El Momento de España, entrevista a LLuís Companys 1933

El Momento de España, entrevista a LLuís Companys 1933
Fragmento de la entrevista a LLuís Companys por Enrique Mariné integrada en el libro "El Momento de España" 1933. Se trata de un libro que recopilatorio de las entrevistas a las figuras políticas más relevantes de la II República Española.

"Hay que vigorizar los instrumentos coactivos del Estado,
acabar la obra de la revolución y evitar que gobiernen por ahora las derechas".


Don LLuís Companys, jefe de la minoría de la izquierda catalana, se ha prestado también amablemente conversar conmigo durante unos minutos acerca de la situación política y la posición de su partido respecto del Gobierno central. Hablamos en el cuarto del Hotel Palace al día siguiente de la demostración del "quorum".

El Sr. Companys quiere sentar "a priori" esta afirmación rotunda:

—La República está bien asegurada.

Y luego, en una breve exposición de antecedentes, cuando le invito a examinar el momento actual y a fijar la posición de su partido, en relación con el Gobierno, me dice:

-Las mismas personas que puedan concebir la idea de que la República no ha llegado todavía a afirmarse, y aparecen ahora unidas en ese pensamiento por la sucesión de hechos que han mantenido últimamente la intranquilidad en el ambiente público, no hubiesen creído jamás, antes de la proclamación de la República, que el cambio de régimen iba a llegar con tan contados trastornos efectivos como se produjo. Si antes de ocurrir ese fenómeno se lo hubieran dicho, no lo habrían creído.

Pero, además, la República no ha agotado sus medios de defensa, ni casi los ha empezado a ejercitar, porque una de las más notorias deficiencias en la organización y en la marcha del régimen es la falta de organización y de vigorización de los instrumentos coactivos del Estado.

Por ejemplo, aquí no hay una policía eficiente. Hoy, todavía, vive la República asentada, no sobre sus instrumentos o medios coactivos, sino descansando, con ausencia de ellos, en la simpatía popular.

En otros países, muchas veces se sostiene en el Poder una minoría audaz con medios coactivos, gracias a los modernos perfeccionamientos. Aquí son tan deficientes los que existen, que no se pueden poner en acción, y la República, repito, está únicamente defendida por el pueblo mismo. Se impone por completo vigorizar los medios coactivos de defensa.

—Pero es indudable, sin embargo -creo necesario objetar-, que el Gobierno tiene que sufrir y vencer la hostilidad de los elementos de derecha.

Y el Sr. Companys, que reconoce esta evidente realidad, explica la causa que, a su juicio, determina la hostilidad apuntada.

—Entiendo que se perdieron los primeros meses de la República sin haberse definido y terminado la revolución, desde el primer momento, de una manera inexorable.

No me parece que haya sido -una táctica acertada por parte de los gobernantes la de alternar las normas jurídicas con los procedimientos revolucionarios durante dos años, sin llegar a hacer, efectivamente, la revolución, porque en ese tiempo, con esta táctica vacilante e intermitente, no se ha hecho otra cosa que sembrar la inquietud.

En los primeros meses de la República se debió haber realizado la revolución de modo inexorable, rápida y eficazmente.

—¿Quiere usted decir -replico-, acentuando las persecuciones?

—No, yo no hablo nunca de persecuciones; me parece inadecuado el empleo de esa palabra. Digamos más bien las reparaciones. La revolución es un hecho, y surge después de una serie de sometimientos y de vejámenes que han trastornado el orden jurídico, y exigen una reparación moral, rápida y violenta, único modo de evitar que la frustre la reacción que sigue a todo movimiento de esa naturaleza. -Claro está que esto era muy difícil de lograr aquí, por lo siguiente: 

la República no vino por un acto revolucionario en la calle; y voy a decir más: si hubiese tenido que venir de ese modo, dudo que a estas horas tuviéramos República. Porque yo, que formé parte de todos los Comités revolucionarios, sabía que a la hora de salir a la calle a disparar tiros, éramos muy pocos los que nos arriesgábamos. Si la Monarquía nos hubiera dado la batalla en la calle, aún no habría venido la República, aunque luego, al cabo de pocos años, la revolución hubiera estallado inevitablemente con mayor fuerza.

La República vino, como es sabido, por una táctica política contra la de los elementos apolíticos; vino con la asistencia de todas las clases sociales, movidas muchas de ellas por un sentimiento más que nada antiborbónico. Y todos los Comités revolucionarios que se habían formado y todas las ansias populares que existían antes de venir la República participaron en el Poder desde el primer instante.

—¿...?

—Así, el Gobierno provisional fue de derechas y de izquierdas. Y, como es lógico, contó con unas y otras fuerzas, porque la República tenía en todas ellas un gran ambiente. Por ello, en los primeros meses, la República no pudo definirse, por haber venido en esas condiciones.

Como consecuencia de esto, en las elecciones para las actuales Constituyentes, los partidos lucharon un poco confundidos. Si bien había un gran ambiente a favor de las izquierdas, también es cierto que se formaron partidos de derecha, mientras que en las elecciones del 14 de abril la lucha era de monárquicos contra los adversarios de la Monarquía y los republicanos.

