Así son los reyes, por Alejandro Lerroux

Así son los reyes, por Alejandro Lerroux
Así son, como ese bárbaro, de Rusia, que ayer parecía el caudillo del arbitraje, el propagandista augusto de la paz universal, el poeta cantor del "desarme", y es hoy la fiera ansiosa de sangre, Molok terrible en cuyo holocausto un millón de hombres se extermina sobre los campos nevados, glaciales, de la Mandchuria...

Así son los reyes, como el supremo sacerdote de todas las Rusias, ministro casi sobrehumano de una religión de amor, el "buen padrecito" de los pueblos eslavos, tan cándidos que ayer se emocionaban ante el idilio santo del zar padre, inclinado amorosamente sobre la cuna del lobezno imperial, y que hoy rugen de dolor bajo el látigo cruel de los cosacos empujados por el "padrecito", que, sordo a sus quejas, los ametralla a bocajarro, los asesina, los patea, los descuartiza...

Así son, y no pueden ser, y no deben ser de otra manera.

¿Acaso un rey es un hombre? Ni es hombre ni es Dios. Es monstruo.

Lo engendra la tradición, lo unge la ignorancia, lo sostiene la cobardía de los pueblos. Fue, pero ya no es. Vive de la santa alianza entre dos tiranías: la tiranía religiosa y la tiranía económica. Se necesitan recíprocamente, como la cumbre y el pararrayos. Los tres juntos constituyen el privilegio, es decir, la injusticia; es decir, la guerra social. El rey es la clave del arco.

No puede ser de otro modo. Si lo fuera, se derrumbaría esta organización social, el rey se convertiría en ciudadano; y cuando los reyes dejan de ser reyes, los pueblos dejan de ser esclavos.

No hay un solo ejemplo. Si me lo presentáis os diré que aquél no siguió siendo "el rey"; sino que el pueblo, el amor del pueblo, la voluntad del pueblo lo diputó primer magistrado de la nación.

Los verdaderos reyes no tienen, no pueden tener de humano sino lo imperfecto, lo que aun conserva el hombre de la bestia: la lujuria del mico, la ridiculez del mono, la grosería del cerdo, la crueldad del tigre.

Cuando los reyes parecen geniales, son vesánicos, como Guillermo; cuando parecen galantes, son crapulosos, como Eduardo; cuando parecen honrados, son escándalo de su hogar, como Leopoldo; cuando parecen hermosos, son bestias, como Carlos; cuando parecen llenos de virtudes, están vacíos de corazón, como Cristina; cuando parecen pacíficos y buenos, son sanguinarios y asesinos como Nicolás.

Llegan en la sensualidad a la abyección, en el error a la terquedad, en la crueldad a lo infinitamente feroz. En la hora del infortunio les envilece la cobardía y el miedo les degrada.

No ha hecho otra obra de justicia que cuando han entregado su cabeza al verdugo.

No, los reyes no pueden ser de otra manera, porque no siendo ni divinos ni humanos, ni dioses ni hombres, mientras sean serán monstruos.

***

Como absolutos son perniciosos. Como constitucionales, inútiles. Un rey absoluto es una bestia peligrosa. Un rey constitucional es una cosa indigna, como el resultado de un pacto en que se aportan dos abdicaciones que menguan dos soberanías, la del rey y la del pueblo, sin que la resultante sea una soberanía verdadera ni en la teoría ni en la práctica. Acepto todas las consecuencias de mi afirmación.

Pues si absolutos son peligrosos y constitucionales son inútiles, ¿por qué los soportan los pueblos?. Por el hábito de la esclavitud, que ha creado la falsa necesidad del amo. Mientras haya reyes habrá esclavos. Cuando ellos desaparezcan del mundo, alumbrará el día de la igualdad política y amanecerá el de la igualdad económica. Deben desaparecer los reyes; es justo, es bueno, es natural que desaparezcan todos, absolutos y constitucionales.

Cuando absolutos, son escarnio y azote de la humanidad. Recordad esas infamias, esos horrores apocalípticos de Rusia. Los obreros, los campesinos, las pobres mujeres, los estudiantes, los viejos, los niños, los pordioseros, los sacerdotes, los profesores, los artístas, los pensadores, los judíos, los cristianos, toda la triste gleba volcada a la calle desde el taller, desde la escuela, desde el surco, desde la mina, desde el templo, desde los antros todos, se ha postrado de hinojos sobre el lodo delante de la caverna del tigre, ha sido flagelada por el látigo del cosaco feroz, acuchillada, ametrallada, perseguida, cazada, exterminada por los perros rabiosos del asesino imperial; y la turba grandiosa de heroicos luchadores, de mártires sublimes fue empujada en todas las direcciones, acosada por el hierro y por el plomo y por el látigo; y sobre los heridos moribundos galoparon los cosacos; y sus caballos feroces defecaron sobre la sangre caliente, sobre la carne palpitante de los héroes y de los mártires.

