Margallo en su salsa.

Nuestro ministro de Exteriores, el mismo que a la primera ocasión que tuvo tras su nombramiento dijo en Bruselas eso de "Gibraltar Español", le acaba de decir a Alexis Tsipras que aprenda de Rajoy. Que si quiere ver a Grecia nadando en la abundancia, tal y como estamos en España, lo que tiene que hacer es poner en práctica las políticas que el Partido Popular puso en marcha en España a finales de 2011. La faena la ha rematado diciéndole al dirigente griego que le va a enviar el "Plan Rajoy" traducido al griego. Tsipras sonreía al mismo tiempo que le escuchaba y por educación evitaba decirle a Margallo que el plan que Rajoy está ejecutando ya lo tenían los griegos desde hace años, redactado en un perfecto alemán y firmado por Merkel, que él no está dispuesto a masacrar al pueblo griego tal y como lo está haciendo Rajoy con los españoles y que él tiene pensado hacer todo lo contrario.

Está claro que a Alexis Tsipras le importa Grecia, pero también que los griegos le importan más. Que eso del PIB español está muy bien, pero que él no está dispuesto a que los griegos sigan sufriendo para alcanzar unos porcentajes de crecimiento que solo benefician a las clases poderosas europeas, tal y como está sucediendo en España. Unos datos económicos de los que Tsipras conoce bien su "elasticidad" para someterse a la manipulación. Los griegos han vivido en su propia piel la situación creada por el gobierno derechista de Nueva Democracia presidido por Kostas Karamanlís maquillando durante años, con la ayuda del banco de inversión Goldman Sachs, sus datos macroeconómicos, principal motivo hoy del férreo control que la Troika ejerce sobre Grecia. A Tsipras que no le hablen de los datos que elaboran los amigos de Samarás y menos aún de los que cocina Rajoy, presidente de un partido y de un gobierno donde la corrupción y la manipulación de los datos baten récords mundiales.

Bien está que Rajoy y sus palmeros nos machaquen a los de casa, día tras día, con su pretendida recuperación económica, pero que intenten venderle la moto a los de fuera nos pone a todos en ridículo. Bastante ridículo hicimos ya vitoreando al franquismo, saliendo en las televisiones de todo el mundo aplaudiendo a nuestro particular Führer mientras las cárceles estaban llenas de presos politicos y los garrotes funcionaban a pleno rendimiento. Bastante ridículo hacemos todavía hoy manteniendo una monarquía fruto de los deseos y mandatos de un genocida. Demasiado ridículo como para que Margallo lo aumente.

Un Margallo que acaba de decirle a Maduro que es importante que Venezuela celebre elecciones antes de fin de año. Todo un crack de la diplomacia.

Un Margallo que hace poco se presentó en Mauthausen para asistir en representación de España al homenaje ofrecido a los españoles republicanos que estuvieron y murieron en este campo de concentración nazi. Un homenaje que en España nunca se llevó a cabo. Destacó Margallo la importancia de "honrar y renovar un deber universal de memoria" ante la barbarie, olvidando que aquí, en España, el gobierno del que forma parte ha dejado sin presupuesto la Ley de Memoria Histórica, una ley que muchos de sus compañeros de partido, quizá el también, están locos por derogar. Un homenaje plagado de banderas republicanas que tuvieron que compartir espacio y aire con Margallo, fundador del Partido Popular de José María de Areilza y Pío Cabanillas (1976), y de la Unión de Centro Democrático (UCD) (1977), diputado por Valencia por Coalición Popular; Secretario de las Relaciones Internacionales de la Democracia Cristiana (antes PDP), diputado por Valencia por el Partido Popular, europarlamentario y desde 2011 ministro de Exteriores. En definitiva un personaje anclado a la derecha política y al clero, que lleva viviendo del presupuesto nada menos que desde 1968 (47 años). 

Un Margallo que mira por encima del hombro a los griegos, simplemente por haber tenido éstos el valor y la inteligencia necesarios para apartar de la vida política a personajes como él. 

Benito Sacaluga

Margallo en su salsa.
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