En aquel momento se da el caso de que, a pesa, de la capacidad de las clases conservadoras, obtienen un innegable éxito los elementos de izquierda, mientras que las derechas, acaudilladas por hombres tan prestigiosos como Alcalá Zamora y Maura, apenas traen a las Cortes dos docenas de diputados. En realidad, las derechas no sabían por dónde iban. Y en aquel momento, cuando los hombres de la izquierda debieran haberse puesto a caballo en la revolución, dirigiéndola y encauzándola, para canalizarla, con la ayuda de gobernantes eficientes, en aquel momento, continúa el Gobierno de derechas e izquierdas, que se ve obligado a solicitar del Parlamento un voto de confianza a cada paso.

Y yo quiero recordar que fui el único que se levantó en el Parlamento a negarles ese voto de confianza, diciendo esto que acabo de repetirle a usted, y haciendo constar, además, que el Gobierno de derechas e izquierdas, en aquella hora ce las Constituyentes españolas, oprimiría a la Cámara, impediría el libre juego de la revolución y haría ineficaz y peligrosa toda reforma progresiva.

Ocurrió lo que yo había predicho: que siguió la azarosa discusión de la ley fundamental, y que, a cada momento, el Gobierno tenía que pedir nuevos votos de confianza a las Cortes. Y luego, la crisis con la salida del Sr. Alcalá Zamora, que estuvo a punto hasta de perder la presidencia de la República... Para mí. el Gobierno actual debía haberse formado mucho antes, para haber terminado enseguida la obra revolucionaria, y ya estaríamos en el momento de la pacificación.

—¿Y ahora le parece a usted. acaso, que no va a poder terminar esa obra?...

—No quiero decir tanto. Quizá pueda terminarla, pero con mucho trabajo, y apelando a todos los recursos parlamentarios. Por supuesto, no le faltará nuestra ayuda. Nosotros hemos sido leales con la obra gubernamental y, modestia aparte, es cosa clara que el Gobierno ha vivido por los votos que le ha prestado en el Parlamento la izquierda republicana de Cataluña; pero, además, por el éxito que en las elecciones de aquella región tuvo nuestro partido. No hay, en efecto, precedente de ningún partido que, como el nuestro, haya obtenido la mayoría en todas las circunscripciones, lo cual supone una afirmación de la tendencia izquierdista, que ha repercutido en el Gobierno central como una demostración clara de que el país quiere que gobiernen las izquierdas.

—¿Que esto nos da ya una gran responsabilidad ante la conciencia de la República española? Desde luego; sabemos que ante las derechas españolas el concurso que prestamos al Gabinete Azaña nos resta simpatías, pero, queramos o no queramos, nos vemos obligados a mirar a la realidad, y como en los momentos actuales, las minorías, en una gama confusa y obscura, están atacando al régimen parlamentario, y con la persistencia del ataque se desvirtúa su esencia, nosotros hemos tenido que salir al paso de esta maniobra, aunque entendamos que la obra del actual Gobierno deja mucho, muchísimo que desear...

Entonces, ¿ ustedes no están identificados con el Gobierno?

—¡Pues ésta es nuestra tragedia!: que tenemos que defender la política de un Gobierno con el que no estamos conformes. Por otra parte, nadie puede, dudar de que, con la táctica obstruccionista, la vida del Estado está. detenida en sus funciones.

—¿Y cuál es la impresión de ustedes respecto al porvenir inmediato?

—Nosotros creemos que debe mantenerse la orientación de izquierda.

—Si viniese un Gobierno de derechas, peligraría la República.

—¿...? No. Hoy por hoy, no hay peligro monárquico. Hay, sí, la inquietud social, las apetencias de la multitud, que no están definidas, el vago deseo de una cosa nueva, los imponderables imaginativos. Y ese peligro puede ser encauzado, dirigido por un Gobierno de izquierda, pero no por un Gobierno de derecha; como que, fatalmente, los Gobiernos de izquierda son los únicos que pueden garantizar al otro sector la sumisión y el aquietamiento de las masas revolucionarias que, en el caso de un Gobierno de derechas, se levantarían airadas ante el temor de que sus conquistas peligrasen.

Creo, pues, que se impone un Gobierno de izquierdas, que muy bien puede no ser como el actual y con el mismo Presidente, porque no puede decirse que hayan fracasado todos sus elementos componentes, sino tan sólo algunos de los que rigen los departamentos donde no se ha sabido realizar las reformas aprobadas por las Cortes.

En este ministerio hay personas necesarias todavía, y aun aquellos hombres fracasados, lo son, porque han perdido el optimismo en su trabajo, el dinamismo necesario para proseguir su labor, porque han convertido sus departamentos en centros burocráticos.

—Pero lo que no me ha dicho usted—pregunto--, es el parecer de la izquierda catalana respecto a la continuación o no continuación de los socialistas en el Gobierno.

-Ante todo- me contesta el Sr. Companys, quiero aprovechar esta ocasión, como procuro no dejar pasar cuantas se me ofrecen al hablar de los socialistas, para proclamar que la República les debe gratitud por cuanto hicieron para su advenimiento y su consolidación. Ahora bien, la continuidad de los ministros socialistas en el Gobierno depende de ellos...

—Y como ellos no quieren salir...

—Pues yo no veo que su permanencia ocasione ningún perjuicio, sino, por el contrario, que más bien beneficia a la República. La obra que queda por hacer para cumplir lo dispuesto en la Constitución, no puede realizarse sin el concurso de los socialistas en el Parlamento, y, claro que también en el Gobierno, si ellos no quieren abandonarlo voluntariamente.

Dicho esto, el jefe de la Esquerra me pregunta a su vez si ha expuesto claramente su pensamiento.

—¡Clarísimamente!—le contesto. Y me despido del presidente del Parlamento de la Generalidad.
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