El republicanismo hoy

Estos últimos años han puesto en evidencia el creciente malestar e insatisfacción que genera el funcionamiento de regímenes pseudo democráticos cada vez más identificados con formas extremas del neoliberalismo.


Rafa Luna
El propósito de un régimen democrático es establecer unos cauces ciudadanos de participación de los verdaderos soberanos para que las personas que ellos elijan den solución a los problemas de la sociedad en un marco de libertad y equidad; sin embargo, la legitimidad democrática a escala mundial se ha deteriorado y aparece hoy en día cada vez más sometida al orden económico globalizado. Europa, y por ende España, se ha puesto al servicio de la lógica neoliberal, cuyos principios se aplican en nombre de supuestos técnicos que no aceptan lecturas alternativas y que consagra el predominio de la supremacía del poder económico sobre la única soberanía de un sistema democrático, que reside en los ciudadanos. Aunque se hable de conformismo e indiferencia ciudadana, de funcionamiento obsoleto del sistema democrático; de crisis de los partidos políticos y de creciente abandono de los cometidos esenciales del Estado; el verdadero problema reside en la abdicación del ciudadano que, falto de una Educación para la Ciudadanía Democrática no se cree realmente que sea el soberano y, en consecuencia, sigue actuando como siervo.

Divorciada de la sociedad civil, que ha abdicado de unos derechos que no se cree que tenga, la vida política gira alrededor de sí misma y de los partidos que pierden toda referencia externa. La política se convierte en partidocracia al servicio del poder del capital, lo que hoy se llaman los mercados, y tiende a organizarse para mantenerse en el poder o asegurar su propia estructura olvidando las normas éticas de equidad y distribución de lo riqueza entre todos los que la generan, que son la esencia de una sociedad democrática y social. El aparato de los partidos, instalados en el poder, suplanta la voluntad general y “legitimados” por las elecciones se comportan como dictadores durante los cuatro años de su mandato.

La definición que hace Lincoln “democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” poco tiene que ver con las prácticas de gobierno contemporáneas, donde las decisiones políticas están lejos del control de los ciudadanos, cuya capacidad ha sido legalmente limitada a poder votar periódicamente eliminado toda posibilidad de un participación más activa y donde no hay expresiones de autogobierno colectivo. Por ello se advierte del peligro creciente de democracia sin demócratas, de políticas sin políticos en un país como el nuestro, donde la democracia que nunca hemos recuperado en este país- su Jefe del Estado ha sido elegido por el dictador que acabó con ella, mantiene una ficción de Parlamento que cad vez se parece más al Parlamento Franquista, donde también se elegía a sus miembros, pues consiste en un sistema representativo fraudulento para seguir haciendo creer que esto es una democracia - porque se vota - ¡y no lo es!

Actividades siempre fueron públicas se han privatizado reduciendo al mínimo el papel de la discusión el control o el uso del espacio público. Este déficit democrático ha agravado más aun los efectos perversos; disminución de la responsabilidad ciudadana, la exclusión social, el desempleo, la burocratización de la gestión de los servicios y la inacción ante la impotencia legal que ha producido la modificación de la situación laboral (paro, inseguridad, precariedad, trabajos temporales). Quizá lo más grave sea la creciente inadecuación de las respuestas de los partidos políticos ante las nuevas demandas de la sociedad. Crispada de impotencia sobre su propia rutina, la non- nata democracia basada en los derechos adquiridos que sufren un brutal desmantelamiento se apuntala con los numerosos tabúes colectivos de lo políticamente correcto. El desafío que planteamos los republicanos no puede ser otro que la imprescindible y radical revisión del funcionamiento del sistema vigente monárquico de raíz y esencia franquista, para terminar así la Transición a la Democracia que se nos ha escamoteado. 

Entendemos, al igual que Philip Pettit, el republicanismo no sólo como forma de estado sino como un sistema de valores promotor de la libertad positiva y de la equidad frente al liberalismo imperante del capitalismo salvaje de los mercados.

