaganda del Gobierno español en el exilio al acusar a Sánchez-Albornoz, con sus manidas palabras, de no sé cuántas faltas de patriotismo. Los españoles que viven en la Península saben bien ahora que el Gobierno en el exilio actúa y que es respetadísimo en el extranjero. Gracias sean dadas al diario del señor Luca de Tena. Por otra parte, esos dicterios nos alientan: «¿Ladran? Pues cabalgamos!» 






Se entrevistó también nuestro Presidente del Consejo con Giuseppe Saragat, Ministro de Negocios Extranjeros de Italia, y en la sede del partido de la Social-democracia, sostuvo con él una larga conversación. Nuevo comunicado de prensa y nuevas protestas de los diarios que añoran a Mussolini. Visitó luego al Ministro Oronzo Reale, Ministro de Justicia, en la casa del partido republicano. Otro comunicado en los diarios y otras protestas de idéntica procedencia. Deseó Sánchez-Albornoz —él mismo sincero católico— pláticas con la democracia cristiana, el más poderoso partido de Italia. Tras de ver a Prolari, subsecretario del partido, se trasladó a la sede de éste donde pudo hablar con Da Palco, que es el encargado de los asuntos exteriores, y se convino una entrevista con Mariano Rumor, secretario general desde que Aldo Moro fue llamado a la Presidencia del Consejo de Ministros. Se realizó esa cuarta y eficaz visita. 

Preciso es que subrayemos que Italia está hoy mucho más cerca de nosotros que otros países en que la sangre española fue vertida para conseguir la liberación de quienes veían como amigos ideales, baje el altísimo mando de quien rige hoy_los destinos de su patria. 

Europa cambia paulatinamente de rumbo y pone su proa hacia la izquierda. En Italia los socialistas, incluso los más avanzados, colaboran con los demócrata-cristianos que tienen un contenido de justicia social en muchos puntos parejos al del socialismo. En Gran Bretaña, los laboristas se preparan a ganar las inminentes elecciones, derrotando espectacularmente a los conservadores. Holanda se opone a que siga siendo eventual heredera del trono, la Princesa Irene, que casará con un Borbón Parma. Bélgica con Spaak al frente sigue negándose a que España entre en el Mercado Común. Los nórdicos siempre juntos a nosotros. Yugoeslavia reconociendo y apoyando a nuestro Gobierno exiliado. 

El balance es bien favorable y la gestión de Sánchez-Albornoz sobremanera hábil y de lisonjero éxito. 

¿Y América? Los Estados Unidos, tras del asesinato de Kennedy, están en una encrucijada bajo el improvisado mando del vicepresidente tejano. Aunque parezca que los países de origen ibérico no aciertan a buscar rumbo propio y no se dan cuenta de la hora que marca el reloj de la Historia, como podía pensarse por lo acontecido en el Brasil (felicitado por el cuartelazo por quienes presumen del «liderazgo» de los, pueblos libres), tratan, todavía sin coordinación entre ellos, de liberarse de la torpe tutela estadounidense. Las ovaciones a De Gaulle en su reciente viaje a México son, más que un aserto, una negación. Aplausos a un país lejano y mal conocido, que encubren la silba a otro cercano y cuya política se conoce bien. Argentina, que acaba de reconquistar el derecho del pueblo a elegir su Gobierno, tiene al frente de él a un hombre de correctísima conducta, de acrisolada honradez y de energía prudente, pero continuada, del que se espera mucho por quienes le conocen. 

