Competentes pero honrados

De la creciente desconfianza de los ciudadanos en la clase política llama la atención que sea reciente. El abusivo cinismo de “lo políticamente correcto” ese neolenguaje orwelliano que hace simpático “el finiquito en diferido” en lugar de provocar el fulminante cese de su autora, donde lo esencial en política no es decir lo que se piensa, sino engañar con total descaro. Esos elementos han sustituido la virtud de la lealtad por el cinismo privando de autenticidad al debate público y de la confianza, fundamental en las relaciones sociales, desde las personales más íntimas hasta las de transacción y cooperación económica. También en los sistemas democráticos y en las dictaduras sean militares, civiles, religiosas o monárquicas entre los representantes políticos y los ciudadanos a través de los distintos procesos electorales más o menos manipulados en unos casos que en otros. 

En la España actual es ya una evidencia experimental que muchos políticos no es que caigan en la tentación sino que su objetivo es anteponer sus intereses particulares a los de sus representados. Si de ello se dedujera una fiscalización eficiente de estos desvíos eso sería positivo; si todo lo que hay es una verificación impotente de esa realidad el desastre está servido. La obligación de rendir cuentas convertida en pamema contable y lenta añade más escarnio sobre el electorado.

Valorar más el carácter - la “ética” de los dirigentes o de los aspirantes que su competencia como operadores políticos sería una buena base: Preferir la “competencia como gestor” de quien sabemos que no es ni honrado, ni formal, ni tiene buenas intenciones garantiza que siempre trabajará para él, eso sí, ¡de modo competente!. El ejemplo del médico, prefiriendo al competente que al que es buena persona es falaz. El médico no muy competente pero buena persona nos derivará a otro. El competente si no es buena persona procurará aprovecharse de nuestra enfermedad para su beneficio.

Hoy en España, aunque demasiado lentamente, se aprecia cierta tendencia a valorar el carácter de los dirigentes o de los dirigentes en potencia buscando un fibra más ética que moral que nos invite a concederle nuestra confianza. El descrédito político de la corrupción exige recuperar la honestidad e integridad moral. Pero yo desconfía de los que apuestan por la presunta “competencia” “¿para qué y para beneficio de quien?”; un proyecto que invitarnos a tener dirigentes corruptos de cuya mesa, como de la de Epulón caigan suficientes migajas, fruto de su inmensa competencia, que nos garantice una vida indigna y miserable. 

La “pretendida” mayor comprensión de los complejos problemas de las sociedades modernas no es más que otro engaño. El banquero J. P. Morgan rechazaba las alabanzas de un periodista: yo hago lo mismo que cualquier tendero: compro lo más barato posible, disminuyo mis gastos al máximo y procuro vender lo más caro que pueda. Mi diferencia es que yo tengo 6 ceros detrás de sus cifras de negocio.

Ahora se desconfía de los “políticos” en general, hay excepciones, porque “la casta” ha revelado su práctica de “taparlo todo bajo la alfombra” o peor aun la de que “los trapos sucios se lavan en casa” y que “el que se mueve no sale en la foto”. Antes un político honrado era la “bandera” de enganche de los votos para el partido; hoy es un político de “excepción” hasta que lo fagocita o expulsa el partido “por indócil”. Los partidos corruptos siguen intentado engañarnos diciendo que son casos individuales; todos sabemos que son institucionales. Esos partidos han perdido nuestra confianza. El ciudadano que aun quiere votar piensa: “éste aun no ha podido engañarme”. Si lo hace no perderé, con el otro tengo la certeza de que me engañaría; pero votándole corro el riesgo de que no quiera engañarme. Eso o tirar la toalla no votando que es lo que esperan los que quieren seguir apuntalando su corrupción tradicional.

La democracia llegará, esto es la dictablanda monárquica heredera y continuadora de la dictadura militar, cuando la mayoría de los ciudadanos tenga un papel activo - nuestra es la soberanía de donde emanan todos los poderes del Estado (salvo el Jefe del Estado franquista) - y el gobierno en vez de limitar la libertad ciudadana fomente la actividad de los ciudadanos activa para que se impliquen en todos los procesos de toma de decisiones y no sólo en elegir a sus representantes como “señoritos” absentistas. 

Ese no lo harán quienes han dedicado toda su vida al montaje de un sistema corrupto en los partidos nacionales y autonómicos. ¡No pueden esperar que les creamos! La salida exige una revolución electoral. La alternativa a los actuales “competentes y corruptos” no son los “honrados pero incompetentes”; queremos arriesgarnos a elegir a “honrados competentes”. Hay una ALTERNATIVA y es REPUBLICANA para quien - aunque en todas partes cuecen habas - el trabajo es el fundamento de la riqueza y la ética descansa en la única Trinidad que es santa: LIBERTAD, IGUALDAD Y FRATERNIDAD

Alfonso J. Vázquez
Eco Republicano

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