El interés público y la libertad política deben significar, antes que nada, el derecho a ser un participante activo en la construcción de nuestro presente y nuestro futuro. Una democracia real solo existe en un sistema político en el que los ciudadanos participan activamente y cuyo gobierno emana de la voluntad general y está atenta a ella. En ningún caso cabe considerarlo como una abdicación del poder en manos de unos pocos. 

La esencia del republicanismo exige la existencia de un contrapeso a la falta de diálogo y de deliberación política que impera en la actualidad; por ello debe poner el acento en la recuperación de valores y principio esenciales en todo régimen democráticos: como el de la libertad, la justicia, la equidad y el fomento de los derechos y deberes ciudadanos.

Un individuo es libre en la medida en que dispone de los recursos y los medios instrumentales necesarios para realizar o determinar sus propios planes de vida, su autogobierno o autorrealización personal. Para los republicanos no hay libertad civil sin una ley que la consagre de modo real y efectivo y el Estado de derecho democrático - no uno inventado por un dictador que nombró a perpetuidad al Jefe del Estado - es el mejor garante de su existencia.

Exaltar el valor de la ciudadanía y la participación y buscar mecanismos que permitan tanto el control de las instituciones estatales por parte de los ciudadanos como la descentralización, el control local y la autodeterminación local, son principios que resultan también un vehículo apropiado para inculcar rasgos como la empatía, la virtud cívica y el sentido de la comunidad.

Los pilares del republicanismo tienen como eje el bien común, las libertades y derechos, no meramente formales, sino reales, lo que exige que el ciudadano debe de contar con los medios necesarios para su realización, proporcionados por la República, puesto que ese es su fin propio y específico: que el Estado esté al servicio de los ciudadanos donde reside la soberanía.

La Libertad: Entendida esta como una protección frente a la dominación o exposición del individuo a la interferencia arbitraria que supongan un atropello de su dignidad y voluntad.

Recordamos con Aristóteles que “no hay individuos libres sino entre iguales”, de tal forma que en la práctica hay que legislar la igualdad, siguiendo la máxima de Rousseau: “nadie debe ser tan rico como para que otros dependan de él, ni nadie tan pobre como para necesitar venderse a otros”.

La laicidad: Los republicanos creemos en la virtud de la laicidad, que, en realidad, es la piedra angular de la filosofía republicana. Los republicanos hemos defendido la racionalidad de las instituciones públicas, partiendo desde la escuela -en lo que respecta a las influencias sociales, filosóficas o religiosas-, lo que permite a todos a seguir razonar sobre sus propios pensamientos.

La solidaridad: La solidaridad ilumina toda la acción de los republicanos. De un hecho social, hacemos una exigencia moral. Su fomento debe lograrse a través de la libre asociación y no por la fuerza. Para fortalecer los lazos que existen entre el individuo y la sociedad, la política debe estar guiada por la solidaridad como una realidad intangible y necesaria.

El Humanismo: El hombre es la medida, el propósito y la justificación de cualquier acción pública. Su desarrollo integral, que da sentido al progreso y justifica el esfuerzo de una organización social, debe guiar la acción pública.

El respeto: La expresión y acción de los republicanos se definen por la razón y el respeto. En el corazón de cualquier proyecto republicano se expande la idea de la convivencia amable.

El Universalismo: Los republicanos tenemos una concepción subjetiva de la nacionalidad, con base en la voluntad libremente expresada de un futuro común y no en criterios de idioma, raza, historia o geografía, como elementos terrenales ni de religiones como elementos extraterrenales.

El sentimiento republicano resurge como una reacción y respuesta a los engaños que afirman que gobernar es realizar pactos entre grupos poderosos de intereses privados, sin ninguna participación, diálogo y función deliberativa que tenga en cuenta la ciudadanía, práctica política y económica. Ésa es la esencia del que ha llevado el liberalismo antidemocrático basado en la soberanía de los mercados. Los compromisos republicanos básicos, la deliberación, el universalismo y la ciudadanía, vuelven a estar llamados a desempeñar un papel decisivo en la nueva forma de hacer política que es la esencia del viejo sistema democrático que anhelan todos aquellos disconformes con el liberalismo reinante que atropella la soberanía ciudadana.

¡Viva la República!

Rafa Luna Maguilla



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