La República triunfa en las urnas

La República triunfa en las urnas
Próximo a cumplirse el 89 aniversario de la proclamación de la II República, bueno es que recordemos como fue tal acontecimiento, junto a sus primeros meses y hasta el final de aquel año, de la mano de un testigo presencial. A continuación reproduzco parcialmente un texto de Andrés Saborit Colomer, Alcalá de Henares (Madrid) 10/11/1889-Valencia 26/01/1980.

Entre otros cargos importantes, fue Miembro de la Comisión Ejecutiva del PSOE (Madrid). Diputado PSOE por Oviedo, Madrid y Ciudad Real. Durante la guerra civil fue Director General de Aduanas y presidente del Banco de Crédito Oficial. Al finalizar la guerra marchó al exilio en Francia. Miembro de la Comisión Ejecutiva del PSOE en el exilio. Presidente del Congreso de Toulouse del PSOE en 1970.






La República triunfa en las urnas (Por Andrés Saborit. Apuntes Históricos)

El 7 de febrero de 1931, el Gobierno del general Berenguer convocó elecciones de diputados para el 1° de marzo y de senadores para el 15, fijando la fecha del 25 de marzo para que se reuniera el nuevo Parlamento. Como hubo acuerdo general de abstención electoral, cayó aquel Gobierno –en todo intervino Romanones con el rey– y entró otro presidido por el almirante Aznar, en el que figuraron los jefes de partidos monárquicos, menos Sánchez Guerra, que ya estaba aislado políticamente. La Comisión Ejecutiva del partido Socialista decidió acudir a las elecciones municipales, en vista de que tenían carácter predominantemente administrativo. (Ya habíamos dimitido nuestros puestos en la misma Besteiro y cuantos coincidimos con él). 

El 25 de marzo se reunió el Consejo de Guerra para juzgar a los ministros del Gobierno republicano previsto. Como la sentencia fue de seis meses de arresto, y se les aplicó la condena condicional, quedaron en libertad inmediatamente. El Consejo de Guerra fue un mitin republicano. En el tribunal hubo votos partidarios de la absolución, lo que da idea del estado de ánimo de los propios militares. Por si esto era poco, días después estallaron graves sucesos en San Carlos, en los que intervinieron los estudiantes madrileños, produciendo tal impresión el movimiento de protesta que el general Mola, director general de Seguridad, presentó la dimisión, rechazada por el ministro de la Gobernación. España estaba en carne viva, decidida esta vez a que no se le escapara la victoria, que no vino por un movimiento militar ni siquiera una huelga general revolucionaria: bastaron unas elecciones arrolladoramente antimonárquicas, el 12 de abril de 1931.

Una aparatosa declaración de Alfonso XIII: “He nacido en el trono y en él moriré”. Salvo Cierva, todos los ministros del último Gobierno monárquico estuvieron de acuerdo en aconsejar al rey que abandonara el trono y saliera de España el 14 de abril, cuando ya apremiaba el Gobierno republicano y la población madrileña comenzaba a movilizarse, mientras Alfonso XIII dejaba Madrid con destino a Cartagena para huir de España, el Gobierno provisional de la República se instalaba en el Ministerio de la Gobernación, rodeado de un ambiente de asfixiante entusiasmo. No vale la pena barajar cifras de las elecciones. La República triunfó en todas las capitales de provincia, menos en una, y en la inmensa mayoría de las poblaciones importantes de esas regiones.

El Gobierno estaba formado del siguiente modo: presidente, Niceto Alcalá-Zamora; Estado, Alejandro Lerroux; Justicia, Fernando de los Ríos; Guerra, Manuel Azaña; Marina, Santiago Casares; Gobernación, Miguel Maura; Instrucción Pública, Marcelino Domingo; Hacienda, Indalecio Prieto; Fomento, Álvaro de Albornoz; Trabajo, Francisco Largo Caballero; Economía, Luis Nicolau, y Comunicaciones, Diego Martínez Barrio. En Barcelona, Maciá se precipitó a proclamar la República con un sentido separatista, que rectificó al no encontrar apoyo en Madrid ni en la mayor parte de Cataluña. Largo Caballero estableció inmediatamente como día festivo el 1º de mayo, no pagado. Indalecio Prieto y cuantos estaban refugiados en París se cruzaron en el trayecto con el tren en que emigraban la reina Victoria y sus hijos, acompañados por contadas personas. El papel del general Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil, fue determinante en la decisión adoptada por Alcalá-Zamora de instalarse en el Ministerio de la Gobernación sin esperar a que el rey estuviera fuera de España. Yo proclamé la República en el Ayuntamiento de Madrid a media tarde del día 14, acompañando al alcalde monárquico, Ruiz Jiménez, hasta su domicilio, para tranquilizar a su esposa. Esa misma noche, en el salón de sesiones del Ayuntamiento, presidí la primera sesión del Ayuntamiento republicano, como alcalde interino, renuncié a serlo efectivo, a pesar del acuerdo en ese sentido del Gobierno provisional, dando posesión a Pedro Rico, que entonces estaba identificado con Azaña, aunque muy amigo de Lerroux.