Los pueblos de Hispanoamérica están no ya cerca, sino identificados con el exilio español, con sus proyectos y con sus inmediatas esperanzas. México acaso más ostensiblemente que los otros por ser su Presidente y sus Ministros buenos amigos nuestros y por reconocer al Gobierno español en el destierro como el auténtico representante de España. Hay quienes temieron que al variar el mando mexicano pudiera cambiarse su, política en referencia a nuestro Gobierno en el exilio. Lo hacen correr los representantes franquistas que, envalentonados por habérseles permitido realizar una feria comercial, han creído que los intereses económicos podían transformarse en políticos. Al lado de la España combatiente estuvo México desde que se inició la guerra mal llamada civil. Durante un cuarto de siglo reconoció, como genuino representante del pueblo español, al Gobierno exiliado. Cuando el máximo traidor —y lo fue al juramento de fidelidad a la República— claudica físicamente y se busca tan afanosa como desorientadamente la sucesión al régimen totalitario, no puede un pueblo tan bien gobernado como el mexicano, tan serio en sus ideas de política exterior, tan enemigo de totalitarismos, tan devoto de las libertades, cambiar su sincera estima por el pueblo de España por la aparente amistad de quien jamás supo mantener juramentos y promesas. Cuida México de su porvenir. Y sabe que tendrá la devoción de los españoles hoy en exilio, cuando vayan a España, gobernada bien pronto por las juventudes intelectuales y obreras. Sus manifiestos, huelgas y crecientes protestas dan máxima prueba del fin de un régimen que ensangrentó el solar hispano, que causó un millón de muertos, que dio origen a la huida de medio millón de republicanos y socialistas y que ajustició o encarceló a más de quinientos mil hombres y mujeres. Con mendacidad flagrante y con despilfarro monetario, las gentes franquistas tratan de negar esto. Contra el embuste luchan victoriosamente los exiliados españoles que habitan en México, pero el poder del dinero no puede contrarrestarse por quienes viven de su trabajo. 

Acaso si México hubiera cedido hace diez años al ambiente americano y a las sugestiones que se le hacían, y hubiese reconocido al Gobierno de Franco, los exiliados españoles, con tristeza infinita, hubieran pensado que ese acto era hijo de intereses y comercio. Pero ahora sería mucho más que eso. Fara quien se debate en la decrepitud sin acertar con sucesores, ese reconocimiento supondría una inyección inervante. Y para los exiliados españoles que viven orgullosos en México, por saberse en tierra fraterna, una dolorosísima amargura que acaso encubriría un callado y hasta soterrado rencor. México continuará en su misma línea política y los gobernantes españoles de mañana tendrán a México como el más leal, valiente y constante amigo de la España republicana de antes y de la España democrática inminente. No recibirá el agonizante franquismo esa ayuda indirecta, tardía e inútil porque Franco cae. 

La coyuntura de hoy, de este 14 de abril de 1964, nos es sobremanera propicia. El llamado «Caudillo» claudicante, enfermo, se muestra más terco que nunca. Hace bien poco, el 9 de este mes de abril, en su premioso discurso, que pronunció sentado, abominó una vez más de los «principios liberales». Esto es un auxilio inestimable para los postulantes de la democracia. Cuanto más negado a cambiar se muestre, más denota su vejez, su arteroesclerosis y su enemiga a todo progreso. La espelunca en que se guarece, se cuartea y agrieta. Sobre él caerán sus paredes bien pronto. 

El momento de volver se acerca. No ciertamente a favor de la amnistía que dice otorgar el franquismo al cumplir los veinticinco años de la que él llama paz y que es la «guerra permanente». Son nueve las amnistías e indultos que Franco ha dicho otorgar. Prueba, ante todo, de que son falsas y que únicamente pretenden engañar a los pueblos de Europa y América. Pero acreditan además otra cosa. Si se amnistía a los presos políticos es porque los hay, a pesar de las permanentes negativas del «Caudillo» y de sus epigonos. No volveremos como amnistiados. Querella: Justicia y no perdones. Nosotros impondremos aquélla y, en su caso, concederemos éstos. 

Bien pronto será la hora de volver. Preciso es explicarlo, porque unos por malas entendederas y otros por interesada tergiversación, deformaron lo que yo vengo diciendo desde hace algunos años. El régimen franquista agotado y sin capacidad de transformación, no puede sucederse a sí mismo. Bien quisiera Franco asentar en el trono al Borbón Parma heredero del carlismo. Acaso se da cuenta, sin embargo, de que esto no es posible. Se habla de una República presidencialista. Entre Muñoz Grandes y el Ministro de la Guerra anda el juego. Pero sea una monarquía o una república que pretenda concentrar sus poderes en el Presidente, es ya inevitable la libertad de prensa y la libertad sindical. Sin Franco y con esas dos libertades, aunque estén más o menos mediatizadas debemos volver. No lo haremos al principio con títulos políticos, pero sí sindicales. Llegaremos a la patria maltrecha como ugetistas, como cenetistas... Para luchar por España hay que estar allí. Para ensanchar la brecha abierta en el totalitarismo, para que la libertad de prensa alcance la libertad plena de expresión, para que la libertad sindical llegue a ser libertad política, hay que bregar allá. Sólo en España puede lograrse la plenaria libertad. 