¡Oh, vosotros, implacables acusadores! Decidme: ¿qué cantidad de dinamita sería necesario emplear para producir todas esas víctimas que han caído ante los pies del zar, asesinadas por aquella tremenda bomba del despotismo sanguinario?

Y bien; ¿imagináis que los reyes constitucionales son mejores? Son ridículos. Reinan como Guignol y su irresponsabilidad afrenta a la justicia y envilece al pueblo. Mientras el país se arruina en pactos como el de Zanjón, se hacen negocios como los del Noroeste. Mientras las patrias se deshacen, ellos hacen su fortuna y la ponen bajo la custodia de Bancos extranjeros. Mientras los pueblos se amotinan por la carestía de las subsistencias, ellos firman decretos y sancionan leyes regalando miles y millones de pesetas. Mientras el clero secular explota la superstición y envilece la fe religiosa para comer, ellos nombran arzobispos a frailes indignos y conceden plaza a todos los conventos. Mientras la rutina, la ignorancia y aun la codicia malbaratan las dos terceras partes del presupuesto nacional, ellos atropellan la Constitución y el Parlamento para dar altos cargos a sus confesores, para hacer catedráticos a sus papagayos, para convertir sus Consejos de ministros en coro de sacristanes, para que siga el maestro humillado, el soldado sin soldada decorosa y el pueblo sin instrucción, sin educación, sin pan, sin justicia y sin trabajo. Mientras la Hacienda embarga millares de fincas rústicas por débitos de contribución, ellos amparan a los grandes ocultadores de riqueza y rodean de muros y hombres armados miles de hectáreas acotadas para criaderos de caza. Mientras el país se llena de conventos y de frailes, ellos ven impasibles que nuestra exportación nacional va quedando reducida a carne macilenta de labriegos emigrantes, saqueados por el Fisco, robados por el caciquismo, empujados por el hambre. Mientras la escasa legión de nuestros varones ilustres piensa en el modo de regenerar la raza y salvar la nacionalidad por la ciencia y el trabajo, ellos están siempre a punto de enajenar la independencia de la patria, sometiéndola a tutelas extrañas mediante bodas que parecerían contubernios. Mientras los estadistas se preocupan en el modo de fomentar las riquezas naturales del país inmovilizadas o inexplotadas por falta de vías de comunicación, ellos mandan arreglar las carreteras... para correr en automóviles vertiginosos, donde la realeza hace títeres con frecuencia...

¿Grandeza? Sí. Los tímidos conejos caen a centenares. Los próceres no los quieren. La jauría no los come. Allá van, como un rasgo de magnanimidad altísima, 300 conejos para 300 cigarreras. ¿Para qué quieren las cigarreras tantos conejos? Mejor hubiera sido aumentarles un real diario el jornal. 

Pero no hay término medio: ó terribles, como en Rusia, ó grotescos, como en.. Guignol. O Nerón ó Cacaseno.

A veces, cuando la honrada demagogia, que vive de memorias, sueña con el cadalso coronado por la tajante cuchilla triangular, me parece que hace demasiado favor a los reyes de sainete constitucional deseándoles un apoteosis de tragedia histórica.

Eso era antaño, cuando había un Cromwell, un Dantón, un Robespierre...

Hogaño los reyes destronados se marchan en automóvil, sonando sus cascabeles, oliendo a gasolina, tocando la trompeta y apretando en el bolsillo el libro de cheques contra el Banco de Inglaterra, nuestra futura suegra.

***

Así son los reyes; así son, y no pueden ser, no deben ser de otra manera. Los pueblos que aman su dignidad, su libertad, sus derechos, se hacen incompatibles con la monarquía y luchan contra la monarquía y contra el rey.  Sólo los pueblos cobardes se resignan.

Alejandro Lerroux

Madrid, 8 de febrero de 1905 

(Publicado por El Diluvio de Barcelona, también aparece en el libro "De la lucha" de Alejandro Lerroux)










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