Vigo y Eibar fueron las primeras poblaciones en que se proclamó la República el 14 de abril de 1931. El 27, en uno de los salones del Senado, Besteiro, concejal del Ayuntamiento de Madrid –fuimos invitados los concejales socialistas al acto a ese título, ya que habíamos dimitido nuestros cargos en las Ejecutivas del Partido y de la Unión– dirigido un saludo a los miembros de la Internacional Sindical, reunidos en Madrid con las nuevas Comisiones Ejecutivas. Entre otros, estuvieron presentes Jouhaux, Citrine y Mertens. Fue un acto cordial, que consolido viejos lazos. Los ministros socialistas renunciaron a proponer nombres para gobernadores civiles. Como no todos fueron escogidos acertadamente, hubo conflictos en algunas provincias entre estos representantes del Poder y las organizaciones obreras de la Unión General. 

El Gobierno nombró a Besteiro delegado del Estado en la Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos, el puesto mejor retribuido dentro del Estado español. No lo aceptó, como rechazó igualmente la Embajada en París. El 7 de mayo, el cardenal Segura, arzobispo de Toledo, publicó una pastoral en que, de modo jesuítico, atacaba al nuevo régimen. Su divulgación facilitó la obra de ciertos grupos extremistas, produciéndose incendios de iglesias en Madrid y provincias. Como Prieto, ministro de Hacienda, había cedido al Ayuntamiento de Madrid la Casa de Campo, que la real casa había dejado en lamentable abandono, de acuerdo con él, yo la abrí al público tan pronto comenzaron a surgir incendios en edificios religiosos, a fin de desviar el golpe, invitando al pueblo madrileño a tomar posesión de tan extensos terrenos, consiguiendo en parte lo que nos proponíamos. 

Un reducido grupo de extremistas se pronunciaron en Sevilla contra el régimen republicano. Fracasó el movimiento, pero la represión, desproporcionada, causó daño al Gobierno. A principios del nuevo régimen hubo un Congreso cenetista en Madrid y en él se acordó declarar la guerra a la República. La realidad es que declararon guerra a la Unión General y al Partido Socialista, y así lo reconocieron algunos de sus propios historiadores, los más imparciales, para lamentarlo profundamente.


Elecciones constituyentes

Teniendo en cuenta el largo periodo de dictadura, la realidad es que los partidos políticos tuvieron que improvisar casi todo. Las derechas, sobrecogidas por una gestión odiada por las masas, no se atrevieron a dar la batalla en esta primera lucha electoral, en que, salvo excepciones, hubo alianza de los partidos integrados en el Gobierno, como hemos visto en Madrid. 

Fui ponente en el Congreso de la República de las actas de Salamanca, y propuse la nulidad de aquella elección, como había reclamado el pueblo de la citada capital, con huelga general y algunos disturbios, en cuyo día, Unamuno, muy afectado, anunció públicamente, para calmar los ánimos, que renunciaría a su acta si aquel chanchullo derechista no se anulaba con nuevas elecciones. Las derechas, para sacar triunfantes a sus candidatos, a la cabeza de los cuales figuraba Gil Robles, incluyeron a Unamuno y a Primitivo Santa Cecilia, tipógrafo socialista, muy popular en Salamanca, acumulándoles igualmente votos falsos en pueblos en donde no hubo elección. 

Lo moral y lo legal debió ser convocar nuevas elecciones, pero con el pretexto de salvar a Unamuno, que no hubiera peligrado, por presiones de Fernando de los Ríos, retiré el dictamen y el chanchullo fue sancionado, iniciando un lamentable camino en las costumbres del nuevo régimen. Como no quedamos satisfechos con tan lamentable espectáculo, Manuel Cordero, al tratarse de las actas de Lugo, se opuso igualmente a su aprobación, con idénticos motivos, aunque entre los elegidos figuraba Juan Tizón, socialista, incluido por los caciques de Portela Valladares para calmar la irritación que su contubernio había de provocar entre los socialistas. Aquí ya no figuraba Unamuno y el Parlamento hizo justicia. Se repitieron las elecciones en Lugo, y el caciquismo se vengó contra el candidato socialista, que perdió su puesto. En Galicia fue muy difícil, aun con la República, que las elecciones fueran sinceras.

