Fernando Valera: «La España libre no ha muerto»

Fernando Valera: «La España libre no ha muerto»
En el 43º Aniversario de la proclamación República Española se conmemoraron en México D.F. dos actos de alta significación política y de confraternidad hispanomexicana, simbolizados en la inauguración de dos monumentos: el erigido a Lázaro Cárdenas y el dedicado al poeta español León Felipe. Posteriormente, el día 21 de abril de 1974, en el Centro Libanés de México, se celebró un banquete con la asistencia de diversas autoridades y en el que el Presidente del Gobierno de la República Española en Exilio, Fernando Valera Aparicio realizó el siguiente discurso:






«Señor Presidente de los Estarlos Unidos Mexicanos, señores ministros, señores embajadores, amigos mexicanos y españoles, señoras y señores : 

»No sé si acertaré a expresar mi pensamiento, atenazada como tengo todavía la garganta por la emoción después de las jornadas literarias en que se rememoró al poeta del éxodo y del llanto, y de la solemne inauguración del monumento que la emigración republicana española erige al insigne Lázaro Cárdenas, el excelso mexicano universal que, en unión de su pueblo, salvó del deshonor al mundo y de la humillación y exterminio al pueblo republicano de España. (Grandes aplausos.) 

»No obstante, levantóme a requerimiento de mis compatriotas para ofrecer este banquete conmemorativo del Catorce de Abril aquel día único en la historia en que nuestro pueblo derribó para siempre una monarquía, un tiempo gloriosa, aunque ya físicamente caduca y moralmente envilecida, e instauró la República, demostrando de una vez para siempre que España es una nación tan apta como la que más para vivir en régimen de libertad y democracia. (Aplausos.) 

»No quiero entrar en materia sin expresar antes el saludo respetuoso y cordial al señor Presidente de México, Lic. Luis Echeverría Alvarez, en nombre del venerable y venerado Presidente de la República Española, don José Maldonado, y de su Gobierno, que ha estado presente en el homenaje a León Felipe por tres de nuestros jóvenes ministros, don Antonio Alonso Baño, don Macrino Suárez y don Manuel de Rivacoba, hombres procedentes de las nuevas generaciones republicanas que han venido a remozar con savia juvenil las viejas Instituciones exiliadas y se han incorporado generosamente, audazmente, fervorosamente, a nuestra aventura y desventuras, dando así el mentís a quienes se hacían la ilusión de que los derechos de la España republicana prescribirían a plazo fijo con la fatal extinción física de sus heroicos defensores. (Aplausos.)

La España libre no ha muerto

»Paréceme igualmente oportuno proclamar una vez más, ahora en nombre de todos los republicanos de mi patria, los de la España Errante y los de la sufrida, sublime, eterna España de la Noche y el Silencio, nuestra imperecedera gratitud al Presidente Luis Echeverría, que ha sabido y querido recordar al mundo la pervivencia de la República Española con una generosidad, una entereza y una habilidad poco frecuentes en la diplomacia contemporánea. Gracias a usted el mundo ha tenido que recordar que la España libre no ha muerto, ni puede morir, y nosotros nos hemos sentido reconfortados con la impresión de que el espíritu del Presidente Cárdenas, personificado ahora por un ciudadano Presidente de su mismo rango moral, sigue velando por la fraterna comunión de la España heroica y de este noble pueblo mexicano, indio y español, liberal y revolucionario. (Clamorosa ovación del público puesto en pie, al presidente Echeverría.)

»Ya sé yo que nuestros adversarios, fanáticos practicantes del culto a Caín -ellos, los caínes sempiternos, de que hablara el poeta Luis Cernuda, «nos despojaron de todo, nos dejan el destierro»-, alérgicos a la convivencia fraternal, se mofarán de que nos reunamos una vez más en un banquete para conmemorar la efemérides gloriosa de nuestro Catorce de Abril, como se reunían nuestros padres y abuelos recordando la del Once de Febrero, en que se instauró la Primera República. Me sorprende, a decir verdad, esa censura -¿Preferirían quizás que nos juntásemos para preparar crímenes políticos o guerras fratricidas?-, y me sorprende sobre todo proviniendo de gentes farisaicas que profanan los nombres santos, cuando se dicen cristianos.

»En efecto, pronto hará veinte siglos que en un modesto albergue de las afueras de Jerusalén se reunieron a partir el pan y el vino, en torno a una pobre mesa desmantelada, el mendigo sublime e iluminado de Galilea y doce de sus discípulos, todos pobres e iletrados, y entre ellos un traidor. El suceso, intrascendente, pasó inadvertido, incluso para las autoridades de la sinagoga y del imperio, y, sin embargo, de aquella cena frugal había de surgir andando el tiempo una de las más profundas revoluciones culturales de la historia humana: el cristianismo.