Cierto que nos encontramos ante un dilema. O nos dejan, en la pugna por la auténtica democracia, progresar dentro de la ley, de la nueva ley. O nos lo impiden, como los generales lacerdistas en el Brasil. Si la masa inmóvil española, si ese reducto macizó de que habló Antonio Machado, se opone con su inerte y ciega fuerza, si clases dominantes no comprenden que han de acomodarse a nuevas formas y nuevos contenidos, habrá que acudir a más enérgicos medios. El médico trata de sanar con tratamientos incruentos, con medicinas. Pero no renuncia a entregar al enfermo a la cirugía si el mal es rebelde. Luchemos por etapas, un jurista las aconsejará siempre, pero un político no puede resignarse a no saltar muchas de ellas, si los poderosos bienquistos de la herencia o del azar no ceden posiciones. 

Hay que hacer de España una nación moderna. El instante es óptimo. Está nuestra patria en el mayor atraso. Las estructuras logradas por otros Estados y ya envejecidas, no se alcanzaron por los españoles. Esas estructuras, infraestructuras más bien, no estorbarán al pretender la renovación de España. Como alcanza un alto confort la ciudad que no lo tenía, más que aquellas, como Londres, que gozaron de comodidad desde hace cincuenta años y que hoy son incómodas por envejecimiento de lo que fue moderno, así España sin el antiguo progreso de otras naciones al que las clases dominantes resistieron, pero que luego adaptaron a su favor, está en mejores oportunidades para transformarse en un país de auténtica y moderna democracia. 

No será fácil, ciertamente. No lo lograremos con cánticos y jocundas demostraciones, como las de aquel 14 de abril de 1931. Trabajo, penuria, fatiga nos aguardan al comienzo. Así fue en esos países en que se habla de «milagro». No lo hay ni en Alemania ni en Italia. Se precisa un alto ideal patrio para lograr el progreso. Sentir la patria de la que Renán habló, como comunidad de sacrificio y vidas en el pasado y como deseo de seguir juntos en el futuro. 

Convocamos a todos para esa grande empresa. A todos: Catalanes, Vascos; Gallegos, Asturianos, Aragoneses, Andaluces, Castellanos, Isleños y Peninsulares. A todos. Alcancemos la armonía, en la variedad, como en la orquesta sinfónica. Reconozcamos, como lo hizo la Constitución de 1931, la personalidad de los pueblos de nuestra piel de toro. Proclamemos que tan español es el idioma catalán, como el vasco, el gallego o el castellano, puesto que se habla en España. Vitoreemos a nuestra patria en la heterogénea existencia de sus pueblos. 

No nos asustan los• trabajos y esfuerzos. Menos aún pueden amedrantar a los jóvenes. Ellos sedán los protagonistas en la hora de rehacer España. Nosotros, los que hemos encanecido en la construcción de la República, primero; en el exilio, luchando por ella, después, tenemos un deber y lo estamos cumpliendo. Ante todo, lograr la vuelta con decoro, en medio de una Europa a la que convenceremos de nuestra noble causa. Y luego entregar a los jóvenes la bandera republicana, percal coloreado en su origen, enaltecido después por la sangre de sus defensores. Entregarla tal y como fue, tal y como debe ser, a esos jóvenes intelectuales y obreros; jóvenes de España que tanto tienen que enseñar a los que vuelvan del exilio y que tanto tienen que aprender de los que han mantenido en el destierro la convicción republicana y socialista. La juventud obrera lo sabe mejor a causa del diario adoctrinamiento de padres y mayores. 

En la España sojuzgada siempre hay un rescoldo, preservado por cenizas, que se levantará en llamarada redentora de entusiasmo y fe. 

Los que estén dispuestos a esa lucha, que vuelvan a España en la hora decorosa. No importa el número. Si la decisión. 

En el viejo y variado solar de montañas y llanuras, de cielo azul o de lluvioso ambiente, hay que rehacerlo todo. En el odre viejo del paisaje inmutable, hay que poner el vino nuevo de la Libertad y de la Justicia Social.
  Mensaje del Presidente de la República Luis Jiménez de Asúa, el 14 de abril 1964
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