El 27 de julio Besteiro fue elegido definitivamente presidente del Parlamento, una vez aprobadas las actas y constituido éste de modo que pudiera comenzar a legislar. En septiembre Femando de los Ríos pronunció un discurso en nombre de la minoría socialista parlamentaria, sobre el problema religioso, tema escabroso para otros grupos de la Cámara, como los formados por las derechas y dentro del Gobierno por Alcalá-Zamora y Miguel Maura. Luis Araquistain intervino defendiendo el artículo 1º de la Constitución, “República de trabajadores”, cuya idea había lanzado Ortega y Gasset, quizá luego arrepentido, y a la que Alcalá-Zamora agregó “trabajadores de todas clases”. En realidad, todo ello sobraba en la Constitución, y sólo sirvió para críticas. 

El 4 de octubre, tras un debate desagradable, Margarita Nelken fue aceptada como diputada por Badajoz, a pesar de que al ser elegida no era española ni afiliada aún al Partido Socialista. El 14 de octubre, sin que fuera oportuno, ya que no tenía relación con su gestión como ministro de la Guerra Manuel Azaña pronunció un discurso en el que se atrevió a decir que España había dejado de ser católica ¡Y hacía meses él se había casado en la iglesia de los Jerónimos, la más suntuosa de Madrid! El Gobierno saltó hecho trizas –sin aprobar aún la Constitución–, y fue Besteiro, como presidente del Parlamento, quien resolvió la crisis, encargándola propuesta de Lerroux, a Manuel Azaña para que presidiera el nuevo Gobierno, que en general siguió siendo el mismo, sustituyendo a Maura y a Alcalá-Zamora con un simple cambio de carteras.


El final de 1931

El 11 de diciembre de 1931, el Parlamento republicano eligió presidente del nuevo régimen a Niceto Alcalá-Zamora, por 362 votos. Hubo varios votos sueltos y 35 papeletas en blanco, de diputados socialistas, según habían procedido en la votación previa efectuada en la minoría socialista. 

Azaña dimitió su cargo de presidente del Consejo de Ministros, puesto en el que fue confirmado por el nuevo Jefe del Estado, y siguió con los mismos ministros, aunque hubo algunas modificaciones de carteras. Así, Prieto pasó de Hacienda a Obras Publicas, y Fernando de los Ríos, de Gracia y Justicia a Instrucción Pública. En Hacienda entró Carner. En septiembre ingresaron en prisiones militares los generales que actuaron en el Directorio presidido por Primo de Rivera, que sufrieron proceso. Ese mismo mes quedó aprobado por el Parlamento el seguro de maternidad, implantado por Largo Caballero, como ministro de Trabajo, rechazado, incluso con huelgas, por los cenetistas. Prieto fue el único ministro que se mostró de acuerdo con Alcalá-Zamora en el problema religioso, según reveló años después en un artículo escrito en México. 

Creía, y estaba en lo cierto, que era inoportuno hostilizar a la Iglesia sin que la República estuviera consolidada. Prieto se había casado civilmente y tenía sus hijos sin bautizar, precisamente lo que no habían hecho algunos de los que deseaban pasar por anticlericales rabiosos. La Constitución de la República fue sancionada por 368 diputados, contra 40, el 9 de diciembre de 1931. En favor del Estatuto para Cataluña hubo 314 votos, de los que 101 eran diputados socialistas, contra 24 de la derecha. La ley de Reforma agraria consiguió 318 sufragios y 19 en contra. La reforma agraria se quedó en el papel, según se lamentó amargamente Azaña en sus Memorias, lamentación demasiado tardía. La República aceptó el Himno de Riego como himno nacional.


Benito Sacaluga, analista político, colabora en Eco Republicano desde julio de 2014

El contenido de los artículos de opinión serán responsabilidad exclusiva de su autor/a y no tienen necesariamente que coincidir con la línea editorial. Eco Republicano se compromete a eliminar cualquier contenido que pueda ser considerado ilícito.



La República triunfa en las urnas
  • Comenta con Blogger
  • Comenta con Facebook

Publicar un comentario

Top