»Sí, reunirse para partir el pan y el vino, si ello se hace no con ánimo de hinchar la panza, sino de convivir, de comulgar, unos momentos en ideales y propósitos elevados y para pensar en los Comunes deberes y en el común destino, puede ser -es- un considerable acto de creación humana, un acto profundamente revolucionarlo. Este convivio es expresión del deseo de forjar el clima de solidaridad, el pensamiento unificador que concierte, sume y simultanee las energías liberadoras del pueblo republicano en torno al Gobierno en exilio cuyas dos colosales palancas de poder consisten en que es el guardián de la legitimidad política de España y en el inconmensurable prestigio moral que le prestan los reconocimientos del pueblo mexicano y del pueblo yugoslavo a cuyo Embajador, también comulgante hoy en este banquete simbólico, saludo y ruego transmita a su heroico y sabio guía nacional, Joseph Broz Tito, el testimonio fervoroso de admiración, cariño y respeto del pueblo republicano español. (Grandes y prolongados aplausos y vivas a Yugoslavia y a México.) 

Lealtad a la Constitución republicana

»¿Qué es, qué representa y a qué aspira el Gobierno legítimo de la República en Exilio? No pretendo que aceptéis nuestra política de buenas a primeras, sin sopesarla; ahí os dejamos nuestro programa como tema de meditación o hipótesis de trabajo, y sólo aspiramos a que recojáis nuestras ideas con benevolencia y las contrastéis con vuestros propios análisis, tomando del nuestro la espiga granada del pensamiento y aventando la paja vana de la elocución. 

»Como representantes de las Instituciones republicanas reiteramos la inquebrantable vocación de mantener en alto la bandera de la legitimidad, así como nuestra lealtad a la sabia y gloriosa Constitución de 1931. (Grandes aplausos, vivas a la República y a la Constitución.)

«Afirmamos solemnemente que, en tanto no se hayan restablecido las libertades políticas en España, y en ejercicio de ellas el pueblo haya instaurado una nueva legitimidad, aseguraremos el funcionamiento de las instituciones republicanas, sea en exilio como ahora, sea en algún trozo del territorio nacional si tenemos los medios -la vocación no falta- de liberarlo.

»No es un derecho que reclamamos. Es un deber histórico que cumplimos. Cuando el pueblo español era libre para expresar su voluntad soberana encomendó a sus representantes elegidos por sufragio universal un deber que sólo puede ser cancelado por otra expresión igualmente libre e inequívoca de la voluntad nacional. Ceder un derecho puede ser un acto de generosidad; renunciar al cumplimiento de un deber es siempre una deserción y una cobardía. Y nosotros no somos, ni seremos nunca, desertores ni cobardes. (Muy bien. Aplausos.)

«Nuestra lealtad a la Constitución republicana no supone, empero, ni la ambición ni la vana esperanza de que hayan de ser nuestras personas singulares las que representen las Instituciones democráticas el día en que se restablezcan en España. Han pasado demasiados años desde que salimos al destierro y muchos de los mejores hombres de la República cayeron por los caminos del mundo o perecieron en España. No luchamos con el designio de gobernar -nosotros, nuestras personas- sino para que España pueda elegir libremente los hombres dignos que la gobiernen con el asentimiento de los gobernados y en representación de su pueblo, no en virtud de un carisma teológico e irracional incompatible con la moral y con los signos de nuestro tiempo. (Aplausos.) 

»En efecto, la República constitucional no significa la hegemonía de ninguna personalidad, clase social, ideología, partido o coalición política, sino la garantía para todos los españoles de que se les reconocerán y respetarán los mismos derechos y se les exigirán los mismos deberes, así como la participación, igual para todos los ciudadanos, en las Instituciones públicas. La República es un régimen abierto a todos los españoles, o no es República. Ni por la derecha, ni por la izquierda excluimos de la convivencia nacional a nadie que esté dispuesto a respetar los derechos y libertades de los demás ciudadanos. 

«Aspiramos a restablecer la vigencia de la Constitución de 1931 porque, además de que a nuestro juicio es la mejor fórmula de convivencia nacional hasta ahora concebida, entendemos que sería la manera más directa, rápida, justa y eficaz de restaurar y consolidar en el país la paz, la libertad y la democracia, y porque en esa Constitución se contienen las orientaciones acertadas y actuales, y el cauce jurídico, para resolver los graves problemas que hoy tiene planteados el país, sin necesidad de someterlo a la tensión y a los azares inherentes a todo período constituyente.

«Somos un Estado pobre, en exilio»

»A fin y al cabo -y bueno es recordarlo- ése fue el compromiso solemne y no cumplido que contrajo con la nación y con la historia la facción del Ejército que en 1936 se sublevó contra el Gobierno legal, según se puede comprobar en las proclamas y alocuciones de sus jefes más significados, todos los cuales, incluido el general Franco, manifestaron entonces su propósito de salvar la República que, decían ellos, había sido desbordada por las turbas, y respetar la Constitución conculcada -según ellos- por la coalición gobernante.

»Por ella, por la Constitución, murieron también los innumerables y heroicos militares españoles leales a la República, demasiado injustamente olvidados, de quienes ha podido decir con pruebas irrefutables a la mano mi compañero de gobierno Antonio Alonso Baños, que nunca en la historia se ha derramado tanta sangre de militares profesionales en defensa de una causa justa como la que se derramó en España por la República. Entre la multitud inagotable de crímenes perpetrados por el general Franco, se suele olvidar que el primero fue asesinar a la mayoría de los generales y jefes superiores de Ejército español, por el monstruoso, flamante y hasta entonces nunca visto delito de haber sido leales a la palabra de honor empeñada y de acatar a las autoridades e Instituciones legítimas de la nación. (Muy bien. Grandes aplausos.)

«Sabemos que la tarea es desproporcionada a nuestras capacidades y recursos. Lo que hayamos de conseguir dependerá no tanto de nosotros mismos como de la asistencia popular que logremos merecer. Somos un Estado pobre, en exilio. Ni individual ni colectivarmente disponemos de otros medios de acción que los que podamos adquirir con nuestro trabajo personal y con la solidaridad de nuestros amigos.

Nada sabemos del fabuloso tesoro de España. Si, como dice la fama, una parte considerable del mismo fue depositada en Rusia al comienzo de la guerra civil, dedúcese de manera evidente que no obra en nuestro poder ni estuvo nunca a nuestra disposición. La penuria económica ni nos sonroja ni nos amedrenta, antes bien nos enorgullece y estimula. Podemos proclamar como Sócrates que la pobreza es el testigo de nuestra honestidad.

Madura una conciencia democrática

»Ni la acción violenta ni el terrorismo revolucionario serán nuestras tácticas de combate. Las comprendemos, y hasta las disculpamos, al considerar que el país está desde 1930, no gobernado, sino oprimido, y el Poder público secuestrado por el Estado terrorista. Es el terrorismo del Poder, en España, el que engendra el terrorismo de la calle. Pero no lo compartimos ni lo adoptamos.

«Creemos que la presión de la opinión pública, debidamente alertada, es el arma política más poderosa y eficaz para derrocar tiranías y consolidar la democracia libre. La historia de España nos brinda reiterados ejemplos de la bondad y eficacia de esta doctrina; uno de ellos el 14 de abril de 1931 en que la corriente irresistible y contagiosa de la opinión pública impuso a la Monarquía la consulta electoral que alumbró la Segunda República.

«Nuestra acción política se encamina, pues, principalmente, a despertar, alentar, ilustrar y orientar la conciencia republicana del país, convencidos como lo estamos de que en las pugnas del Estado opresor con la sociedad oprimida, en definitiva, es siempre la sociedad la que prevalece.

«Sabemos que en España está hoy madurando, espontáneamente, una conciencia liberal y democrática cada día más caudalosa, la cual reclama, incluso desde las filas y prensa del movimiento franquista, el restablecimiento de las libertades públicas. Hasta en las inmediaciones del Poder hay hoy personas dignas cuyo patriotismo les dice que la continuación del régimen salido de la guerra civil y que tiene secuestrada desde hace treinta y cinco años la soberanía nacional supone un insulto permanente a España, presentada ante propios y extraños como un pueblo inferior, incapaz de gobernarse libremente; un obstáculo infranqueable para la incorporación del país con el rango que le corresponde al mundo civilizado y un grave y creciente perjuicio económico, en cuanto que la prolongación de la dictadura es la sola responsable de que estemos al margen del Mercado Común y ausentes del proceso formativo de la nueva Europa. El restablecimiento urgente de la democracia libre es hoy un imperativo nacional, por razones de dignidad, de prestigio político y de interés económico, en una palabra: de patriotismo. (Muy bien. Nueva ovación.) 

»El intento continuista que persiguen las llamadas leyes fundamentales del Reino, elaboradas a hurtadillas de la legítima representación popular y consagradas en un grotesco simulacro de referéndum, no es, no puede ser y no será ni la democratización, ni la liberalización, ni la pacificación que el mundo civilizado nos exige y que España merece y espera.

«No puede haber, no habrá auténtica democracia, ni consiguientemente libertades políticas, paz social y prosperidad económica, si se le sustrae a la nación el ejercicio de la facultad constituyente en el acto fundamental de decidir sobre la forma de gobierno y designar el Jefe del Estado. No hay régimen legítimo, ni príncipe respetable, si no emanan de la consulta previa, libre y sincera a la voluntad actual de la nación. (Prolongados aplausos.)

«La legitimidad no la da ni la quita la violencia».

«Las Instituciones republicanas en exilio no arriarán, pues, la bandera de la auténtica legitimidad ante un monarca espurio, desleal a su dinastía, cómplice y ejecutor testamentario del déspota carismático que lo erigió, por su solo arbitrio, príncipe heredero de la usurpación inicial, y responsable con él y a la par de él, ante el pueblo y ante la historia, del crimen imprescriptible de haber asaltado y mantenido en secuestro durante tantos años la soberanía de la nación. (Muy bien, aplausos.)

«Y ello, cualquiera que fuere la aceptación y reconocimiento que le otorguen las Cancillerías extranjeras y las Organizaciones internacionales. La legitimidad no la da ni la quita la violencia vencedora ni la diplomacia claudicante. La legitimidad es un derecho exclusivo, permanente, intransferible e imprescriptible del pueblo soberano, y mientras el pueblo no haya podido manifestar libremente su actual voluntad política, nosotros seguiremos proclamando que el único régimen legítimo de España es el que se funda en la Constitución republicana de 1931 y en los Estatutos de autonomía de ella derivados. (Muy bien. Gran ovación.) 

«Los venerables presidentes que personificaron en el exilio las Instituciones legítimas de España, Excelentísimos señores don Manuel Azaña, don Diego Martínez Barrio, don Luis Jiménez de Asúa y hoy don José Maldonado, y los Gobiernos que ellos designaron, presididos sucesivamente por don Juan Negrín, don José Giral, don Rodolfo Llopis que se encuentra en la presidencia de este acto y a quien yo saludo con admiración, cariño y respeto (nutridos aplausos al señor Llopis), don Alvaro de Albornoz, don Félix Gordón Ordás, el general don Emilio Herrera, el historiador don Claudio Sánchez-Albornoz, y yo mismo, manifestaron siempre su buena disposición para negociar el tránsito pacífico a la normalidad constitucional por procedimientos democráticos, proceso que culminaría en la celebración de una consulta electoral libre.

«Nosotros, el actual Gobierno, mantenemos la misma disposición generosa, sin por ello renunciar ni desesperar de la máxima aspiración: que se restablezca la vigencia de la Constitución de 1931 y que, al amparo de ella, el pueblo elija un nuevo Parlamento y designe un legítimo Jefe del Estado, reanudando así la historia de España como pueblo libre, interrumpida en 1938 por la rebelión del Ejército colonial africano que desencadenó la guerra civil, la revolución social y la intervención extranjera. 

«Mas mientras esa trascendental aspiración no se haya efectuado, que se desengañen los enemigos incorregibles, los exiliados claudicantes, las diplomacias de mercaderes y las organizaciones internacionales envilecidas por el escepticismo, la codicia o la cobardía: habrá Gobierno de la República Española en Exilio. Fantasma del ideal o espectro acusador de la conciencia de la humanidad deshumanizada, habrá Gobierno de la República Española en Exilio. En su actual residencia de París, o en el territorio nacional de una Embajada, o en la buhardilla de una vieja casona en ruinas, o en el carro del nómada, o en el campo de concentración, o en la celda de un presidio, habrá siempre Gobierno de la República Española. ¿Hasta cuándo? Hasta que el pueblo español sea libre para elegir a los hombres dignos que legítimamente le gobiernen. (Grande y prolongada ovación.) 

«Amigos españoles que me escucháis, amigos mexicanos que comulgáis con nosotros en el santo sacramento del ideal republicano; señor Presidente del pueblo noble que, para nosotros, ha salvado el honor de la humanidad no inclinándose ante el patricidio perpetrado con España, ése es el Gobierno de la República que vosotros honráis con una amistad eternamente agradecida, porque la sabemos sincera, generosa, ejemplar y desinteresada.» (El numeroso público aplaude, larga y entusiásticamente al orador.)

Transcripción: Equipo de redacción de Eco Republicano



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